lunes, 26 de abril de 2010



Ecclesia domestica




Pavel Evdokimov








En una homilía sobre los Hechos de los Apóstoles, san Juan Crisóstomo habla del hogar cristiano: “Incluso de noche… levántate, ponte de rodillas y reza... Es necesario que tu casa sea continuamente un oratorio, una iglesia”. El término “continuamente” tiene valor directivo, invita a las vigilias del espíritu: la pequeña iglesia doméstica debe estar día y noche ante el rostro de Dios.

La tradición oriental emparenta así, en su naturaleza profunda, la comunidad de la Iglesia y la comunidad conyugal. Las ve bajo la forma aún indiferenciada del “comienzo”: en el Paraíso terrenal, el misterio de la Iglesia y la comunión de la primera pareja humana no son más que una misma realidad. La primera célula conyugal coincide con la pre-Iglesia y manifiesta la esencia comunitaria de las relaciones entre Dios y el hombre. El texto bíblico lo dice: Dios… paseaba por el jardín a la brisa del día para conversar con el hombre y la mujer (Gn. 3, 8). Este acontecimiento prefigura todo lo que san Pablo revelará hablando del gran Misterio (Ef. 5), misterio nupcial divino-humano, fundamento común de la Iglesia y del matrimonio.

Mientras que la historia del Antiguo Testamento se abre con el amor conyugal, la historia del Nuevo Testamento comienza con el relato de las bodas de Caná (Jn. 2, 1). Semejante coincidencia no podría ser fortuita. Por otra parte, cada vez que la Biblia habla de la naturaleza de las relaciones entre Dios y la humanidad, lo hace en términos matrimoniales. La alianza es de naturaleza netamente nupcial: el pueblo de Dios, después la Iglesia, están adornados de los nombres de Novia del Señor (Os. 2, 19-20), Esposa del Cordero (Ap. 21, 9) y el Reino de Dios celebra sus Esponsales eternos (Ap. 19, 7). Así, la teología del matrimonio se origina en la eclesiología: ambas están emparentadas, al punto que una se expresa por medio de los símbolos de la otra.


UN MISMO MISTERIO

Cuando los novios confiesan su amor frente al Eterno y pronuncian el sí conyugal, el oficio nupcial en la Ortodoxia es mucho más que una simple bendición, más que un cambio de consentimientos recíprocos resultante en el orden de la creación. Se trata aquí del orden de la recreación evangélica, de su plenaria terminación que trasciende la historia y repercute en lo eterno. Por el poder sacramental del sacerdote, la Iglesia une los dos destinos y eleva dicha unión al valor de sacramento. Acuerda al ser conyugal así constituido una gracia particular, en vista de un officium, de un ministerio eclesial. Es la creación de una célula de Iglesia puesta al servicio de toda la Iglesia bajo la forma del sacerdocio conyugal.

En su teología del matrimonio, san Pablo usa de un método análogo al que ha empleado en Atenas (Hch. 17, 22 ss.). Contemplando el monumento dedicado al “dios desconocido”, descifra su anonimato: el deus absconditus, el dios oculto y misterioso, es ahora el Deus revelatus, cuyo nombre es Jesucristo. Del mismo modo, en la epístola a los Efesios (5, 31), san Pablo cita el texto del Génesis: Los dos no serán más que una sola carne, más que un solo ser. Toma este misterio, todavía muy enigmático en su origen, y lo revela a plena luz diciendo: este misterio es grande, quiero decir que se aplica a Cristo y a la Iglesia (5, 32). El misterio conyugal, antiguamente oculto, ahora se aclara y se precisa: se erige en imagen sustancial de su fuente, en icono de las relaciones misteriosas entre Cristo y la Iglesia, y es por ello que los dos no serán más que un solo ser.

San Juan Crisóstomo llama al matrimonio el “sacramento del amor” y justifica su naturaleza sacramental declarando que “el amor cambia la sustancia misma de las cosas”. El amor natural, vuelto carismático durante el sacramento, hace el milagro, opera la metamorfosis. Sustrae a la pareja de lo habitual, al orden de los elementos de este mundo, al plano animal, y lo introduce en lo inhabitual, en el orden de la gracia, en el misterio ofrecido por el sacramento. “Dos almas unidas así no tienen nada que temer. Con la concordia, la paz y el amor mutuo, el hombre y la mujer están en posesión de todos los bienes. Pueden vivir en paz detrás de la muralla inexpugnable que los protege y que es el amor según Dios. Gracias al amor, son más firmes que el diamante y más duros que el hierro, navegan en la plenitud, singlan hacia la gloria eterna y atraen siempre más la gracia de Dios”. Es por ello que, continúa el mismo Padre, “cuando marido y mujer se unen en el matrimonio, no parecen más algo terrenal, sino la imagen de Dios mismo”. Sólo, precisa, si el ser conyugal es un icono vivo de Dios, es porque es, ante todo, “un icono misterioso de la Iglesia”, una célula orgánica de la Iglesia. Ahora bien, toda parcela orgánica refleja siempre el todo. La plenitud del Cuerpo reside y palpita allí.

Se conoce el adagio de los Padres: “Allí donde está Cristo, allí está la Iglesia”. Dicha afirmación fundamental deriva de la palabra del Señor: Allí donde dos o tres están reunidos en mi nombre, yo estoy en medio de ellos (Mt. 18, 20). Semejante “reunión”, en efecto, es de naturaleza eclesial, porque está integrada en Cristo y puesta en su presencia. Clemente de Alejandría, pionero de la teología patrística de la pareja, coloca al matrimonio en relación directa con las palabras citadas y dice: “¿Quiénes son los dos reunidos en nombre de Cristo, y en medio de los cuales está el Señor? ¿No están el hombre y la mujer unidos por Dios?”. Este descubrimiento suscita el asombro profundo de Clemente y lo hace proclamar: “Aquel que se ha adiestrado en vivir el matrimonio… sobrepasa a los hombres”. El matrimonio trasciende lo humano porque, al igual que el misterio de la Iglesia, constituye según Clemente una microbasileia, un “pequeño reino”, la imagen profética del Reino de Dios, la anticipación prefigurativa del siglo futuro.

Así, la eclesiología conyugal de la “pequeña iglesia” se remite a la gran Eclesiología. El sacramento del matrimonio, “imagen misteriosa de la Iglesia”, muestra como los mismos principios que estructuran el ser de la Iglesia, estructuran el ser conyugal. Estos principios fundamentales son tres en total: el dogma trinitario, el dogma cristológico, y también el Pentecostés conyugal, es decir, según la expresión de Clemente de Alejandría, la efusión del Espíritu Santo y sus carismas en la habitación alta de la “pequeña casa del Señor”.


EL FUNDAMENTO TRINITARIO.

Un Dios de una sola Persona no sería Amor. Del mismo modo, el hombre, de ser un ser aislado o totalmente solitario, no sería “a su imagen”. Es por ello que, desde el origen, Dios declara: No es bueno para el hombre estar solo (Gn. 1, 18). Y Dios los creo pareja, ser comunitario, dicho de otro modo, ser eclesial.

Es bajo este ángulo que san Gregorio de Nacianzo describe el misterio de la Trinidad. Ciertamente, dicha “descripción” no considera de ningún modo una evolución, una “teogonía” en Dios, sino propone la visión de lo que de entrada es un acto único e indivisible: “El Ser uno se pone en movimiento y pone al Otro; su dualidad expresa la multiplicidad, aún no la unidad. Es por que la dualidad es atravesada, y el movimiento se detiene en la Trinidad, que es plenitud”. Cada una de las Personas contiene las otras dos, y es la eterna circulación del Amor intradivino, su Pleroma trino y uno a la vez. El dogma salvaguarda la antinomia trascendente del misterio. Dios es idénticamente “uno y trino”. La Triada divina está más allá del número. La perfecta igualdad de los Tres se remonta al Padre que es la Fuente, no en el tiempo, sino en el ser: es en Él que se realiza el Uno divino.

Pero sin tercer término, Dios y el hombre quedarían así eternamente cortados, separados el uno del otro. La persona del Verbo encarnado es este tercer término donde convergen y se unen la naturaleza divina y la naturaleza humana. Es por ello que la Encarnación del Verbo es central e indispensable para la comunión entre Dios y el hombre. “El Cordero inmolado” precede a la creación del mundo (Ap. 13, 8).

La iconografía ofrece una ilustración evidente de dicha verdad. El fondo de las copas nupciales en otro tiempo representaba a Cristo teniendo dos coronas por encima de los esposos, revelando así su centro divino de integración y haciendo de la comunidad conyugal una imagen de la Trinidad. San Teófilo de Antioquia se hace eco de estos símbolos declarando: “Dios ha creado a Adán y Eva para el más gran amor entre ellos, reflejando el misterio de la unidad divina”. El primer de los dogmas cristianos estructura así el ser conyugal, haciendo de él una pequeña triada, icono del misterio trinitario.


EL FUNDAMENTO CRISTOLÓGICO.

El dogma cristológico formulado por el concilio de Calcedonia precisa el alcance de la Encarnación en relación a la salvación del hombre: las dos naturalezas, divina y humana, están unidas en la Persona del Verbo sin confusión ni separación. Entran en una cierta compenetración y, como el hierro colocado en el fuego, la naturaleza humana es deificada. Por consiguiente, es hacia una unidad semejante de lo humano y lo divino que se dirige toda la economía de la salvación: la gracia divina se une a la naturaleza humana y la Iglesia es, ante todo, el vínculo donde se opera dicha comunión.

Al nivel de apropiación por cada individuo de este fruto universal de salvación, la imagen más frecuente es de carácter universal: son las “bodas místicas” del Cordero y la Iglesia, del Cordero y de toda alma humana. Otra imagen viene de la noción de “cuerpo”, noción paulina y de origen netamente eucarístico. Los miembros se integran en un solo organismo, el Cuerpo de Cristo donde fluye la vida divina, haciendo de todos “un solo Cristo”, según las palabras de san Simeón. La unidad de los hermanos de la que habla los Hechos (4, 32) se realiza ante todo en la eucaristía, porque ésta presenta una auténtica y plena manifestación de Cristo. Orígenes lo explica diciendo: “Cristo no vive má que en medio de aquellos que están unidos”. Así, la concepción eucarística de la Iglesia está expresamente formulada: por la participación en el “único Santo”, el Señor Jesús, su Cuerpo está estructurado en Communio sanctorum.

Los textos del derecho canónico ortodoxo definen la comunión conyugal como una forma particular de la “Comunión de los Santos”. Así, la fórmula clásica de Balsamón: “Las dos personas unidas en un solo ser”, no es más que una imagen concreta de la Iglesia, “pluralidad de personas unidas en un solo cuerpo”. Porque no es por casualidad que san Pablo coloca su enseñanza sobre el matrimonio en el contexto de su epístola sobre la Iglesia. En Efesios 4, 16, escribe: el cuerpo recibe su cohesión y se construye por medio de vínculos, de ligamentos de toda clase, según el rol de cada parte. El milagro de la Iglesia, su unidad arraigada en Cristo, resulta de las formas diversas de estos vínculos. Ahora bien, al lado de las comunidades parroquial y monástica, se sitúa otro tipo de sociedad: la comunidad conyugal, pequeña iglesia doméstica, célula orgánica de la gran Iglesia.

En su comentario sobre el relato de Caná, san Juan Crisóstomo descubre el estrecho parentesco entre los símbolos que hablan a la vez de la Iglesia y el matrimonio. La materia de milagro efectuado –el agua y el vino- se refiere al bautismo y la eucaristía y se remonta al nacimiento de la Iglesia en la Cruz: del costado traspasado, salió sangre y agua (Jn. 19, 34), y es la esencia eucarística de la Iglesia. Ahora bien, se encuentra la misma imagen en el sacramento del matrimonio, resaltado por el rito caldeo: “El esposo es semejante al árbol de vida en la Iglesia. La esposa es semejante a una copa de oro desbordante de leche y aspergida con gotas de sangre. Que la Trinidad Santa resida por siempre en su hogar nupcial”. Así, un vínculo sagrado une el milagro de Caná, la cruz y el Cáliz eucarístico, y los hace convergir en la copa común que beben los esposos durante la ceremonia sacramental. Cuanto más se unen en Cristo, más su copa común, medida de su vida y de su ser mismo, se llena del vino de Caná, deviene milagro eucarístico, significa su transmutación en la “nueva criatura”, reminiscencia del Paraíso y prefigura del Reino.

Por ultimo, en Caná, Jesús manifestó su gloria (Jn. 2, 11) en el contexto de una ecclesia domestica. Según la tradición litúrgica e iconográfica, es Cristo quien preside las Bodas de Caná; más aún, es Él el único Novio en toda boda. El icono de las bodas de Caná representa místicamente los esponsales de la Iglesia y de toda alma con el Divino Esposo. Por el sacramento, toda pareja desposa a Cristo. Es por ello que, amándose uno al otro, los esposos aman a Cristo. “Haz, Señor, que amándonos el uno al otro, te amemos siempre más”. Por consiguiente, todo instante de la vida conyugal se vuelve doxología, alabanza, canto litúrgico, ofrenda total del ser conyugal a Dios (cf. 2 Co. 11, 2; 1 Co. 10, 31; Col. 3, 17).


EL FUNDAMENTO PENTECOSTAL.

Es el don del Espíritu el día de Pentecostés el que acabó de constituir la Iglesia. La efusión perpetuada del Espíritu Santo hace de todo fiel un ser carismático, penetrado por completo, alma y cuerpo, de los dones del Espíritu. El sacramento del matrimonio funda la iglesia doméstica y reclama su propio Pentecostés. En el corazón del sacramento se coloca la epíclesis, es decir, la oración pidiendo al Padre el envío del Espíritu Santo: “Señor, Dios nuestro, corónalos (a los esposos) de gloria y honor”. Dichas palabras marca el momento del descenso del Espíritu y es el Pentecostés conyugal. Pidiendo la coronación de los esposos, la epíclesis se refiere a la oración sacerdotal del Señor: Les he dado la gloria que tú me has dado, a fin de que sean uno (Jn. 17, 22). Los novios son así coronados de gloria a fin de no hacerse más que uno, en la communio sanctorum de la Iglesia.

Es que, entre todos los vínculos terrenales, sólo el matrimonio presenta una plenitud en sí. San Juan Crisóstomo escribe: “Aquel que no está ligado por los vínculos del matrimonio no posee en sí mismo la totalidad de su ser, sino solamente la mitad: el hombre y la mujer no son dos, sino un solo ser”. El matrimonio restituye al hombre su naturaleza original, y el “nosotros” conyugal anticipa y prefigura el “nosotros” no de tal o cual pareja, sino del Masculino y el Femenino en su totalidad, el Adán reconstituido y realizado del Reino.

