La Misa y la muerte
Réginald Garrigou-Lagrange O.P.

Se puede profundizar la doctrina cristiana y católica del sacrificio de la Misa de modo abstracto y especulativo. Se puede también profundizarlo de modo concreto y vivido, uniéndose a la oblación del Salvador de un modo personal, y más particularmente haciendo con antelación el sacrificio de su vida, para obtener la gracia de una santa muerte (1).
Más que nadie en el mundo, María ha estado asociada al sacrificio de su Hijo, participando en todos sus sufrimientos, en la medida de su amor por Él.
Los santos, en particular los estigmatizados, han estado excepcionalmente unidos a los sufrimientos y los méritos del Salvador: un san Francisco de Asís y una santa Catalina de Siena, por ejemplo. Pero por profunda que haya sido dicha unión, fue sin embargo poca cosa en comparación con la de María. Por un muy íntimo conocimiento experimental y por la grandeza de su amor, María al pie de la Cruz ha entrado en las profundidades del misterio de la redención, más que san Juan, más que san Pedro, más que san Pablo. Ha entrado allí en la medida de la plenitud de gracia que había recibido, en la medida de su fe, de su amor, de los dones de inteligencia y sabiduría que tenía en un grado proporcional a su caridad.
Para entrar nosotros mismo un poco en este misterio y extraer de él lecciones prácticas que nos permitan prepararnos para una buena muerte, pensemos en el sacrificio que debemos hacer de nuestra vida en unión con María a los pies de la Cruz.
Se exhorta a menudo a los moribundos a hacer el sacrifico de sus vidas, para dar un valor satisfactorio, meritorio y impetratorio a sus últimos sufrimientos. Frecuentemente los Soberanos Pontífices, en particular Pío X, han invitado a los fieles a ofrecer previamente estos sufrimientos, quizás muy grandes, del último instante, para disponerse bien a ofrecerlos con un corazón más generoso en la hora suprema.
Pero para hacer bien desde ahora este sacrificio de nuestra vida, es necesario hacerlo en unión con el sacrificio del Salvador perpetuado sacramentalmente sobre el altar durante la Misa, en unión con el sacrificio de María, Mediatriz y Corredentora. Y para ver bien todo lo que dicha oblación debe comportar, conviene recordar aquí los cuatro fines del sacrificio: la adoración, la reparación, la súplica y la acción de gracias. Los consideraremos sucesivamente, viendo las lecciones que comportan.
La adoración.
Jesús en la Cruz ha hecho de su muerte un sacrificio de adoración. Este fue el cumplimiento más perfecto del precepto del decálogo: “Adorarás al Señor tu Dios y no servirás más que a Él” (Deut. VI, 13). Es con estas divinas palabras que Jesús había respondido a Satán que le decía: “Te daré todos los reinos del mundo si te prosternas ante mi para adorarme, si cadens adoraveris me”.
La adoración es debida sólo a Dios, a causa de su soberana excelencia de Creador, porque sólo Él es el Ser mismo, eternamente subsistente, la Sabiduría misma, el Amor mismo. La adoración que le es debida debe ser a la vez exterior e interior, inspirada por el amor; debe ser una adoración en espíritu y verdad.
Una adoración de un valor infinito ha sido ofrecida por Jesús a Dios en Getsemaní, cuando se prosternó con su rostro en tierra diciendo: “Padre mío, si es posible, que este cáliz se aleje de mi; sin embargo, que vuestra voluntad sea hecha y no la mía” (Mt. XXVI, 10). Dicha adoración reconocía práctica y profundamente la soberana excelencia de Dios, señor de la vida y de la muerte, de un Dios que, por el amor del Salvador, quería hacer servir la muerte, pena del pecado, para la reparación del pecado y para nuestra salvación. Existe en este decreto eterno del Padre, que contiene toda la historia del mundo, una excelencia soberana, reconocida por la adoración del Getsemaní.
Dicha adoración del Salvador continuó sobre la Cruz, y María se asoció a ella, en la medida de la plenitud de gracia que había recibido y que no había cesado de crecer. En el momento de la crucifixión de su Hijo, ella ha adorado los derechos de Dios, autor de la vida, a quien agradó hacer servir la muerte de su Hijo inocente para la reparación del pecado, para el bien eterno de las almas.
En unión con Nuestro Señor y su Santa Madre, adoremos a Dios y digamos de todo corazón, como nos invita a ello S.S. Pío X: “Señor, mi Dios, desde hoy, con un corazón tranquilo y sumiso, acepto de vuestra mano el género de muerte que queráis enviarme, con toda sus angustias, todas sus penas y todos sus dolores”.
Quienquiera que, una vez en su vida, un día de su lección, haya recitado este acto de resignación luego de la confesión y la comunión, ganará una indulgencia plenaria que le será aplicada en la hora de la muerte, según la pureza de su conciencia. Pero sería bueno rehacer cada día este sacrificio, para prepararnos así a hacer de nuestra muerte, en el último instante, en unión con el sacrificio de Cristo continuado en sustancia sobre el altar, un sacrificio de adoración, pensando en el soberano dominio de Dios, en la Majestad y la Bondad de Aquel “que conduce a todo extremo y hace volver de él – Dominus mortificat et vivificat, deducit ad inferos et reducit” (Deuteronomio, XXXII, 39; Tobías, XIII, 2; Sabiduría, XVI, 13). Dicha adoración a Dios, señor de la vida y de la muerte, puede hacerse de maneras bastante diferentes, según las almas están más o menos iluminadas: ¿existe algo mejor que unirse así cada día al sacrificio de adoración del Salvador?
Seamos desde ahora adoradores en espíritu y verdad. Que dicha adoración sea tan sincera y tan profunda que repercuta verdaderamente sobre nuestra vida y nos disponga a aquello que debemos tener en el corazón en el último instante.
Reparación.
El segundo fin del sacrificio es la reparación de la ofensa hecha a Dios por el pecado, y la satisfacción de la pena debida por el pecado. Debemos hacer de nuestra muerte un sacrificio propiciatorio. La adoración debe ser, para hablar propiamente, reparadora.
Nuestro Señor ha satisfecho superabundantemente por nuestras faltas porque, dice santo Tomás IIIa, q. 48, a. 2), ofreciendo su vida por nosotros, ha hecho un acto de amor que agradaba más a Dios que lo que le disgustaban todos los pecados reunidos. Su caridad fue mucho más grande que la malicia de sus verdugos, y tenía un valor infinito que extraía de la personalidad del Verbo.
Ha satisfecho por nosotros, que somos los miembros de su Cuerpo místico. Pero como la causa primera no vuelve inútil las causas segundas, el sacrificio del Salvador no vuelve inútil el nuestro, sino lo suscita y le confiere su valor. María nos ha dado el ejemplo, uniéndose a los sufrimientos de su Hijo. Ella ha satisfecho así por nosotros, al punto de merecer el título de Corredentora.
Ella ha aceptado el martirio de su Hijo no solamente querido, sino legítimamente adorado, que amaba con el corazón más tierno, luego de haberlo virginalmente concebido.
Más heroica aún que el patriarca Abrahán listo a inmolar a su hijo Isaac, María, ofreciendo a su Hijo por nuestra salvación, lo vio morir realmente en los más atroces sufrimientos físicos y morales. No se acercó un ángel para detener la inmolación y decir a María, como al patriarca, en nombre del Señor: “Sé ahora que no me has negado a tu hijo, tu único” (Génesis, XXII, 12). María vio realizarse efectiva y plenamente el sacrificio de reparación de Jesús, del cual el de Isaac no era más que una figura. Sufrió entonces el pecado en la medida de su amor por Dios al que el pecado ofende, por su Hijo, al que el pecado crucificaba, por nuestras almas, a las que el pecado arrasa y hace morir. La caridad de la Virgen sobrepasaba incomparablemente la del patriarca, y en ella, más aún que en él, se realizaron las palabras que escuchó: “Porque no me has negado a tu hijo, tu único, te bendeciré y te daré una posteridad numerosa como las estrellas del cielo” (Génesis XXII, 17).