Pero todo verdadero gozo, toda elevación, se sitúa siempre al término de un sufrimiento, y la liturgia de coronación habla de ello sin disimulo. Sólo la corona de espinas del Señor da su sentido a todas las otras. Según san Juan Crisóstomo, las coronas de los novios evocan las coronas de los mártires e invitan a la ascesis conyugal. Del amor mutuo de los esposos brota la oración de las vírgenes mártires: “Es a ti a quien amo, Divino Esposo, es a ti al que busco luchando, por ti muero, para vivir también en ti”. El camafeo de los antiguos anillos nupciales representaba dos esposos de perfil unidos por la cruz. El amor perfecto es el amor crucificado. “En todo matrimonio, no es el camino lo que es difícil, lo difícil es el camino” (Kierkegaard). Es por ello que el matrimonio es un sacramento que requiere la gracia y en el cual la liturgia ruega sin cesar por el “amor perfecto”, “Da tu sangre y recibe el Espíritu”, este aforismo monástico se aplica de igual modo al estado conyugal.

La celebración litúrgica de Pentecostés lleva un mensaje secreto de un inmenso significado, y que está en relación con los carismas conyugales. Este día, único en el año, la Iglesia reza por todos los muertos desde la creación del mundo, y autoriza incluso la oración por los suicidas. En la sobreabundancia de su gracia, la fiesta nos coloca ante el misterio del infierno. No se trata aquí del elemento doctrinal: eternidad del infierno o destino último de los condenados. Se trata de la actitud orante de los vivos, única actitud posible ante el insondable misterio. La liturgia, sin prejuzgar, redobla su oración por todos los vivos y todos los muertos.

Ahora bien, ¿qué es el infierno? Es el lugar de donde Dios está excluido. Desde este punto de vista, el mundo moderno en su conjunto se presenta bajo este aspecto infernal. Hay allí una inmensa interrogación dirigida a todo creyente: ¿qué hacer ante este mundo demoníaco? Parece que la actitud del cristiano puede encontrar una indicación decisiva en una antiquísima tradición evocada por san Juan Crisóstomo: durante la celebración del bautismo, todo bautizado muere con Cristo, pero también desciende con él a los infiernos y, al igual que Cristo resucitado, lleva sobre si el destino de los pecadores. ¡Qué llamado poderoso a seguir a Cristo y descender, nosotros también, en el infierno del mundo moderno, no “como turistas”, como decía Péguy respecto de Dante, sino como testigos de la luz de Cristo!

Un texto litúrgico de Viernes Santo describe el descenso a los infiernos y muestra a Cristo “saliendo del infierno como de un palacio nupcial”. Se puede, pues, discernir un llamado muy preciso dirigido a los esposos cristianos: les es necesario crear una “relación nupcial” con el mundo, incluso y sobre todo bajo su aspecto infernal, entrar allí como en un “palacio nupcial”, dar testimonio de la presencia universal de Cristo y puesto que, según la expresión de Isaac el Sirio, el pecado esencial del mundo es ser insensible al Resucitado, esforzarse por sensibilizar al mundo y al hombre moderno respecto al Resucitado. Más que nunca, todo hogar cristiano es, ante todo, un nexo de unión, una posta entre el Templo de Dios y la civilización sin Dios.


EL SACERDOCIO CONYUGAL.

Pero, ¿cómo ejercerán los esposos dicha influencia decisiva sobre el mundo? Por su sacerdocio conyugal. Y este sacerdocio se articula sobre los carismas particulares del hombre y la mujer.

El hombre es un ser extático: sale de si mismo y se prolonga en el mundo por lo útil, por los actos. La mujer es un enstático: no es acto, sino ser. Está vuelta hacia su propia profundidad, se interioriza, semejante a la Virgen que guardaba las palabras divinas en su corazón. Ella está presente en el mundo por el don total de si misma. Un fresco de la catacumba de san Calixto muestra al hombre, con la mano extendida sobre la ofrenda, celebrando la eucaristía; de tras de él se encuentra la mujer, con los brazos en oración, la orante. Si lo propio del hombre es obrar, lo propio de la mujer es ser. Dejado a sí mismo, el hombre se pierde en las abstracciones y las objetivaciones; degradado, se vuelve degradante y fabrica un mundo deshumanizado. Proteger el mundo, a los hombres y a la vida como madre y nueva Eva, purificarlos como virgen: tal es la vocación de toda mujer. Ella debe tornar al hombre a su función esencialmente sacerdotal: penetrar sacramentalmente los elementos de este mundo y santificarlos, purificarlos por la oración. Todo cristiano está invitado por Dios a vivir la fe: ver lo que no se ve, contemplar la Sabiduría de Dios en el absurdo aparente de la Historia, y volverse luz, revelación, profecía, seguir a los “violentos” que toman de asalto el cielo y se apoderan del Reino (Mt 11,12).

El Evangelio según san Juan (13, 20) relata unas palabras del Señor, las más graves quizás que haya dirigido a la Iglesia: El que recibe a Aquel que me envía me recibe, y el que me recibe, recibe a Aquel que me envía. Dichas palabras se dirigen también a la “pequeña iglesia” que es todo hogar cristiano. Ellas quieren decir que el destino del mundo está supeditado a la actitud inventiva de la Iglesia, a su arte de acoger y de hacerse acoger, al arte de la caridad de los santos. Y este arte significa la cosa más simple y más alta a la vez: reconocer la presencia del Señor en todo ser humano.



Extracto de La Nouveauté de l’Esprit: études de spiritualité, Bellefontaine (SO 20), 1977. Traducción del francés del Dr. Martín E. Peñalva



La Misa y la muerte



Réginald Garrigou-Lagrange O.P.









Se puede profundizar la doctrina cristiana y católica del sacrificio de la Misa de modo abstracto y especulativo. Se puede también profundizarlo de modo concreto y vivido, uniéndose a la oblación del Salvador de un modo personal, y más particularmente haciendo con antelación el sacrificio de su vida, para obtener la gracia de una santa muerte (1).


Más que nadie en el mundo, María ha estado asociada al sacrificio de su Hijo, participando en todos sus sufrimientos, en la medida de su amor por Él.

Los santos, en particular los estigmatizados, han estado excepcionalmente unidos a los sufrimientos y los méritos del Salvador: un san Francisco de Asís y una santa Catalina de Siena, por ejemplo. Pero por profunda que haya sido dicha unión, fue sin embargo poca cosa en comparación con la de María. Por un muy íntimo conocimiento experimental y por la grandeza de su amor, María al pie de la Cruz ha entrado en las profundidades del misterio de la redención, más que san Juan, más que san Pedro, más que san Pablo. Ha entrado allí en la medida de la plenitud de gracia que había recibido, en la medida de su fe, de su amor, de los dones de inteligencia y sabiduría que tenía en un grado proporcional a su caridad.

Para entrar nosotros mismo un poco en este misterio y extraer de él lecciones prácticas que nos permitan prepararnos para una buena muerte, pensemos en el sacrificio que debemos hacer de nuestra vida en unión con María a los pies de la Cruz.

Se exhorta a menudo a los moribundos a hacer el sacrifico de sus vidas, para dar un valor satisfactorio, meritorio y impetratorio a sus últimos sufrimientos. Frecuentemente los Soberanos Pontífices, en particular Pío X, han invitado a los fieles a ofrecer previamente estos sufrimientos, quizás muy grandes, del último instante, para disponerse bien a ofrecerlos con un corazón más generoso en la hora suprema.

Pero para hacer bien desde ahora este sacrificio de nuestra vida, es necesario hacerlo en unión con el sacrificio del Salvador perpetuado sacramentalmente sobre el altar durante la Misa, en unión con el sacrificio de María, Mediatriz y Corredentora. Y para ver bien todo lo que dicha oblación debe comportar, conviene recordar aquí los cuatro fines del sacrificio: la adoración, la reparación, la súplica y la acción de gracias. Los consideraremos sucesivamente, viendo las lecciones que comportan.


La adoración.

Jesús en la Cruz ha hecho de su muerte un sacrificio de adoración. Este fue el cumplimiento más perfecto del precepto del decálogo: “Adorarás al Señor tu Dios y no servirás más que a Él” (Deut. VI, 13). Es con estas divinas palabras que Jesús había respondido a Satán que le decía: “Te daré todos los reinos del mundo si te prosternas ante mi para adorarme, si cadens adoraveris me”.

La adoración es debida sólo a Dios, a causa de su soberana excelencia de Creador, porque sólo Él es el Ser mismo, eternamente subsistente, la Sabiduría misma, el Amor mismo. La adoración que le es debida debe ser a la vez exterior e interior, inspirada por el amor; debe ser una adoración en espíritu y verdad.

Una adoración de un valor infinito ha sido ofrecida por Jesús a Dios en Getsemaní, cuando se prosternó con su rostro en tierra diciendo: “Padre mío, si es posible, que este cáliz se aleje de mi; sin embargo, que vuestra voluntad sea hecha y no la mía” (Mt. XXVI, 10). Dicha adoración reconocía práctica y profundamente la soberana excelencia de Dios, señor de la vida y de la muerte, de un Dios que, por el amor del Salvador, quería hacer servir la muerte, pena del pecado, para la reparación del pecado y para nuestra salvación. Existe en este decreto eterno del Padre, que contiene toda la historia del mundo, una excelencia soberana, reconocida por la adoración del Getsemaní.

Dicha adoración del Salvador continuó sobre la Cruz, y María se asoció a ella, en la medida de la plenitud de gracia que había recibido y que no había cesado de crecer. En el momento de la crucifixión de su Hijo, ella ha adorado los derechos de Dios, autor de la vida, a quien agradó hacer servir la muerte de su Hijo inocente para la reparación del pecado, para el bien eterno de las almas.

En unión con Nuestro Señor y su Santa Madre, adoremos a Dios y digamos de todo corazón, como nos invita a ello S.S. Pío X: “Señor, mi Dios, desde hoy, con un corazón tranquilo y sumiso, acepto de vuestra mano el género de muerte que queráis enviarme, con toda sus angustias, todas sus penas y todos sus dolores”.

Quienquiera que, una vez en su vida, un día de su lección, haya recitado este acto de resignación luego de la confesión y la comunión, ganará una indulgencia plenaria que le será aplicada en la hora de la muerte, según la pureza de su conciencia. Pero sería bueno rehacer cada día este sacrificio, para prepararnos así a hacer de nuestra muerte, en el último instante, en unión con el sacrificio de Cristo continuado en sustancia sobre el altar, un sacrificio de adoración, pensando en el soberano dominio de Dios, en la Majestad y la Bondad de Aquel “que conduce a todo extremo y hace volver de él – Dominus mortificat et vivificat, deducit ad inferos et reducit” (Deuteronomio, XXXII, 39; Tobías, XIII, 2; Sabiduría, XVI, 13). Dicha adoración a Dios, señor de la vida y de la muerte, puede hacerse de maneras bastante diferentes, según las almas están más o menos iluminadas: ¿existe algo mejor que unirse así cada día al sacrificio de adoración del Salvador?

Seamos desde ahora adoradores en espíritu y verdad. Que dicha adoración sea tan sincera y tan profunda que repercuta verdaderamente sobre nuestra vida y nos disponga a aquello que debemos tener en el corazón en el último instante.


Reparación.

El segundo fin del sacrificio es la reparación de la ofensa hecha a Dios por el pecado, y la satisfacción de la pena debida por el pecado. Debemos hacer de nuestra muerte un sacrificio propiciatorio. La adoración debe ser, para hablar propiamente, reparadora.

Nuestro Señor ha satisfecho superabundantemente por nuestras faltas porque, dice santo Tomás IIIa, q. 48, a. 2), ofreciendo su vida por nosotros, ha hecho un acto de amor que agradaba más a Dios que lo que le disgustaban todos los pecados reunidos. Su caridad fue mucho más grande que la malicia de sus verdugos, y tenía un valor infinito que extraía de la personalidad del Verbo.

Ha satisfecho por nosotros, que somos los miembros de su Cuerpo místico. Pero como la causa primera no vuelve inútil las causas segundas, el sacrificio del Salvador no vuelve inútil el nuestro, sino lo suscita y le confiere su valor. María nos ha dado el ejemplo, uniéndose a los sufrimientos de su Hijo. Ella ha satisfecho así por nosotros, al punto de merecer el título de Corredentora.

Ella ha aceptado el martirio de su Hijo no solamente querido, sino legítimamente adorado, que amaba con el corazón más tierno, luego de haberlo virginalmente concebido.

Más heroica aún que el patriarca Abrahán listo a inmolar a su hijo Isaac, María, ofreciendo a su Hijo por nuestra salvación, lo vio morir realmente en los más atroces sufrimientos físicos y morales. No se acercó un ángel para detener la inmolación y decir a María, como al patriarca, en nombre del Señor: “Sé ahora que no me has negado a tu hijo, tu único” (Génesis, XXII, 12). María vio realizarse efectiva y plenamente el sacrificio de reparación de Jesús, del cual el de Isaac no era más que una figura. Sufrió entonces el pecado en la medida de su amor por Dios al que el pecado ofende, por su Hijo, al que el pecado crucificaba, por nuestras almas, a las que el pecado arrasa y hace morir. La caridad de la Virgen sobrepasaba incomparablemente la del patriarca, y en ella, más aún que en él, se realizaron las palabras que escuchó: “Porque no me has negado a tu hijo, tu único, te bendeciré y te daré una posteridad numerosa como las estrellas del cielo” (Génesis XXII, 17).

Ahora bien, como el sacrificio de Jesús y María ha sido un sacrificio de propiciación o de reparación por el pecado, de satisfacción de la pena debida por el pecado, en unión con ellos, hagamos del sacrificio de nuestra vida una reparación por todas nuestras faltas, pidamos desde ahora que nuestros últimos momentos tengan un valor a la vez meritorio y expiatorio, y pidamos la gracia de hacer este sacrificio con un gran amor que aumentará en él a doble valor. Seamos felices de pagar esta deuda a la justicia divina para que el orden sea plenamente restablecido en nosotros. Y si, en este espíritu, nos unimos íntimamente a las Misas que se celebran todos los días, si nos unimos a la oblación siempre viva del Corazón de Cristo, oblación que es el alma de estas Misas, entonces obtendremos la gracia de unirnos a ella igualmente en el último momento. Si dicha unión de amor a Cristo Jesús es cada día más íntima, la satisfacción del Purgatorio nos será notablemente abreviada. Podría ser incluso que recibiéramos la gracia de hacer totalmente nuestro Purgatorio en la tierra mereciendo, aumentando en el amor, en lugar de hacerlo luego de la muerte sin merecer.


Súplica.

El moribundo no debe solamente hacer de su muerte un sacrificio de adoración y reparación, sino también un sacrificio impetratorio o de súplica, en unión con Nuestro Señor y con María.

San Pablo escribe a los Hebreos (V, 7): “Jesús, habiendo ofrecido con lágrimas sus súplicas…, ha sido escuchado, a causa de su piedad y su obediencia y salva a todos aquellos que lo obedecen”. Recordemos la oración sacerdotal de Cristo luego de la Cena y antes del sacrificio de la Cruz: Jesús ha rogado allí por sus Apóstoles y por nosotros… y “siempre vivo, no cesa de interceder por nosotros” (Hb. VII, 25). En particular en el sacrificio de la Misa, en la cual es el sacerdote principal.

Jesús, que ha rogado por sus verdugos, ruega por los moribundos que se encomiendan a él. Con él, la Virgen María intercede acordándose que nosotros le hemos dicho a menudo: “Santa María, madre de Dios, ruego por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”.

El moribundo debe unirse a las Misas que se celebran en ese minuto cerca o lejos de él. Debe pedir por medio de ellas, por la gran oración de Cristo que continua en ellas, la gracia de la buena muerte o de la perseverancia final, la gracia de las gracias, la de los elegidos. Conviene que la pida no solamente por si mismo, sino por todos aquellos que mueren en el mismo momento.

Y, para disponernos desde ahora a hacer este acto de súplica en la última hora, roguemos a menudo asistiendo a la santa Misa por aquellos que van a morir en el día. Y, según la recomendación de S.S. Benedicto XV, hagamos decir a veces una Misa para obtener, por este sacrificio de súplica de un valor infinito, la gracia de la buena muerte o la aplicación de los méritos del Salvador. Hagamos también celebrar algunas Misas por aquellos parientes y amigos nuestros que nos transmiten inquietudes sobre su salud, para obtenerles la gracia última, por aquellos también que podríamos haber escandalizado o alejado del camino de Dios.


La acción de gracias.

Por último, cada uno de nosotros deberíamos hacer de su muerte, en unión con Nuestro Señor y con María, un sacrificio de acción de gracias por todos los beneficios recibidos desde el bautismo, pensado tanto en las absoluciones y comuniones que nos han perdonado o conservado en el camino de la salvación.

Jesús hizo de su muerte un sacrificio de acción de gracias, cuando dijo: “Consummatum est – Todo se ha consumado” (Juan, XIX, 30). María dijo este “consummatum est” con él. Y dicha forma de oración, que continua en la Misa, no cesará, incluso cunado la última Misa sea dicha en el fin del mundo. Cuando no haya más sacrificio propiamente dicho, tendrá su consumación, y en ella tendrá siempre la adoración y la acción de gracias de los elegidos que, unidos al salvador y a María, cantarán el Sanctus con los ángeles y glorificarán a Dios dándole gracias.

Dicha acción de gracias está admirablemente expresada por las palabras del ritual que dice el sacerdote a la cabecera de los moribundos, luego de haber dado una última absolución y el santo viático: “Proficiscere, anima christiana, de hoc mundo… : Salid de este mundo, alma cristiana, en el nombre de Dios Padre todopoderoso, que os ha creado; en el nombre de Jesucristo, Hijo del Dios vivo, que ha sufrido por ti; en el nombre de la gloriosa y santa Madre de Dios, la Virgen María; en el nombre del bienaventurado José, su esposo predestinado, en el nombre de los ángeles y arcángeles, en el nombre de los Patriarcas, de los Profetas, de los Apóstoles, de los Mártires, en el nombre de todos los Santos y todas las santas de Dios. Que hoy vuestra casa esté en la paz y vuestra morada en la Jerusalén celestial. Por Jesucristo Nuestro Señor”.

Para concluir, repetimos a menudo, para darle todo su valor, el acto recomendado por S.S. Pío X y pedimos a María la gracia de hacer de nuestra muerte un sacrificio de adoración, de reparación, de súplica y de acción de gracias. Cuando asistimos a los moribundos, los exhortamos al sacrificio, uniéndose a las Misas que se celebran entonces. Y desde ahora, de antemano, hagámoslo nosotros mismos, renovémoslo a menudo, cada día, como si fuera a ser el último. Nos dispondremos así a hacerlo muy bien en el momento supremo: entonces sabremos que “si Dios conduce a todo extremo y hace volver de él”, nuestra muerte será como transfigurada. Llamaremos al Salvador y su santa Madre para que vengan a tomarnos y nos otorguen la última de las gracias que asegurará definitivamente nuestra salvación por un último acto de fe, confianza y amor.



(1) Hemos hablado ya de la Unión Eucarística, erigida en la Sainte-Baume con el objetico de establecer un culto perpetuo de misas por la pacificación del mundo. Estamos felices de notar que dicha unión piadosa se ha extendido recientemente en Piamonte y también en las islas Filipinas. Para ser inscripto en ella, dirigirse al Secretariado de la Unión Eucarística, parroquia de Plan d'Aups, Saint-Zacharie (Var).


Aparecido en La vie spirituelle n° 194, 1935. Traducción del francés del Dr. Martín E. Peñalva.



Comunión espiritual


Louis de Bazelaire








I. NATURALEZA.

En el lenguaje de los autores espirituales modernos, la expresión “comunión espiritual” es perfectamente clara. Designa la unión del alma con Jesús-Eucaristía, realizada no por la recepción del sacramento, sino por el deseo de dicha recepción. “Comulgar espiritualmente es unirse a Jesucristo presente en la eucaristía, no recibiéndolo sacramentalmente, sino por un deseo procedente de una fe animada por la caridad” (Dictionnaire de théologie catholique, art. Comunión espiritual, col. 572.573). Esta noción deriva en línea recta de la enseñanza del concilio de Trento que, recogiendo la división desde mucho tiempo clásica de las tres maneras posibles de comulgar: sacramentaliter tantum, spiritualiter tantum, sacramentaliter et spiritualiter, describe así a aquellos que hacen la comunión espiritual: “alios tantum spiritualiter, illos nimirum, qui veto propositum illum coelestem panem edentes, ide viva, quae per dilectionem operatur (Gal. 5, 6), fructum ejus et utilitatem sentiunt” (sess. 13, c. 8).

Entre los teólogos de la Edad Media y los grandes escolásticos, las fórmulas: manducatio spiritualis, usus spiritualis sacramenti son tomadas en acepciones diversas y dan lugar a numerosas distinciones, que no son siempre absolutamente concordantes. Así, estar unido a Cristo por la vida de la gracia es comer su carne. En este sentido, san Agustín había escrito: “Hoc est ergo manducare illam escam et illum bibere potum, in Christo manere et illum manentem in se habere” (PL 35, 1614). Del mismo modo, la manducación del maná, figura de la eucaristía, contiene un deseo implícito del sacramento y se pregunta si es verdaderamente una comunión espiritual (S. Th., 3 q. 80 a. 1 ad 3; Salmantic., De Euchar. Sacram., disp. 2, dub. 1). De igual manera, aún el bautismo, que está ordenado a la eucaristía, supone un deseo implícito de la eucaristía y los niños en su bautismo reciben los frutos de ella “Sicut ex fide Ecclesiae credunt, sic ex intentione Ecclesiae desiderant Eucharistiam, et per consequens recipiunt rem ipsius” (S. Th., 3 q. 73 a. 3).

No nos detendremos en estos sentidos secundarios o derivados y nos ocuparemos de ello en el sentido primeramente indicado puesto que sólo dicha comunión espiritual constituye una práctica de piedad, susceptible de un método, de una técnica determinada.

¿Qué elementos comporta la comunión espiritual así definida?

Ella está constituida esencialmente por un deseo.

Es lo que dice san Francisco de Sales: “Mas cuando no puedais tener este bien de comulgar realmente en la santa Misa, comulgad al menos de corazón y espíritu, uniéndoos por un ardiente deseo a aquella carne vivificante del Salvador” (Introducción a la vida devota, parte 20, cap. 21). Scaramelli es de la misma opinión: “Dicha recepción mental consiste, según santo Tomás, en un vivo deseo de participar en este augustísimo misterio” (Método de dirección espiritual, 3er tratado, art. 10, cap. 7). Rodríguez desarrolla este punto con una insistencia de términos que no carece de vigor y que es incluso un poco excesiva: “La comunión espiritual consiste en tener un ardiente deseo de recibir este sacramento adorable. Porque al igual que cuando uno tiene un gran hambre, se devora los alimentos con los ojos, del mismo modo es necesario devorar con los ojos del espíritu dicho alimento celestial: es necesario, cuando el sacerdote abre la boca para recibir el Cuerpo de Jesucristo, abrir al mismo tiempo la boca del alma, con un deseo ardiente de recibir dicho maná divino, y es necesario saborearlo mucho tiempo los dulzores en su espíritu” (Práctica de la perfección cristiana, 2º parte, tratado 8, cap. 15).

Es un deseo del sacramento de la eucaristía.

Así, los teólogos dicen generalmente que la manducación del maná no es “proprie spiritualis manducatio hujus sacramenti”, es solamente “figurata et materialis manducatio”, no estando entonces instituidos los sacramentos de la Nueva Ley (Suárez, In 3 D. Th., disp. 62, sect. 1). Es por ello que también los ángeles, a juicio de santo Tomás, si pueden comer a Cristo espiritualmente puesto que ellos le están unidos por la caridad y la visión beatífica, no pueden comer espiritualmente el sacramento, que supone la posibilidad de recibirlo realmente. En sentido propio, no hacen la comunión espiritual (S. Th., 35 q.80 a.3).

Es un deseo inspirado por la caridad.

La Instructio sacerdotis, publicada a continuación de las obras de san Bernardo, pero que no es de él, lo había ya notado expresamente: “Spiritualiter tantum sumit quisque fidelis, qui est de membris Ecclesiae, perseverans in charitate” (PL 184, 789). Teólogos y autores espirituales están de acuerdo y es, lo hemos visto, la enseñanza del concilio de Trento. “Est auteur observandum ex conc. Trid., sess. 13, c. 8, non omne desiderium, seu propositum hujus sacramenti censeri spiritualem sumptionem ejus, sed solum illud quod ex fide viva proficiscitur” (Suárez, loc. cit.). La comunión espiritual requiere, pues, el estado de gracia y veremos las consecuencias de dicha disposición para los efectos de la comunión espiritual. En cuanto a las disposiciones que implica dicha fe viva, dicha caridad, de la que habla el concilio, son aquellas que están indicadas más adelante y cuyas fórmulas llenan los libros de piedad bajo la rúbrica: Actos antes y después de la comunión.

¿Este deseo debe ser explícito? ¿O el deseo implícito es suficiente?

Muchos teólogos afirman que es suficiente recibir la eucaristía in voto implícito en ciertos casos para obtener de ella los frutos espirituales. Tratan la cuestión a propósito de la necesidad de la eucaristía y quieren conciliar dicha necesidad con la imposibilidad práctica, para los niños muertos después del bautismo por ejemplo, de desear explícitamente el sacramento eucarístico (M. de la Taille, Mysterium Fidei, París, 1931, págs. 565-571). Pero este deseo implícito no constituye evidentemente la comunión espiritual en el sentido de ejercicio de piedad como lo definimos aquí, y no se puede concebir que la comunión espiritual propiamente dicha no implique el deseo explícito de la eucaristía (Dictionnaire de théologie catholique, Comunión espiritual, col. 573.)


HISTORIA

La comunión espiritual no es una práctica inventada por la espiritualidad moderna. Si bien no hay que tomar al pie de la letra ciertas fórmulas de san Agustín y transferirles el significado que nosotros le damos en nuestros días (Batiffol, Études d’histoire et de théologie positive, 2º serie, París, 1905, pág. 242), se puede ya encontrar en los escritos del obispo de Hipona los lineamientos de una teoría que se volverá tradicional en poco tiempo. La distinción entre sacramentum y res sacramenti está en el origen de la doctrina señalando que son realidades separables de hecho y que pueden ser recibidas la una sin la otra. Es particularmente en su comentario de san Juan que la cuestión de la comunión espiritual es al menos tocada, aunque no es específicamente considerada (M. de la Taille, op. cit., p. 568). A propósito de Cristo, pan descendido del cielo, san Agustín señala el deseo que debe tener de este pan el hombre interior. “Panis quippe iste interioris hominis quaerit esuriem” (In Joannem tract. 26, PL 35, 1606). De Moisés, de Aarón, de Pinjás, que comieron el maná, símbolo de la eucaristía, alaba el hambre espiritual y admira los frutos con los que fueron recompensados. “Quia visibilem cibum spiritaliter intellexerunt, spiritaliter esurierunt, spiritaliter gustaverunt, ut spiritaliter satiarentur” (ibid., col. 1614). Sobre todo, muestra que si quien come el pan de vida no muere, esto se debe a la virtud del sacramento y no al signo sensible. “Sed quod pertinet ad virtutem sacramenti, non quod pertinet ad visibile sacramentum: qui manducat intus, non foris; qui manducat in corde, non qui premit dente” (ibid., col. 1612).

Profundizando dicha distinción, y en la medida en que sea fiel al realismo agustiniano, se comprenderá cada vez mejor cómo se puede recibir los efectos del sacramento sin recibir el sacramento mismo. Se estará en el camino de la comunión espiritual propiamente dicha: está será la obra de los teólogos posteriores. Un predicador medieval de renombrem Raúl el Ardiente, escribe: “Duo quippe sunt modi manducandi corpus Christi, unus sacramentalis, alius spiritualis... Spiritaliter vero accipit corpus bonus, qui etsi non sacramentaliter quandoque accipit, tamen fide et caritate in corpore Christi est...” (Hom. 51 in die Paschae, PL 155, 1850).

Guillermo de Saint-Thierry distingue muy netamente la “manducatio spiritualis corporis Christi” y la “corporalis manducatio corporis Domini”. Muestra cómo la carne de Cristo es un alimento de vida: “quant tune avidis faucibus sumimus, cum dulciter recolligimus, et in ventre memoriae recondimus quaecumque pro nobis fecit et passus est Christus” (De corp. et sang. Domini, PL 180, 352-353). ¿Cómo no citar también este pasaje de mismo autor, discípulo y amigo de san Bernardo?: “Sacramentum enim sine re sacramenti sumenti mors est; res vero sacramenti, etiam praeter sacramentum, sumenti vita aeterna est. Si autem vis, et vere vis, omnibus horis, tant diei quant noctis, hoc tibi in cella praesto est. Quoties in commemorationem ejus qui pro te passus est, hoc facto ejus pie se fideliter fueris affectus, corpus ejus manducas et sanguinem bibis” (Ep. ad Fratres de Monte Dei, PL 184, 258).

Con su precisión habitual, santo Tomás afirma que el efecto del sacramento puede ser realizado en el alma, incluso si se recibe la eucaristía solamente in voto, como es el caso de la comunión espiritual. “Effectus sacramenti potest ab, aliquo percipi, si sacramentum habeat in voto, quamvis non accipiat in re...; ira etiam aliqui manducant spiritualiter hoc sacramentum, antequam sacramentaliter sumant” (3a q. 80 a. 1 ad 3).

Los teólogos posteriores desarrollarán la misma doctrina, que encontrará su consagración en el concilio de Trento. Los autores espirituales se preocuparán de organizar dicha doctrina en práctica de piedad. Santa Teresa la recomienda a sus hijas (Camino de perfección, cap. 37) y san Francisco de Sales, a Filotea (Introducción a la vida devota, 2º parte, cap. 21). No son más que el eco de una tradición que ya se había hecho escuchar oír en la Imitación de Jesucristo (lib. 4, cap. 10). Se encuentran recomendaciones análogas en las obras de Venerable Luis du Pont (De la perfección del cristiano en el estado eclesiástico, trat. 28, cap. 14), de Rodríguez (op. y loc. cit.), de san Alfonso de Liguori (La verdadera esposa de Jesucristo, cap. 18), etc. Entre los modernos, el P. Faber (The Blessed Sacrament) ha consagrado sugestivas páginas a dicha devoción, que es universalmente recomendada en los libros y manuales de piedad.


FUNDAMENTO TEOLÓGICO.

El valor de la comunión espiritual reposa, en suma, sobre dos principios.

Primer principio: la fe en la presencia de Cristo en la eucaristía como fuente de vida, de amor y de unidad. No se puede comprender bien el deseo de la eucaristía, ni no se acepta el principio del valor santificante de la eucaristía: es porque se cree en la presencia real y vivificante de Cristo en la eucaristía que se desea recibir el sacramento. Es porque se cree en el carácter especial de este sacramento, que es aumentar la vida de la gracia, intensificar la caridad, fortalecer la unidad que nos une al Cuerpo Místico que se desea dicha unión con Cristo. Es porque la eucaristía, según la promesa de Nuestro Señor, es el pan del alma, un alimento de vida, una comida espiritual, que se desea efectivamente alimentarse de él. Toda la liturgia eucarística, recordándonos este pensamiento, nos invita a ver en ello el carácter propio del sacramento. Y es por ello que el deseo de la eucaristía o la comunión espiritual es totalmente diferente a la unión con Cristo por la fe, enseñada por los protestantes. Así, para Lutero la eucaristía no tiene otro valor que el de excitar la confianza en la imputabilidad de los méritos de Cristo, sin realmente producir un incremento de gracia en nuestras almas (Dictionnaire de théologie catholique, art. Luther, col. 1305).

Segundo principio: la eficacia del deseo puede suplir el acto sacramental. Es un principio admitido en muchos casos que el deseo suple el acto, cuando este no puede ser realizado en si mismo (Suárez, loc. cit., disp. 62, sect.1). Aquí, sin duda, la eficacia del deseo no es ex opere operato, como en la comunión sacramental, sino ex opere opertantis. El deseo tiende ya a la realización de lo que realiza la comunión ex opere operato. El fin, dice santo Tomás, está contenido en el deseo. “Finis habetur in desiderio et in intentione” (S. Th., 3 q. 72 a. 3). Por el deseo, la comunión está, en cierto modo, realizada. Sin duda no lo está materialmente pero, ya que es necesario distinguir en el sacramento el signo (sacramentum) y la realidad (res sacramenti), el deseo alcanza la realidad sin pasar por el signo. “Res alicujus sacramenti haberi potest ante perceptionem sacramenti, ex ipso voto sacramenti percipiendi” (S. Th., ibid.). Tal como lo desarrolla con nitidez el P. de la Taille, el movimiento sincero y eficaz del alma hacia la vida es ya un movimiento de vida. Aquel que tiende hacia la vida de Cristo en la eucaristía la encuentra, porque Cristo no falta a aquellos que lo buscan (op. cit., pág. 565).


EFECTOS.

¿Cuáles son, pues, los efectos de la comunión espiritual?

Los efectos producidos son de la misma naturaleza que en la comunión eucarística: aumento de la gracia santificante, gracias de amor, de vida, de pureza, de unidad… “Se cuenta de santa Ángela de Mérici que, cuando se le impedía la comunión de cada día, la suplía por frecuentes comuniones espirituales en la Misa, y se sentía a veces inundada de gracias semejantes a las que habría recibido si hubiera comulgado bajo las especies sacramentales. De ese modo dejó a su Orden como legado piadoso, una apremiante recomendación de no descuidar esta santa práctica” (Méditations sur l’Eucharistie, por el hermano Philippe, París, 1867, pág. 459).

Estos efectos son producidos ex opere operantis y no ex opere operato: la opinión común está firmemente admitida, a pesar de algunas discusiones o distinciones sutiles.

Dichos efectos pueden ser superiores a aquellos que son producidos en la comunión sacramental, si las disposiciones son purísimas pero, en igualdad de disposiciones, son evidentemente menos abundantes que en la comunión eucarística. “Puede suceder que hagáis dicha comunión espiritual con tal fervor, que merezcáis tantas gracias como el sacerdote obtiene por la comunión sacramental aunque, para él, disposiciones semejantes unidas a la recepción del sacramento tengan por resultado gracias más abundantes” (Venerable L. du Pont, op. y loc. cit.). El P. Faber cita muchos rasgos –cuya autenticidad habría sin duda necesidad de ser controlada- que ponen a la luz la eficacia de este deseo de la eucaristía en los santos (The Blessed Sacrament, t. 2, lib. 4, sección 6).

Según muchos autores, la comunión espiritual, para ser fructuosa, requiere el estado de gracia (Rodríguez, op. y loc. cit.). Quien comulgara en estado de pecado mortal y en la disposición de permanecer en él, pecaría gravemente (Suárez, op. y loc. cit.). Pero no es necesario confesarse: un acto de contrición perfecta es suficiente. En caso de contrición imperfecta, no habría pecado en ello; habría allí incluso un buen deseo, pero los frutos vinculados a la comunión espiritual no se producirían (Dictionnaire de théologie catholique, art. Comunión espiritual, col. 573.)


PRÁCTICA.

¿Cómo la comunión espiritual debe ser practicada?

Los actos de la comunión espiritual son del mismo orden que aquellos que preceden, acompañan y siguen a la comunión sacramental. Son bien descriptos en este pasaje de Scaramelli: “toda persona piadosa debe en primer lugar concebir un sincero arrepentimiento de sus pecados y purificar por dicho dolor el tabernáculo de su corazón, dónde ella desea recibir y hacer reposar al divino Salvador. A continuación, hará un acto de fe viva sobre la presencia real de Jesucristo en este augusto misterio. Después considerará, como lo hemos dicho para la comunión sacramental, la grandeza y la majestad de ese Dios oculto bajo el velo de las santas especies: que reflexione en el amor inmenso, en la gran bondad con las cuales desea unirse a nosotros. Que eche también sus miradas sobre su debilidad y su propia miseria. Luego de estas consideraciones, debe hacer actos de humildad y de deseo: de humildad, en vistas de su propia indignidad; de deseo, a causa de la amabilidad infinita de Dios. Por último, ya que no le es dado unirse a su buen Salvador por la recepción real de la eucaristía, que se acerque a él por el dulce vínculo de un amor apacible y tranquilo. Terminará la comunión espiritual dando gracias y alabando al Señor. Porque, aunque Jesucristo no haya descendido realmente en su corazón, estaba sin embargo bien dispuesto a dicha unión de amor y la deseaba con todo el ardor de la caridad. Le pedirá, pues, las gracias de las que se reconocía indigna, y se aplicará seriamente a producir los actos que tiene costumbre de hacer luego de la recepción de este alimento divino” (Método de dirección espiritual, 3º tratado, art. 10, cap. 7).

La comunión espiritual puede ser hecha tan a menudo como el alma lo desee. “Potest enim quilibet devotus omni die et omni hora, ad spiritualem Christi communionem salubriter et sine prohibitione accedere” (Imitación de Jesucristo, lib. 4, cap. 10). “La bienaventuranza Ágata de la Cruz estaba animada de tal amor por el Santísimo Sacramento, que estaría muerta, dice, si su confesor no le hubiera enseñado la práctica de la comunión espiritual, y cuando la tuvo, tenía la costumbre de repetirla hasta doscientas veces en un día” (Faber, op. cit., trad. de Bernhardt, t. 2, pág. 295).

El momento privilegiado para hacer la comunión espiritual es el tiempo de la Misa, donde, si no se puede comulgar sacramentalmente, se puede siempre unirse a la comunión del sacerdote y hacer los actos de comunión espiritual. La asistencia a la Misa es la mejor preparación a dicho comunión, que nos hace participar de una manera estrecha y personal en el sacrificio de Nuestro Señor.

Las ventajas de la comunión espiritual no deben permitir exagerar ni minimizar su importancia. Ella extrae su valor de la comunión sacramental, pero las riquezas del tesoro eucarístico no deben hacer descuidar el apoyo espiritual de este deseo interior del corazón. Y este es el sentido de recordar sin duda las palabras dirigidas a la humilde hermana Paula Maresca por el Señor Jesús, que e mostraba dos vasos preciosos, uno de oro y otro de plata. “En el vaso de oro, dijo, conservo vuestras comuniones sacramentales, y en el vaso de plata, vuestras comuniones espirituales” (San Alfonso de Liguori, La verdadera esposa de Jesucristo, cap. 18).



Publicado en Dictionnaire de Spiritualité, t. II, París, Beauchesne, 1953. Traducción del francés del Dr. Martín E. Peñalva.

viernes, 26 de febrero de 2010



La imagen de Cristo
no hecha por mano de hombre




Leonid Uspensky







En la controversia con los iconoclastas, la imagen de Cristo no hecha por mano de hombre era uno de los argumentos principales de los ortodoxos, los de Oriente y los de Occidente. Las representaciones del Señor históricamente conocidas, hechas por sus veneradores y que le eran más o menos contemporáneas (1) estaban lejos de tener, para los ortodoxos, el mismo significado que tenía la imagen no hecha por mano de hombre, a la cual la Iglesia debía consagrar una fiesta (el 16 de Agosto). “Es precisamente dicha imagen la que expresa por excelencia el fundamento dogmático de la iconografía” (2) y que es el punto de partida de toda la imaginería cristiana.

La leyenda de la imagen no hecha por mano de hombre está ligada al dogma por la tradición apostólica: “lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y lo que nuestras manos han tocado (...) y hemos visto y rendimos testimonio, y os anunciamos la vida eterna que estaba junto al padre y que nos ha sido manifestada – lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos” (1 Jn. 1, 1-3), insiste el Apóstol.

La Iglesia guarda las tradiciones que, por su contenido, incluso expresadas bajo una forma legendaria, sirven para manifestar y afirmar las verdades dogmáticas de la economía divina. Así, la veneración de la Madre de Dios y casi todas las fiestas que le corresponden están fundadas sobre tradiciones. Dicho de otro modo, la Iglesia guarda las tradiciones que contribuyen a asimilar los fundamentos dogmáticos de la fe, que ayudan al espíritu humano a percibirlas. Es por ello que dichas tradiciones, como también aquella de la imagen no hecha por mano de hombre y del rey Abgar, están fijadas en las actas de los concilios y en los escritos patrísticos, y entran en la vida litúrgica ortodoxa.

La doctrina de la Iglesia ortodoxa sobre la imagen no ha sido elaborada solamente por los Santos Padres del periodo iconoclasta, “la enseñanza relativa a la imagen está resumida en el primer capítulo de la Epístola a los Colosenses, y es característico que ésta enseñanza sea expresada no como un pensamiento personal de Pablo, sino como un himno litúrgico de la primera comunidad cristiana: ‘Él es la imagen del Dios invisible, Primogénito de toda la creación’ (Col 1,15-18)” (3). Según el contexto, este pasaje del apóstol Pablo es, por su contenido, análogo a la oración eucarística (4).

Y si el Apóstol no indica aquí el vínculo directo entre el Hijo como Imagen del Padre y su representación, este vínculo es manifestado por la Iglesia: es este pasaje de la Epístola de san pablo el que prescribe leer en la liturgia de la fiesta consagrada a la imagen no hecha por mano de hombre. Dicha liturgia une la leyenda del rey Abgar “a el traslado a la ciudad imperial de la imagen no hecha por mano de hombre de Nuestro Señor Jesucristo”, que es el fundamento histórico de la fiesta. Una y otra conmemoración están situadas juntas en la liturgia de este día a causa del significado que dicha imagen tiene para la Iglesia.

Lo que impresiona en primer lugar en la leyenda de la imagen enviada al rey Abgar, es la desproporción entre el episodio mismo y la importancia que le otorga la Iglesia. Los Evangelios ni siquiera lo mencionan (5). Y, por otra parte, el hecho que Cristo haya aplicado un paño sobre su rostro imprimiendo en él sus rasgos no es muy comparable a sus otros milagros, como las curaciones y las resurrecciones. Además, los milagros no son una prueba de la divinidad de Cristo, puesto que también hombres, los profetas, los apóstoles…, realizan milagros. Y no se los considera, en general, como criterios en algún ámbito que no sea la vida de la Iglesia. Pero aquí no se trata simplemente del hecho de que el rostro de Cristo se haya impreso en un paño, se trata de algo esencial: dicho rostro es la manifestación del milagro fundamental de la economía divina en su conjunto: la venida del Creador a la creación. Es la imagen, fijada en la materia, de una Persona divina visible y tangible, el testimonio de la encarnación de Dios y la deificación del hombre. Es una imagen por medio de la cual se puede dirigir la oración a su prototipo divino. No se trata solamente de la veneración de la forma humana del Verbo divino. Se trata de una visión cara a cara: es “una imagen terrible que glorificamos, vueltos capaces de verlo cara a cara” (Stijira de vísperas).

Eso solo vuelve ya imposible toda confusión entre dicha imagen y el sudario de Turín, confusión que encontramos a veces hasta en los medios ortodoxos. Semejante identificación no es posible más que cuando se ignora o no se comprende la liturgia de la fiesta (6). La cuestión de la autenticidad del sudario de Turín como reliquia no nos concierne aquí. No insistimos tampoco sobre el absurdo, sobre el simple plano del sentido común, de una confusión entre un rostro vivo mirando al espectador con grandes ojos abiertos, y el de un cadáver; una confusión entre un sudario inmenso (4,36 x 1,10 m) con un pequeño lienzo empleado para secarse al lavarse. Sin embargo, no se puede pasar bajo silencio el hecho de que semejante confusión contradice la liturgia y, en consecuencia, el sentido mismo de la imagen. Ahora bien, dicha liturgia no se limita a hacer remontar la imagen a la historia del rey Abgar. Expresa su significación por la oración y la teología, subraya a menudo y con insistencia el vínculo entre dicha imagen y la Transfiguración. “Ayer en el monte Tabor la luz de la Divinidad inundó a los más grandes entre los apóstoles para confirmar su fe (…) Hoy (…) la imagen luminosa resplandece y confirma la fe de todos: allí está nuestro Dios que se ha hecho Hombre…” (Stijira, tono 4). Pero lo que es señalada particularmente aquí, es el alcance inmediato, directo para nosotros, fieles, de dicha luz divina aparecida en Cristo: “Celebramos como el salmista alegrándonos espiritualmente y clamando con David: ¡estamos marcados por la luz de tu rostro, Señor!” (Stijira, en pequeñas vísperas). Y aún: “Nos has dejado la representación de tu purísimo rostro para nuestra santificación cuando ya te preparabas a los sufrimientos voluntarios” (stijira de la litia).

La imagen del Padre no hecha por mano de hombre, que es Cristo mismo, imagen manifestada en el Cuerpo del Señor y vuelta, por consiguiente, visible, es un hecho dogmático. Es por ello que, de algún modo, entendemos la expresión “imagen no hecha por mano de hombre”, ya sea como la aparición en el mundo del mismo Cristo, como una imagen impresa milagrosamente por él mismo sobre un paño, o como una imagen fijada en la materia por manos humanas, e incluso si la diferencia es inmensa, nada cambia esencialmente. Es esto lo que la Iglesia expresa en el megalinario del día de la Santa Faz: “Te magnificamos, Cristo, Dador de vida, y veneramos la gloriosísima representación de tu rostro purísimo”. Dicha glorificación no puede, en ningún caso, referirse a la impresión de un cuerpo muerto, sino que se refiere a toda imagen ortodoxa de Cristo.

Toda imagen de Cristo contiene y muestra lo que está verbalmente expresado por el dogma de Calcedonia: la imagen de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad que une en Ella, sin separación y sin confusión, las dos naturalezas, divina y humana. Esto es manifestado en el icono por la inscripción de dos nombres, el del Dios de la revelación veterotestamentaria: O ÔN (Él que es) y el del Hombre: Jesús (Salvador) Cristo (ungido). “En la imagen de Jesucristo venido en la carne no tenemos alguna parcela de la revelación, ni uno de sus aspectos entre otros, sino toda la revelación en su conjunto. Es en esta imagen justamente que nos es dado ver todo a la vez: la manifestación absoluta de la Divinidad y la manifestación absoluta del mundo devenido uno con la Divinidad. Es por esto que el Apóstol nos prescribe probar todo lo demás por dicha imagen de Cristo venido en la carne” (7).

“Dirige nuestros pasos a la luz de rostro a fin de que, marcahndo en tus mandamientos, seamos juzgados dignos de verte, Luz inaccesible” (Stijira de maitines).



(1) Véase la Historia eclesiástica de Eusebio de Cesarea 7, 18.

(2) Véase Vladimir Lossky, “El Salvador arquiropoeta” en Le sens des icônes, Cerf, 2003.

(3) P. Nellas, “Théologie de l'image”, Contacts n° 84, 1978, pág. 255.

(4) Comparemos los dos textos: “Dad gracias a Dios que os ha llamado a la herencia de los santos en la luz, que nos ha librado del poder de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo amado, en quien tenemos la redención por su sangre, la remisión de los pecados. Él es la imagen de Dios invisible, el primogénito de toda la creación. Porque en Él han sido creadas todas las cosas que están en los cielos y sobre la tierra…” (Col 1, 12-16)

“Digno y justo es cantarte, bendecirte (…) A Ti y a tu Hijo único y a tu Santísimo Espíritu. De la nada nos has llevado al ser y, a nosotros que estábamos caídos, nos has levantado, y no has cesado de actuar hasta que nos hayas conducido al cielo y nos hayas donado tu Reino venidero. Por esto te damos gracias…” (Canon eucarístico de la Liturgia de san Juan Crisóstomo).

(5) El rey Abgar es venerado en la Iglesia Armenia. Dicha iglesia no conoce el acto oficial de canonización, pero la veneración de Abgar ha sido inscripta en el nuevo calendario compuesto en el concilio que ha decidido no aceptar el concilio de Calcedonia.

(6) Esta confusión se remonta probablemente a la obra de J. Wilson, Le Suaire de Turin, linceul du Christ? (París, 1978), donde la “identidad” de la imagen no hecha por mano de hombre (la Santa Faz) con la impresión del cuerpo muerto sobre el sudario, es demostrada con la ayuda de toda clase de figuras geométricas trazadas sobre el rostro de Cristo, o incluso por medio de detalles tales como el color de fondo de los iconos (a menudo marfil o amarillo claro) que corresponde al color del tejido. No es posible ni útil notar todos los errores de esta obra: son demasiado numerosos.

(7) E. Trubetskoy, El sentido de la vida, Berlín, 1922, pág. 228 (en ruso). Subrayado por el autor.



Publicado en Le Messager orthodoxe, número especial: “Théologie de l’icône”, Nº 112, 1989. Traducción del francés del dr. Martín E. Peñalva.

lunes, 15 de febrero de 2010



San Isidoro de Sevilla


G. Bareille








San Isidoro de Sevilla
Bartolomé Murillo
Catedral de Sevilla




I. VIDA.

Su niñez.

1. Su familia. Se ignora la fecha exacta y el verdadero lugar de su nacimiento; Las precisiones dadas más tarde por los autores españoles no son más que conjeturas. Sus padres eran católicos de raza hispano-romana. Su padre Severiano debió ocupar un rango distinguido en Cartagena: ¿cual? Sobrio en detalles sobre su familia, san Isidoro, hablando de su hermano en su De viris illustribus, XLI, se limita a esta frase: Leander genitus patre Severiano, carthaginensis provinciæ. ¿Era Severiano duque de Cartagena, como lo han sostenido posteriormente ciertos escritores españoles? Ni san Isidoro, ni ningún testimonio contemporáneo autorizan a afirmarlo; dicho título, en todo caso, no le hasido dado en los oficios de la Iglesia de Toledo. Durante la invasión de Agila, el año 587 de a era española, es decir, en 549, Severiano debió huir de su ciudad de origen, devastada por los godos arrianos, y se refugió en Sevilla. Tuvo cuatro hijos, todos inscriptos en el catálogo de los santos. Los dos primeros, Leandro y Florentina, habían nacido ciertamente en Cartagena, los otros dos, Fulgencio e Isidoro, nacieron probablemente en la capital de Bética, el último hacia el año 560. El padre y la madre, muertos poco después, habían confiado al cuidado de los dos hijos mayores al más joven y amado de sus hijos; es así que Isidoro, convertido en huérfano, fue criado por su hermano Leandro, quien llegó a ser arzobispo de Sevilla, y por su hermana Florentina, que abrazó la vida religiosa.

2. Su educación. Leandro, en efecto, trató siempre en adelante a Isidoro como su hijo, y veló con su hermana por su instrucción y educación. Florentina, habiendo manifestado un día el deseo de volver a ver los lugares de su infancia, Leandro la disuadió de ello, ya que Dios había juzgado bueno retirarla de Sodoma. Malum quod illa experta fuit, le escribió hablándole de su madre, tu prudenter evita; aquel suelo natal, por lo demás, había perdido su libertad, su belleza y su fertilidad. Era mejor, añadió, que permaneciera en su nido y que velara muy particularmente por el más joven de sus hermanos. Regula, XXI, P. L., t. LXXII, col. 892. Isidoro fue confiado, muy niño, a uno de los monasterios de la ciudad o los alrededores, donde realizó fuertes estudios y extrajo conocimientos verdaderamente sorprendentes para la época y el medio de donde vivió. No hay, en efecto, autor sagrado o profano, sobre todo entre los latinos, que no haya leído y sacado partido de sus obras. Pero no estudió únicamente por el vano placer de saber; persiguió un doble objetivo: ser útil a su país para sustraerlo de la barbarie y hacer triunfar la fe católica contra la herejía arriana.

3. Su proselitismo. España estaba casi completamente en poder los godos arrianos, y la dificultad era conducir a estos herejes a la verdadera fe. Hubo una luz de esperanza, cuando el hijo mayor del rey Leovigildo (569-585), Hermenegildo, que se había casado con la hija del rey franco Sigeberto y Brunegilda, pasó al catolicismo. Es verdad que debió luego huir a Sevilla o que fue exiliado en ella. Pero allí, lejos de las amenazas paternales, y muy probablemente bajo la inspiración de Leandro, buscó formar un partido para la conversión de España. Solicitó la colaboración del teniente del emperador de Bizancio y envió a Leandro en misión a Constantinopla; es allí, en efecto, que Leandro se encontró con el futuro Papa san Gregorio el Grande, que le escribía más tarde: Te illuc injuncta pro causis fidei Wisigothorum. Moral. epist., I, P. L., t. LXXV, col. 510. Durante esta misión, Isidoro, entonces mayor en más de veinte años, creyó que era el momento propicio realizar propaganda combatiendo abiertamente el arrianismo. No fue sin horror que en 585 conoció la emboscada tendida a Hermenegildo y el asesinato que fue su consecuencia. Pero sobrevenida casi enseguida la muerte del rey perseguidor, seguida de la llegada al trono de Recadero que, como su hermano, adjuró el arrianismo y acarreó por su ejemplo la conversión en masa de todo el reino godo. Este gran acontecimiento, tan conforme a los deseos de Isidoro, fue celebrado en el III Concilio de Toledo, en 589, donde residió y firmó, como metropolitano de Bética, san Leandro. Isidoro ingresó desde entonces en el claustro, como clérigo o monje, para continuar allí la lectura atenta de los autores y enriquecer cada vez más su colección de extractos.

Su episcopado.

1. Reemplaza a su hermano Leandro en la sede de Sevilla. A la muerte de Leandro, en tiempos del emperador Máximo († 602) y el rey Recaredo († 601), a más tardar en 601, Isidoro fue elegido para reemplazar a su hermano en la sede metropolitana de Bética. Es la fecha consignada por un contemporáneo y amigo de Isidoro, san Braulio, obispo de Zaragosa, en su Prænotatio in libros divi Isidori, P. L., t. LXXXI, col. 15-17. San Ildefonso añade que ocupó esta sede unos cuarenta años, De viris illustribus, IX, P. L., t. LXXXI, col. 28; exactemente hasta el comienzo del reino de Chintilla en 636, como se encargó de precisarlo un discípulo de Isidoro, que ha contado la muerte edificante de su maestro. P. L., t. LXXXI, col. 32. Este largo episcopado fue consagrado por Isidoro a los intereses de sus sede, de su provincia y de España. No fue infructuoso, y no retenemos de él más que los hechos principales.

2. Firma en un sínodo de la provincia de Cartagena. En 610, tuvo lugar en Toledo, en la corte del rey Gundemaro, un sínodo de la provincia cartaginesa, donde fue decidido que el título de metropolitano de dicha provincia no pertenecería más a la sede de Cartagena, sino a la de Toledo, la capital del reino. Aunque extranjero en dicha provincia, Isidoro, entonces huesped del rey, fue invitado a firmar primero este decreto, lo que hizo en estos términos: Ego Isidorus, Hispalensis ecclesiæ provinciæ metropolitanus episcopus, dum in urbem Toletanam, pro occursu regis, advenissem, agnitis his constitutionibus, assensum præbui et subscripi.

3. Convoca él mismo sínodos. En dos ocasiones, en 619 y 625, Isidoró convocó en Sevilla a los obispos de Bética para arreglar ciertos asuntos litigiosos y delicados. En el primero de dichos sínodos, zanjó en primer lugar la discrepancia sobrevenida entre su hermano Fulgencio, obispo de Astigi (Écija), y Honorio, obispo de Córdoba, sobre el tema de la delimitación de sus diócesis; después trató el asunto del obispo eutiquiano Gregorio, de la secta de los acéfalos, que, expulsado de Siria, había encontrado un refugio en España. Para evitar toda suspicacia y toda propaganda de error de su parte, Isidoro exigió de él una abjuración formal de la herejía monofisita y una confesión de fe ortodoxa. En el segundo, depuso al sucesor de Fulgencio, Marciano, y lo reemplazó por Habencio. Cf. Florez, España sagrada, t. X, pág. 106.

4. Preside el IV Concilio internacional de Toledo. A título del más antiguo metropolitano de España, Isidoro tuvo que presidir, en 633, el IV concilio nacional, que ha permanecido como el más célebre de la península, a causa de las decisiones que fueron tomadas allí tanto desde el punto de vista religioso y eclesíastico como civil y político. Fue verdaderamente el alma de él.

a) Desde el punto de vista religioso. El concilio comenzó en primer lugar por promulgar un símbolo; después impuso a toda España, así como a la Galia narbonesa, la uniformidad para el canto del oficio y los ritos de la Misa: Ut unus ordo orandi atque psallendi per omnem Hispaniam atque Galliam conservaretur, unus modus in missarum solemnitate, unus in matutinis vespertinisque officiis, canon 2. Reguló a continuación varios puntos de disciplina y liturgia (7-19). Recordó a los sacerdotes la obligación de la castidad (cánones 21-27), y a los obispos el deber de vigilar a los jueces civiles y denunciar sus abusos (canon 32). Declaró a todos los clérigos exentos de impuestos y cargas (canon 47).

b) En relación a los judíos. La cuestión judía, en 633, no era nueva en España y no habría de recibir pronto una solución definitiva, pero se imponía a la atención del poder civil y eclesiástico en interés de la paz y el bien público. Ya en 589, el III Concilio de Toledo se había ocupado de ello. Había prohibido a los judíos: toda función que les hubiera permitido dictar penas contra los cristianos; toda unión con una mujer cristiana, sea como esposa, sea como concubina, debiendo los hijos nacidos de tal unión ser bautizados; toda compra de esclavos cristianos, teniendo éstos derecho a la liberación gratuita si habían sido objeto de algún ritual judaico; así como medidas sabias que, sin lesionar a los judíos, protegían a los cristianos. Algunos años más tarde, Sisebuto obligó a los judíos a recibir el bautismo; es lo que anota simplemente Isidoro en su Chronicon, CXX, P. L., t. LXXXIII, col. 1056, pero censura con razón en su Historia de regibus Gothorum, LX, ibid., col. 1093, donde dice de Sisebuto: Initio regni judæos in fidem christianam promovens æmulationem, quidem habuit, sed non secundum scientiam, potestate enim compulit quos provocare fidei ratione oportuit. Así, teniéndose él mismo que ocupar de los judíos, mantuvo en primer lugar las decisiones tomadas en el III Concilio de Toledo, pero se encargó de hacer decretar que no se forzara más en adelante a ningún judío a hacerse cristiano. Los judíos permanecían excluidos de los empleos públicos y no podían más poseer esclavos cristianos; si uno de ellos se había casado con una mujer cristiana, era intimado a separarse de ella o a convertirse. Quedaba finiquitar el pasado y tomar medidas para el futuro; porque la mayoría de aquellos que habían sido obligados, bajo Sisebuto, a recibir el bautismo, habían vuelto a caer en el judaísmo; esos debían ser traídos a la fuerza a la verdadera fe; sus hijos, si estaban circuncisos, debían ser sustraídos a su autoridad para ser confiados a comunidades o fieles recomendables, y sus esclavos, si habían sido circuncidados por ellos, debían ser liberados enseguida. En adelante, todo judío bautizado, que llegara a renegar de su bautismo, sería condenado a la pérdida de todo sus bienes en provecho de sus hijos, si estos últimos eran cristianos, cánones 57-66.

c) En relación al Estado. Era este, a decir verdad, uno de los puntos más importantes a tratar, ya que se estaba en vísperas de una revolución: se trataba de poner término a las discordias civiles y asegurar la paz, zanjando el litigio sobrevenido entre Suintila y Sisenando. Sisenando, en efecto, había tomado las armas para destronar al rey reinante, y Suintila, ante la revuelta triunfante, había debido abandonar el poder. Sisenando, interesado en hacerse reconocer, se había mostrado lleno de deferencia respecto al episcopado y no ahorró pormesas. Lejos de ser inquietado por su revuelta y su elección, que tenían todos las características de una usurpación, fue aclamado y solemnemente reconocido como rey legítimo. En cuanto a Suitinla, fue condenado a la degradación y la pérdida de todos sus bienes. El concilio, disponiendo así de los asuntos del estado, amenazó de anatema a quienquiera que atentara contra la vida del nuevo rey, lo depojara del poder o usurpara su trono, y decidió que a la muerte de Sisenando su sucesor sería elegido por todos los grandes de la nación y los obispos, canon 74. Así se afirmaba, en españa, la acción política del clero y la unión estrecha de la Iglesia y el Estado.

d) En relación a la instrucción y educación del clero. Isidoro, que había aprovechado tanto su estancia en las escuelas monásticas y comprendía la importancia capital de la instrucción y educación para el clero, había fundado en Sevilla un colegio para los jóvenes clérigos bajo la dirección de un superior que fue a la vez un magister doctrinæ y un festis vitæ. Allí fue educado san Ildefonso. Se encargó además de hacer decretar que un establecimiento semejante sería instituido en cada diócesis, canon 24. Ver los cánones del IV Concilio de Toledo en Hefele, Histoire des conciles, trad. Leclercq, París, 1909, t. III, págs. 267-276.

Su muerte.

Isidoro no debía sobrevivir más que tres años al IV concilio de Toledo. Ya anciano y “sintiendo acercarse su fin, cuneta su discípulo, P. L., t. LXXXI, col. 30-32, redobló sus limosnas con tal profusión que, durante los últimnos seis meses de su vida, se veía ir a su casa, de todos lados, a una multitud de pobres desde la mañana hasta la noche. Algunos días antes de su muerte rogó a dos obispos, Juan y Eparcio, irlo a ver. Fue con ellos a la iglesia, seguido de una gran parte de su clero y pueblo. Cuando estuvo en medio del coro, uno de los obispos puso sobre él un cilicio, el otro ceniza. Entonces, levantando las manos hacia el cielo, oró y pidió en alta voz perdón por sus pecados. A continuación, recibió de la mano de dichos obispos el Cuerpo y la Sangre de Cristo, se encomendó a las oraciones de los asistentes, perdonó las obligaciones a sus deudores e hizo distribuir a los pobres todo lo que le quedaba de dinero. De regreso a su aposento, murió en paz el 4 de Abril de 636” Cf. Ceillier, Histoire générale des auteurs sacrés et ecclés., t. XI, p. 711; Leclercq, L’Espagne chrétienne, París, 1906, p. 310.

Su celebridad.

1. La opinión de sus contemporáneos. Muy renombrado durante su vida, Isidoro ha quedado como una de las glorias de España. Ya su amigo, Braulio, tuvo cuidado de insertar su nombre en el De viris illustribus del mismo Isidoro y de redactar allí la lista de sus principales obras. Alaba allí su elocuencia, su ciencia, su caridad; lo considera como el más grande erudito de su época, como el restaurador de los estudios, como el hombre providencialmente suscitado por Dios para salvar los documentos de los antiguos, levantar a España e impedirle caer en la rusticidad. Prænotatio librorum divi Isidori, P. L., t. LXXXI, col. 15-17.

2. Su vasta erudicción. Este elogio entusiasta era merecido en gran parte; porque, sin ser un hombre de genio, Isidoro fue un gran erudito. Conocía una gran parte de las obras de las obras de la antigüedad sagrada y profana, y extrajo de ellas a manos llenas, trancribiendo textualmente, conforme a su múltiples lecturas, todo lo que le parecía digno de ser retenido, acumulando así para sus futuros trabajos extractos preciosos que no tenía más que poner en orden. Fue sobre todo un compilador, como lo muestra la expensión enciclopédica de sus citas.

Habiendo recogido así todo lo que toca a la exégesis, la teología, la moral, la gramática, la liturgia, la historia, a las ciencias cosmológicas, astronómicas y físicas, Isidoró se contentó, cuando tuvo que tratar un tema, con utilizar la colección de sus notas, expresando así, como un eco fiel, menos su propio pensamiento que el de sus predecesores. Y tal fue constantemente su método, así como se cuidó repetidas veces de prevenir lealmente de ello a sus lectores, P. L., t. LXXXII, col. 73; LXXXIII, col. 207, 737, 964; de modo que habría podido escribir al principio de cada una de sus numerosas obras lo que ha puesto en el prefacio de sus Quaestiones in Vetus Testamentum: Lector non nostra leget sed veterum releget, P. L., t. LXXXII, col. 209.

3. Su título de doctor de la Iglesia. Traduciendo el pensamiento de los contemporáneos, el VIII Concilio de Toledo, en 653, habla de Isidoro en estos términos: Doctor egregius, Ecclesiæ catholicæ novissimum decus, præcedentibus ætate postremus, doctrina et comparatione non infimus et, quod majus est, in sæculorum fine doctissimus. Mansi, Concil., t. X, col. 1215. Este mismo título de doctor le da aún el concilio de Toledo de 688. Por eso la Iglesia de Sevilla no vaciló en insertar en el oficio de su santo obispo la antífona: O doctor optime, y en la misa, el Evangelio propio de la fiesta de doctores: Vos estis sal terræ: oficio y misa que recibieron, para España y los países sometidos al rey católico, la aprobación de Gregorio XIII (1572-1585). Finalmente, este título fue reconocido por toda la Iglesia, el 25 de Abril de 1722, por Inocencio XIII. Cf. Benedicto XIV, De beati sanct., l. IV, part. II, c. XI, n. 15. Como sus dos hermanos, Leandro y Fulgencio, y como su hermana Florentina, Isidoro ha sido inscripto en el catálogo de los santos. Su fiesta está fijada el 4 de Abril. Acta sanctorum, aprilis, t. I, págs. 325-361.


II. OBRAS.

Durante su largo episcopado, Isidoro compuso un gran número de obras, de las cuales algunas no han llegado hasta nosotros. Braulio, en efecto, luego de haber señalado 17, añade estas palabras: sunt et alia multa opuscula. Prænotatio, P. L., t. LXXXI, col. 17. Aquellas que quedan son características en cuanto al género y método del santo. Giran sobre las materias más variadas; ya que, así como lo ha observado Arévalo, Isidoriana, parte I, c. I, n. 3, P. L., t. LXXXI, col. 11, no hay tema que Isidoro no haya abordado: nil intentatum reliquit. Dejando de lado lo que ha tratado sobre derecho canónico y liturgia, y que encontrará su lugar en los dccionarios consagrados a estas dos ciencias, nos limitaremos a recorrer sucintamente sus obras, no en su sucesión cronológica, ya que no hay más que cuatro o cinco que se pueden datar aproximadamente, sino en el orden de materias adoptado pr Arévalo, el último y mejor editor de las obras de san Isidoro.

Etymologiæ. Es la más larga y la principal obra de san Isidoro y trabajó en ella largo tiempo sin poder acabarla como hubiera querido. Pero solicitada varios años seguidos por Braulio para que se la enviara completa y en orden, terminó por ceder, hacia el año 630. La despachó a su amigo con una dedicatoria, pero tal como estaba aún, inemendatum, dejándolo al cuidado de enmendarla él mismo. Su título general es Etymologiæ, bajo la cual Isidoro la designa varias veces; pero como es calificada en el prefacio de opus de origine quarumdam rerum, Margarin de la Bigne y du Breul le han dado también el título de Origines. Su división actual en veinte libros, ¿es debida a Isidoro o a Braulio? No se sabría decir, ya que los manuscritos varían tanto por el número como por el orden de los libros.

He aquí el resumen: el I libro trata de la gramática; el II de la retórica y la dialéctica; estos dos libros están desarrollados en las Differentiæ, pero en el mismo espíritu, según el mismo plan y el mismo método; el III, de aritmética, geometría, música y astronomía; el IV, de la medicina; el V, de la leyes y los tiempos: este es un resumen o Chronicon, un compendio de historia universal, en seis épocas, desde los orígenes del mundo hasta el año 627 después de Jesucristo; el VI, de los libros y oficios dal Iglesia: se trata allí del ciclo pascual y está más desarrollado en el De officiis; el VII, de Dios, de los ángeles y las diferentes clases de fieles: es un resumen de teología; el VIII, de la Iglesia y las sectas; el IX, de las lenguas, pueblos, reinos, ejércitos, de la población civil, de los grados de parentesco; el X, de las palabras: es un índice alfabético de las más curiosas; el XI, del hombre y los monstruos; el XII, de los animales, del mundo y sus partes: es una suerte de cosmología general; el XIV, de la tierra y sus partes: es una geografía; el XV, de las piedras y metales; el XVI, del cultivo de los campos y jardines; el XVII, de la guerra y los juegos; el XIX, de las naves, las construcciones y los vestidos; el XX, de los manjares y bebidas, de los utensilios domésticos y los instrumentos de arado.

Hay allí, como se ve, una suerte de enciclopedia. Todo en ella es tratado de una manera uniforme, la etimología de las palabras sirven a la explicación de las cosas. Pero existe la etimología secundum naturam y la etimología secundum propositum. A falta de la primera, Isidoro recurre a la segunda. Ahora bien, algún ingenio se despliega en ello, y existe siempre lugar entonces para lo arbitrario. Por eso, al lado de etimologías pertinentes y a veces muy notables, ¡cuántas se prestan a risa o incluso parecen ridículas! Isidoro, es cierto, no las ha inventado, pero entonces, ¿para qué las transcribe sin tener en cuenta su inverosimilitud, ni incluso su contradicción o su absurdo? Arevalo ha intentado vanamente excusarlo cuando ha escrito: Scriptores collectaneorum magis excusandi sunt, si quædam aliquantutum absurda aut minus credibilia proferand. Propositum enim illis erat, non tam ut vera a falsis discernerent, quam ut aliorum dicta congererent et aliis dijudicanda proponerent. Isidoriana, parte II, c. LXI, n. 10, P. L., t. LXXXI, col. 386. Una elección más juiciosa se imponía. A decir verdad, en una obra de este género, Isidoro no ha sido más dichoso que Platón entre los griegos, Varrón entre los latinos y Filón entre los judíos. Pero aún así, su compilación no fue por ello menos, para toda la Eda Media, una mina de informaciones y un manual al alcance de todos.

. Differentiæ, sive de proprietate sermonum. Isidoro dice aquí haber tenido en vida el tratado correspondiente de Catón, pero ha extraído también de otros. Dividió su trabajo en dos libros. El I, De differentiis verborum, dispuesto por orden alfabético, comprende 610 diferencias, algunas sutiles y muy profundas; por ejemplo: entre aptum y utile; aptum, ad tempus; utiles, ad perpetuum; entre ante y antea; ante locum significat et personam; antea, tantum tempus; entre alterum y alium; alter de duobus dicitur; allius, de multis, etc. El II, De differentiis rerum, en 40 secciones y 170 párrafos, marca la diferencia de las cosas, como por ejemplo, entre Deus y Dominus, Trinitas y Unitas, substantia y essentia, animus y anima, anima y spiritus, etc. Es, de hecho, un auténtico pequeño tratado de teología sobre la Trinidad, el poder y la naturaleza de Cristo, el paraíso, los ángeles, los hombres, el libre albedrío, la caída, la gracia, la ley y el Evangelio, la vida activa y la vida contemplativa, etc.

Allegoriæ. Obra dedicada a Orosio, personaje desconocido, o más bien a Oroncio, que fue metropolitano de Mérida antes de 638, estas Alegorías forman una serie de interpretaciones o explicaciones espirituales, de apenas algunas líneas cada una, sobre nombres, características, y personajes de la Escritura: 129 para el Antiguo Testamento, de Adán a los Macabeos; 121 para el Nuevo Testamento, la mayor parte de éstas relativas a las parábolas y los milagros del Salvador. Hæc, dice Isidoro en su prefacio, P. L., t. LXXXIII, col. 97, non meo conservavi arbitrio, sed tuo commisi corrigenda judicio. Mismo espíritu y mismo método que en las Etymologiæ.

De ortu et habitu Patrum qui in scriptura laudibus efferuntur. Es una serie de muy cortas noticias biográficas sobre 64 personajes del Antiguo Testamento, de Adán a los Macabeos, y 22 del Nuevo Testamento, de Zacarías a Tito. Su atribución a san Isidoro, en su forma actual, no es aceptable, dice Mons. Duchesne, S. Jacques de Galice, págs. 156-157, en los Annales du Midi, 1890, t. XII, págs. 145-179. Es allí que se encuentra, en efecto, De ortu, LXI, P. L., t. LXXXIII, col. 151, el pasaje interpolado que, de Santiago el Mayor, hermano de san Juan, hace Apóstol de España, el autor de la Epístola y la víctima de Herodes el Tetrarca. Ahora bien, Santiago el Mayor no ha escrito la epístola en cuestión y fue ejecutado en Jerusalén por Herodes Agripa I.

In libros Veteris ac Novi Testamenti proæmia. Cortísimas introducciones a varios libros de la Biblia, incluidos Tobías, Judit y los Macabeos, precedidas de una introducción general igualmente corta. Es de observar simplmente que, en la lista de los libros del Nuevo Testamento, los Hechos son colocados al final de la Epístola de san Judas y el Apocalipsis de san Juan, Proæmia, XIII, P. L., t. LXXXIII, col. 160; es, por lo demás, el mismo lugar que Isidoro le asigna en su De officiis ecclesiasticis, I, XI, P. L., t. LXXXIII, col. 746.

Liber numerorum qui in sanctis Scripturis occurunt. Se trata en este pequeño tratado de diversos números que se encuentran en la Escritura, a saber: de 1 a 16, de 18 a 20, después de los números siguientes: 20, 30, 40, 46, 50 y 60. Isidoro da de ellos una explicación mística que conluye haciendo notar, siguiendo a san Agustín, que el número 153 es la suma de las diecisiete primeras cifras. Ahora bien, 153 es el número de peces atrapados en el episodio de la pesca milagrosa.

De Veteri et Novo Testamento quæstiones. De un interés más elevado que el precedente, este opúsculo, aunque mucho más corto (apenas cuatro páginas en Migne), nos proporciona un vistazo, en una sucesión de 41 cuestiones, de la sustancia y la enseñanza de la Escritura. Dic mihi qui est inter Novum et Vetus Testamentum? Vetus est peccatum Adæ, unde dicit Apostolus: Regnavit mors ab Adam usque ad Moysen, etc. Novum est Christus de Virgine natus; unde Propheta dicit: Cantate Domino canticum novum; quia homo novus venit; nova præcepta attulit, etc. Quæstiones, I, P. L., t. LXXXIII, col. 201.

Mysticorum expositiones sacramentorum, seu quæstiones in Vetus Testamentus. En este tratado bastante extenso, Isidoro da una interpretación mística de los principales acontecimientos relatados en los libros de Moisés, Josué, Jueces, Samuel, Reyes, Esdras y Macabeos: ve en ellos unas tantas figuras del porvenir. Es, según su constante método, una serie de imitaciones, que unas veces abrevia o modifica, y a las cuales aumenta en ocasiones. Veterum ecclesiasticorum sententias congregantes... veluti ex diversis prati flores lectos. . . et pauca de multis breviter perstringentes, pleraque etiam adjicientes vel aliqua ex parte mutantes. Præf., P. L., t. LXXXIII, col. 207. La alegoría está a menudo en ella desarrollada hasta el exceso, al menos con un tono muy moralizante.

De fide catholica ex Veteri et Novo Testamento contra judæos. Este título podría hacer créer en un tratado de apologética o de controversia. Sin duda, en su epístola dedicatoria a su hermana Florentina, Isidoro dice: Ut prophetarum auctoritas fidei gratiam firmet et infidelium judæorum imperitiam probet, lo que parece anunciar una tesis, pero añade: Hæc, sancta soror te petente, ob ædificationem studit tui tibi dicavi, P. L., t. LXXXIII, col. 449; es, en efecto, una exposición serena antes que una obra de polémica. En el primer libro, se trata, texto en mano, de la persona de Jesús, su existencia en el seno del Padre antes de la creación, su encarnación, su pasión, su muerte, su resurrección, su ascensión y retorno futuro para el Juicio, todo terminado por esta observación: Tenent ista omnia libri Hebræorum, legunt cuncta judæi sed non intelligunt. Cont. judæos, I, 62, P. L., t. LXXXIII, col. 498. En el segundo libro, se muestra las consecuencias de la encarnación, a saber: la vocación de los gentiles, la dispersión de los judíos y la cesación del sabbat; luego de lo cual viene simplemente esta exclamación: O infelicium judæorum defienda demential. Cont. judæos, II, 28; ibid., col. 536. Dicha manera de argumentar contra los judíos algún interés ofrece para la época, y está lejos de recordar el célebre Diálogo con Trifón, de san Justino.

10º Sententiarum libri tres. Dicho de otro modo, añade Braulio, De summo bono. He aquí un manual de doctrina y de práctica cristianas, tomadas sobre todo de san Agustín y san Gregorio el Grande. Está dividido en tres libros. En el I libro, se trata de Dios y sus atributos, la creación, el origen del mal, los ángeles, el hombre, el alma y los sentidos, Cristo, el Espíritu Santo, la Iglesia y las herejías, la ley, el símbolo y la oración, el bautismo y la comunión, el martirio, los milagros de los santos, el Anticristo, la resurrección y el juicio, el castigo de los condenados y la recompensa de los justos. En el II libro, de la sabiduría, la fe, la caridad, la esperanza, la gracia, la predestinación, el ejemplo de los santos, la confesión de los pecados y la penitencia, la desesperación de aquellos que Dios abandona, de la recaída, de los vicios y virtudes. En el III, que es de un gran utilidad práctica, se trata de los castigos de Dios y de la paciencia que es necesaria tener para soportarlos, de la tentación y de sus remedios, la oración, la lectura y el estudio, la ciencia sin la gracia, la contemplación, la acción, la vida de los monjes, las autoridades de la Iglesia, los príncipes, los jueces y los juicios, la brevedad de la vida y de la muerte.

11º De ecclesiasticis officiis. Dedicado a Fulgencio († 620), hermano del santo, este tratado de Isidoro contiene informaciones preciosas sobre el estado del culto divino y las funciones eclesiásticas en la Iglesia gótica del siglo séptimo. El primer libro, relativo al culto, pasa en revista los cantos, los cánticos, los salmos, los himnos, las antífonas, las oraciones, los responsorios, los oficios, el aleluia, los ofertorios, el orden y las oraciones de la Misa en la liturgia galicana, cf. Duchesne, Les origines du culte chrétien, 2º ed., París, 1898, pág. 189 y sigs., el símbolo, las bendiciones, el sacrificio, los oficios de tercia, sexta, nona, vísperas y completas, las vigilias, los maitines, el domingo, el sábado, la Navidad, Epifanía, el Domingo de Ramos, los tres últimos días de Cuaresma, las fiestas de Pascua, Ascensión, Pentecostés, mártires, de dedicación; los ayunos de Cuaresma, de Pentecostés, del séptimo mes, de calendas de Noviembre y Enero, la abstinencia. El segundo libro, relativo, a los miembros del clero y a las diversas categorias de fieles, trata de los clérigos: obispos, arzobispos, sacerdotes, diáconos, subdiáconos, lectores, cantores, exorcistas, acólitos, ostiarios; monjes, penitentes, vírgenes, viudas, personas casadas, catecúmenos, competentes, del símbolo y la regla de fe que preceden a la colación del bautismo, la crismación, la imposición de manos o la confirmación.

12° Synonyma, de lamentatione animæ peccatricis. Estos dos títulos, de los cuales el primero hizo más bien pensar en algún tratado de gramática, y el segundo en los gemidos de un pecador, se justifican igualmente, uno por la forma, el otro por el fondo. En efecto, cada idea es presentada varias veces por medio de expresiones diferentes, pero equivalentes: de allí el título de Synonyma. Pero como se trata de un pobre pecador que gime por su propio estado, el segundo explica la materia del tratado. Es una suerte de soliloquio o, más bien, de un diálogo íntimo entre el hombre y su razón. El hombre, bajo el peso de los males que lo oprimen, llega a desear la muerte; pero la razón interviene para realzar su coraje, devolverle la esperanza del perdón, volverlo a llevar al buen camino e impulsarlo a la cumbre de la perfección. Se equivoca, en efecto, al quejarse, ya que las pruebas tienen su utilidad: Dios las permite para nuestra nuestra enmienda, y son el justo castigo por nuestras faltas. Más vale, pues, luchar, convertirse, oponer los buenos hábitos a los malos, perseverar en el temor de morir como un impío e incurrir en los castigos eternos: tal es el objeto del primer libro, al comienzo del cual se lee esta sentencia: Melius est bene mori quam male vivere; melius est non esse quam infeliciter esse. Syn., I, 21, P. L., t. LXXXIII, col. 832. En el segundo libro, la razón continúa dando consejos apropiados y detallados para conservar la castidad, resistir a las tentaciones, practicar la oración, la vigilancia, la mortificación, y perseguir la conquista de los bienes celestiales, etc., y concluye: Donum scientiæ acceptum retine, imple opere quod didicisti prædicatione. Syn., II, 100, ibid., col. 868. Y el pecador seguidamente agradece a la razón. Esta obra de dirección moral es, desde el punto de vista de la piedad, la más interesante de san Isidoro.

13° Regula monachorum. Resumen de todo lo se encuentra disperso en las obras de los Padres relativo a la disposición y la distribución de un monasterio, a la elección del abad y la vida de los monjes.

14° Epistolæ. Aparte de las cartas que sirven de prefacio o dedicación a cinco de sus obras, no se han conservado de ellas más que algunas otras: tres a Braulio, obispo de Zaragoza; una a Leudefredo, de Córdoba, referente a los miembros y las funciones del clero en la Iglesia; una a Masona, de Mérida, sobre el reingreso, luego de la penitencia, de los clérigos caídos en pecado; una a Eladio, sobre la caída del obispo de Córdoba; una al duque Claudio, sobre sus victorias; una al archidiácono Redempto, sobre ciertos puntos de la liturgia; otra, finalmente, a Eugenio, sobre la eminente dignidad de los obispos, como sucesores de los Apóstoles, y más particularmente del Pontífice romano, cabeza de la Iglesia.

15° De ordine creaturarum. Este opúsculo, aceptado como auténtico por Arévalo, trata, en primer lugar, de la Trinidad, después de la criaturas espirituales, es decir, de los ángeles distribuidos en nueve coros, del diablo y los demonios, a continuación de las aguas superiores del firmamento, del sol, de la luna, del espacio superior e inferior, de las aguas y el océano, del paraíso y, finalmente, del hombre después del pecado, de la diversidad de pecadores y del lugar de su pena, del fuego del purgatorio y de la vida futura.

16º De natura rerum. Dedicado al rey Sisebuto, luego de haber sido compuesto a pedido suyo, este pequeño trabajo resume todo lo que los antiguos han escrito sobre el día, la noche, la semana, los meses, el año, las estaciones, el solsticio y el equinoxio, el mundo y sus partes, el cielo y los siete planetas entonces conocidos, el curso del sol y la luna, los eclipses, las estrellas fugaces y los cometas, el trueno y los relámpagos, el arcoiris, las nubes, la lluvia, la nieve, el granizo, los vientos, los terremotos, etc. Para las diversas fuentes, véase Becker, De natura rerum, Berlín, 1857.

17º Chronicon. Siempre fiel a su método, Isidoro resume en dicha crónica, en 122 párrafos seguidos, las seis edades de la historia del mundo, desde de la creación hasta el año 654 de la era española, es decir, hasta 616, extrayendo sus materiales de los trabajos de Julio el Africano, Eusebio, san Jerónimo y Victor de Tununa, y añadiéndole alguna información sobre la historia de España. Tiene cuidado, por fin, de recordar la victoria de Leovigildo sobre los suevos, el levantamiento de Hermenegildo, pero sin hacer la menor alusión a su muerte violenta; la conversión de Recadero y de todos los godos de España, y la parte que tuvo en este gran acontecimiento su hermano Leandro. Para las fuentes, ver Hertzberg, Ueber die Croniken des Isidorus von Sevilla, en Forschungen zur deutschen Geschichte, 1875, t. XV, p. 289-360.

18° Historia de regibus Gothorum, Wandalorum et Suevorum. Este resumen histórico, todo en honor de españa, de la cual celebra la riqueza, la fecundidad y la gloria, es de un valor inapreciable y constituye la fuente principal para la historia de los visigodos, desde su origen el quinto año del reino de Suintila, en 621, es decir, durante 256 años; para la historia de los vándalos, desde su entrada en España bajo Gunderico, en 408, hasta la invasión de África y la derrota de Gelimer, en 522; y, finalmente, para la historia de los suevos que, entrados en España al mismo tiempo que los alanos y los vándalos, se mantuvieron allí hasta 585, durante su incorporación al reino de los godos. Cf. Hertzberg, Die Historien und die Chroniken des Isidorus von Sevilla, Gotinga, 1874.

19° De viris illustribus. De una lista de 46 nombres de los que se trata en este tratado, trece pertenecen a autores españoles, que nos proporciona informaciones preciosas sobre varios obispos de España, anteriores al siglo séptimo. Se encuentra en él una sobria nota aobre la muerte de Osio y un merecido de Leandro a propósito de su influencia religiosa y de la parte que tuvo en la conversión de los godos.


III. DOCTRINA.

Observación preliminar.

Sobre la Escritura, el dogma, la disciplina y la liturgia, san Isidoro ha resumido la ciencia de su tiempo; pero es menos su pensamiento el que nos da que el de los demás. Se ha contentado con ser el eco de la tradición, de la que se ha cuidado de recoger y reproducir los testimonios y, desde este punto de vista, su obra es de los más preciada; es la obra de un discípulo muy enterado, de un testigo autorizado, pero no la de un iniciador o la de un maestro. Ateniéndose demasiado exclusivamente a su método de coleccionista y expositor, no ha dado, en alguna obra original e importante, toda la medida de su talento. En estas condiciones, sería dificil hablar de su enseñanza personal; bastará señalar algunos puntos particulares sobre los cuales es bueno recoger su testimonio o a propósito de los cuales ha sido objeto de acusaciones injustificadas.

Sobre la Escritura.

1. El canon. En tres ocasiones, san Isidoro ha dado el catálogo de los libros de la Biblia: Etym., VI, I; In libros Veteris et Novi Testamenti proæmia, prol. 2-13; De officiis ecclesiasticis, I, XI, P. L., t. LXXXIII, col. 150-160; 229; 746. Para el Antiguo Testamento, es la lista del Prologus galeatus. A las tres clases de protocanónicos: libros históricos, proféticos y hagiógrafos, Isidoro añade los deuterocanónicos: Sabiduría, Eclesiástico, Tobías, Judit y los dos libros de los Macabeos, ya que la Iglesia, dice, los tiene por libros divinos. Para el Nuevo Testamento, es el ordo evangelicus o los cuatro evangelios; el ordo apostolicus: las catorce Epístolas de san Pablo, las siete Epístolas católicas ordenadas en el siguiente orden: Pedro, Santiago, Juan y Judas, y por último los Hechos y el Apocalipsis. Este último libro era aún puesto en duda en España, pero Isidoro tuvo cuidado, en el IV Concilio de Toledo, de hacer efectuar este decreto: “La autoridad de varios concilios y los decretos sinodales de los pontífices romanos declaran que el libro del Apocalipsis es de Juan el Evangelista y ordenan recibirlo entre los libros divinos. Pero existe muchas personas que ponen en duda su autoridad y no quieren explicarlo en la Iglesia de Dios. Si en adelante alguien no lo recibe o no lo toma para texto de explicación durante la Misa, de Pascua a Pentecostés, será excomulgado” Canon 17.

2. La inspiración. San Isidoro afirma el hecho de la inspiración divina de todos los autores sagrados, pero sin especificar su naturaleza; se contenta con decir: Auctor earumdem Scripturarum Spiritus Sanctus esse credittur; ipse enim scripsit qui prophetis suis scribenda dictavit. De offic. eccle., I, XII, 13, P. L., t. LXXXIII, col. 750. En cuanto al rol y la parte del escritor sagrado en la redacción de su obra, no habla de ello, no habiendo sido aún dicha cuestión plenamente dilucidada.

3. La interpretación. Isidoro conoce el múltiple significado del texto sagrado; sabe que se lo puede interpretar en sentido literal y sentido espiritual, en sentido propio o metafórico. Scriptura non solum historialiter sed etiam mysterio sensu, id est spiritualiter, sentienda est. De fide cath., II, XX, 1, P. L., t. LXXXIII, col. 528. Scriptura sacra ratione tripartita intellegitur; en primer lugar secundum litteram sine ulla figurali intentione; después secundum figuralem intellegentiam absque aliquo rerum respectu; por último salva historica rerum narratione, mystica ratione. De ord. creat., X, 6-7, P. L., t. LXXXIII, col. 939. Para la inteligencia de los pasajes más oscuros recuerda a continuación a san Agustín, pero sin añadir allí las juiciosas reflexiones del obispo de Hipona en su De doctrina christiana, III, XXX-XXXVIII, 42-56, las siete reglas del donatista Ticonio. Sent., I, IXI, P. L., t. LXXXIII, col. 581-586.

Sobre el dogma.

Dos puntos de la doctrina han parecido reprensibles en san Isidoro: uno es sobre la predestinación, el otro sobre la transustanciación, ¿qué hay de ello?

1. La predestinación. San Isidoro habla en un pasaje de la gemina prædestinatio, sive electorum ad requiem, sive reproborum ad mortem. Sent., II, VI, 1, P. L., t. LXXXIII, col. 606. Hincmar de Reims, en el siglo noveno, ha concluido de ello que el obispo de Sevilla era un sucesor de los galos que había combatido san Agustín en su De prædestinatione sanctorum y su De bono perseverantiæ. Está muy equivocado, porque no hay prueba que el predestinacionismo haya aparecido en España, sea de proveniencia gala, sea de otra parte. El error de los predestinacionistas del siglo IX fue créer que Dios predestina a los pecadores, no solamente a la condenación, sino también al pecado. Ahora bien, san Isidoro distingue con razón una cosa de otra, y niega la predestinación al pecado; porque Dios no quiere el pecado, no hace más que permitirlo; y respecto del endurecimiento o la ceguera del pecador, es necesario ser cuidadoso sobre el rol negativo de Dios. Obdurare dicitur Deus hominem, non ejus faciendo duritiam, sed non auferendo eam, quam sibi ipse nutrivit. Non aliter et obcæcare dicitur quosdam Deus, non ut in eis eamdem ipse cæcitatem eorum ab eis ipse non auferat. Sent. II, V, 13, P. L., t. LXXXIII, col. 605. En cuanto a la predestinación de la pena, Isidora la enseña: Miro modo æquus omnibus Conditor alios prædestinando præeligit, alios in suis moribus pravis justo judicio derelinquit ; quidam enim gratissimæ misericordiæ ejus prævenientis dono salvantur, effecti vasa misericordiæ ; quidam vero reprobi habiti ad pœnam prædestinati damnantur, effecti vasa iræ. Different., II, XXXII, 117-118, P. L., t. LXXXIII, col. 88.

En el sentido propio y riguroso que tendrá en el lenguaje teológico, el término predestinación no se aplica más que a ciertas criaturas razonables que debe poseer la gloria del cielo en común. Es la preciencia, no de los méritos de la criatura, sino de los beneficios de Dios; es el plan eterno de Dios decidiendo en si mismo la obtención del cielo para aquellos que, en efecto, deben un día y por la eternidad, ser admitidos a esta suerte. No se aplica al pecador más que un sentido impropio, ya que la reprobación implica de parte de Dios dos cosas : primero, la permisión de la falta, después la voluntad de castigarla. Dios permite el pecado: ¿por qué? Es un gran misterio, del cual no está permitido pedir cuenta a Dios. Y Dios, muy justamente, castiga el pecado no perdonado y no expiado. Cf. Arévalo, Isidoriana, parte. I, c. XXX, n. 1-14, P. L., t. LXXXI, col. 150-157.

2. La transustanciación. Según Bingham, Origines eccles., l. XV, c. V, sect. 4, Londres, 1710-1719, t. VI, p. 801, san Isidoro habría negado la transustanciación. Si se trata de la palabra, es cierto que san Isidoro no la ha empleado, por la buena razón que no existía aún para expresar la naturaleza del cambio que se opera en el sacrificio de la Misa por la consagración; pero si se trata del sentido expresado, aunque en mayor parte, por el término trasustanción, no se puede sostener que Isidoro no la haya enseñado. Porque, en un pasaje, dice que se llama cuerpo y sangre de Cristo al pan y vino, cuando son santificados y se convierten en sacramento por la invisible operación del Espíritu Santo. Unde hoc, eo jubente corpus Christi et sanguinem dicimus, quod, dum sit ex fructibus terræ, sanctificantur et fit sacramentum operante invisibiliter Spiritu Dei. Etym., VI, XIX. ¿Permanecen el pan y el vino al convertirse en sacramento? En absoluto, porque, en otro pasaje, luego de haber dicho como san Pablo: panis, quem frangimus, corpus Christi est, añade: Hæc autem, dum sunt visibilia, sanctificata per Spiritum Sanctum, in sacramentum divini corporis transeunt. De offic. eccl., I, XVIII. Transeunt, ¿qué significa? Se trata de un cambio, de una transformación, ¿y no es esto el equivalente al término transustanciación? Cf. Arévalo, Isidoriana, parte I, c. XXX, n. 15-24, P. L., t. LXXXI, col. 157-160.

Sobre los sacramentos.

Bingham, Origines eccles., l. XII, c. I, acusa aún a san Isidoro de no haber hecho más que un solo sacramento del bautismo y la confirmación. En efecto, el obispo de Sevilla ha escrito: Sunt autem sacramenta baptismus et chrisma, corpus et sanguis. Etym., VI, XIX. De donde Bingham concluye: al igual que corpus et sanguis no designan más que un solo y mismo sacramento, del mismo modo baptismus et chrisma. Conclusión errónea, porque Isidoro, lejos de confundir el sacramento del bautismo con el de la confirmación, distingue uno de otro: Sicut in baptismo peccatorum remissio datur, ita per unctionem sanctificatio Spiritus adhibetur, y trata en otra parte, De offic. eccles., II, XXV-XXVIII, P. L., t. LXXXIII, col. 822-826, separada y claramente del bautismo, de la chrismatio y de la imposición de manos. Lo que se le puede reprochar a su lenguaje es, a lo sumo, una cierta falta de precisión, muy excusable en una época donde la teoría sacramental no estaba aún rigurosamente fijada. Cf. Arévalo, Isidoriana, parte I, c. XXX, n. 22-25, P. L., t. LXXXI, col. 160-162.

Sobre el origen del alma de los hijos de Adán.

El alma del niño que viene al mundo, ¿ha sido creada desde el origen, o no es creada por Dios más que en el momento de la concepción? O más aún, ¿no sería transmitida de padre a hijo por vía de generación? Una de tantas cuestiones suscitadas entre los Padres griegos y latinos y resueltas en sentidos diversos. San Agustín ha muerto sin haber podido encontrarle una solución que lo satisfaciera. San Isidoro no tiene nada que decir al respecto, recuerda las opiniones antiguas, constatando que la cuestión es de las más difíciles y no ha sido zanjada. Differ., II, XXX, 105; De offic. eccl., II, XXIV, 3; De ord. creat., XV, 10, P. L., t. LXXXIII, col. 85, 818, 952. Sin embargo, se pronuncia por la creación del alma en el momento en que debe animar un cuerpo humano: Animam non esse partem divinæ substantiæ, vel naturæ, nec esse eam priusquam corporis misceatur, constat; sed tunc creari eam quando et corpus creatur, cui admisceri videtur. Sent., I, XII, 4, P. L., t. LXXXIII, col. 562.


I. EDICIONES. Margarin de la Bigne fue el primero en publicar las obras del obispo de Sevilla bajo este título: S. Isidori Hispalensis episcopi opera omnia, París, 1580. Su edición era incompleta y dejaba que desear. Ceca de veinte años después, Drial dio otra edición mucho más cuidada, pero que está aún lejos de ser satisfactoria: Divi Isidori Hispalensis episcopi opera, Madrid, 1599, 2 vol. 1778. El benedictino Jacques du Breuil, aprovechando los trabajos de sus predecesores, mejoró la edición de Margarin de la Bigne y completó la de Grial sin volverla más correcta: S. Isidori Hispalensis episcopi opera omnia, París, 1601, Colonia, 1617. En el siglo dieciocho, Ulloa recogió la edición de Grial y la publicó en Madrid, en 1778, revisada, corregida y aumentada por las notas de Gómez. Pero quedaba por hacer un examen crítico de todas las obras, auténticas o supuestas, de san Isidoro: ésta fue la obra de Arévalo. Este último, gracias a un examen atento y a un conocimiento profundo del tema, pasó revista de los manuscritos y las ediciones y no retuvo como auténtico mlas que las obras cuyo análisis ha sido dado en este artículo, siguiendo el orden de la dignidad de materias y, en cada materia, el género primero, luego las especies; es hasta aquí la mejor de todas las ediciones: S. Isidori Hispalensis episcopi opera omnia, 4 vols., Roma, 1797-1803. Migne la ha reproducido: P. L., t. LXXXI-LXXXIV, añadiéndole la Collectio canonum atribuida a san Isidoro, así como la Liturgia mozarabica secundum regulam beati Isidori, P. L., t. LXXXV-LXXXVI. Desde entonces algunas obras de san Isidoro han sido objeto de nuevas ediciones críticas. La parte histórica, bajo este título: Isidori junioris Hispalensis historia Gothorum, Wandalorum, Sueborum ad annum 624, ha sido insertada en Monumenta Germaniæ historica. Auctores antiquissimi, Berlín, 1894, t. XI, págs. 304-390. G. Becker ha efectuado una edición crítica de De rerum natura, Berlín, 1857. K. Weinhold ha publicado algunos fragmentos en alemán antiguo del opúsculo contra los judíos: Die altdeutschen Bruckstücke des Tractats des Bischofs Isidorus von Sevilla De fide catholica contra judæos, Paderborn, 1874. G. A. Hench ha publicado un facsímil del codex de París: Der althochdeusche Isidor. Fac-Simile Ausgabe der Pariser Codex, nebst kritischen Texte der Pariser und Monseer Bruchstücke, Estrasburgo, 1893. Queda aún mucho por hacer. W. M. Lindsay, Isidori Hispalensis Etymologiarum seu Originum libri XX, 2 vols., Oxford, 1911; Beer, Isidori Etymologiarum cod. Toletanus phototypice editus, Leiden, 1909.


II. FUENTES. San Braulio, obispo de Zaragoza, contemporáneo y amigo de san Isidoro, Prænotatio librorum divi Isidori, P. L., t. LXXXI, col. 15-17; san Ildefonso, De viris illustribus, IX, ibid., col. 27-28; un relato de la muerte del obispo de Sevilla, ibid., col. 30-32; Acta sanctorum, abril, t. I, págs. 325-361.

III. TRABAJOS. Biografías han sido publicadas por Cayetano, Roma, 1616, por Dumesnil, 1843, por el padre Colombet, 1846. Sobre la vida y las obras de san Isidoro, Noël Alexandre, Historia ecclesiastica, París, 1743, t. X, p. 195, 411-413; Dupin, Nouvelle bibliothèque des auteurs ecclésiastiques, Mons, 1691, t. VI, págs. 1-6; Ceillier, Histoire générale des auteurs sacrés et ecclésiastiques, París, 1858-1868, t. XI, págs. 720-728; N. Antonio, Bibliotheca hispana vetus, Madrid, 1788, págs. 321 y sig.; Florez, España sagrada, Madrid, 1754-1777, t. III, págs. 101-109; t. V, págs. 417-420; t. VI, págs. 441-452, 477-482 ; t. IX, págs. 173, 406-412; Arévalo, Isidoriana, P. L., t. LXXXI; Bourret, L’école chrétienne de Séville sous la monarchie des Wisigoths, París, 1855; Gams, Die Kirchengeschichte von Spanien, Ratisbona, 1862-1874, t. II, sect. II, págs. 102-113; Ebert, Histoire générale de la littérature du moyen âge en Occident, trad. franc., París, 1883, t. I, págs. 621-636; Teuffel, Geschichte der römischen Litteratur, Leipzig, 1870; trad. franc., París, 1883, t. III, págs. 337-345; Dressel, De Isidori Originum fontibus, Turín, 1874; Hertzberg, Ueber die Chroniken des Isidorus von Sevilla, dans les Forschungen zur deutschen Geschichte, 1875, t. XV, págs. 289-360; Menendez y Pelayo, S. Isidore et l’importance de son rôle dans l’histoire intellectuelle de l’Espagne, trad. franc., en los Annales de philosophie chrétienne, 1882, t. VII, págs. 258-269; Manitius, Geschichte der christ.-latein. Poesie, Stuttgart, 1891, págs. 414-420; Klusmann, Excerpta Tertullianea in Isidori Hispa. Etymologiis, Hamburgo, 1892; Dzialowski, Isidor und Ildefons als Litterarhistoriker, Munster, 1899; Bardenhewer, Patrologie, 3º ed., Friburgo de Brisgovia, 1910, págs. 568 y sigs.; Realencyklopädie für protestantische Theologie und Kirche, 3º ed., Leipzig, 1901, t. IX, págs. 447-453; Leclercq, L’Espagne chrétienne, París, 1906, págs. 302-306; Kirchenlexicon, 2e ed., t. VI, págs. 969, 976; Smith et Wace, A dictionary of christian biography, t. III, págs. 305-313; U. Chevalier, Répertoire bio-bibliographie, t. I, págs. 2283-2285; Schwarz, Observationes criticæ in Isidori Hispalensis Origines, Hirschberg, 1895; Schulte, Studien über den Schriftstellerkatalog des h. Isidorus, en Kirchengeschitliche. Abhandlugen de Sdralek, Breslau, 1902, t. VI; Endt, Isidor und Lukasscholien, en Wiener Studien, 1909; Valenti, S. Isidoro, noticia de sua vida y escritos, Valladolid, 1909; Schenk, De Isidori Hispalensis de natura rerum libelli fontibus (diss.), Jena, 1909; C. H. Besson, Isidor Studien, Munich, 1913; J. Tixeront, Précis de patrologie, París, 1918, págs. 492-496.



Artículo del Dictionnaire de théologie catholique de A. Vacant – E. Mangenot, t. VIII, Létouzay et Âné editeurs, París, 1924. Traducción del francés del Dr. Martín E. Peñalva.