Ahora bien, como el sacrificio de Jesús y María ha sido un sacrificio de propiciación o de reparación por el pecado, de satisfacción de la pena debida por el pecado, en unión con ellos, hagamos del sacrificio de nuestra vida una reparación por todas nuestras faltas, pidamos desde ahora que nuestros últimos momentos tengan un valor a la vez meritorio y expiatorio, y pidamos la gracia de hacer este sacrificio con un gran amor que aumentará en él a doble valor. Seamos felices de pagar esta deuda a la justicia divina para que el orden sea plenamente restablecido en nosotros. Y si, en este espíritu, nos unimos íntimamente a las Misas que se celebran todos los días, si nos unimos a la oblación siempre viva del Corazón de Cristo, oblación que es el alma de estas Misas, entonces obtendremos la gracia de unirnos a ella igualmente en el último momento. Si dicha unión de amor a Cristo Jesús es cada día más íntima, la satisfacción del Purgatorio nos será notablemente abreviada. Podría ser incluso que recibiéramos la gracia de hacer totalmente nuestro Purgatorio en la tierra mereciendo, aumentando en el amor, en lugar de hacerlo luego de la muerte sin merecer.
Súplica.
El moribundo no debe solamente hacer de su muerte un sacrificio de adoración y reparación, sino también un sacrificio impetratorio o de súplica, en unión con Nuestro Señor y con María.
San Pablo escribe a los Hebreos (V, 7): “Jesús, habiendo ofrecido con lágrimas sus súplicas…, ha sido escuchado, a causa de su piedad y su obediencia y salva a todos aquellos que lo obedecen”. Recordemos la oración sacerdotal de Cristo luego de la Cena y antes del sacrificio de la Cruz: Jesús ha rogado allí por sus Apóstoles y por nosotros… y “siempre vivo, no cesa de interceder por nosotros” (Hb. VII, 25). En particular en el sacrificio de la Misa, en la cual es el sacerdote principal.
Jesús, que ha rogado por sus verdugos, ruega por los moribundos que se encomiendan a él. Con él, la Virgen María intercede acordándose que nosotros le hemos dicho a menudo: “Santa María, madre de Dios, ruego por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”.
El moribundo debe unirse a las Misas que se celebran en ese minuto cerca o lejos de él. Debe pedir por medio de ellas, por la gran oración de Cristo que continua en ellas, la gracia de la buena muerte o de la perseverancia final, la gracia de las gracias, la de los elegidos. Conviene que la pida no solamente por si mismo, sino por todos aquellos que mueren en el mismo momento.
Y, para disponernos desde ahora a hacer este acto de súplica en la última hora, roguemos a menudo asistiendo a la santa Misa por aquellos que van a morir en el día. Y, según la recomendación de S.S. Benedicto XV, hagamos decir a veces una Misa para obtener, por este sacrificio de súplica de un valor infinito, la gracia de la buena muerte o la aplicación de los méritos del Salvador. Hagamos también celebrar algunas Misas por aquellos parientes y amigos nuestros que nos transmiten inquietudes sobre su salud, para obtenerles la gracia última, por aquellos también que podríamos haber escandalizado o alejado del camino de Dios.
La acción de gracias.
Por último, cada uno de nosotros deberíamos hacer de su muerte, en unión con Nuestro Señor y con María, un sacrificio de acción de gracias por todos los beneficios recibidos desde el bautismo, pensado tanto en las absoluciones y comuniones que nos han perdonado o conservado en el camino de la salvación.
Jesús hizo de su muerte un sacrificio de acción de gracias, cuando dijo: “Consummatum est – Todo se ha consumado” (Juan, XIX, 30). María dijo este “consummatum est” con él. Y dicha forma de oración, que continua en la Misa, no cesará, incluso cunado la última Misa sea dicha en el fin del mundo. Cuando no haya más sacrificio propiamente dicho, tendrá su consumación, y en ella tendrá siempre la adoración y la acción de gracias de los elegidos que, unidos al salvador y a María, cantarán el Sanctus con los ángeles y glorificarán a Dios dándole gracias.
Dicha acción de gracias está admirablemente expresada por las palabras del ritual que dice el sacerdote a la cabecera de los moribundos, luego de haber dado una última absolución y el santo viático: “Proficiscere, anima christiana, de hoc mundo… : Salid de este mundo, alma cristiana, en el nombre de Dios Padre todopoderoso, que os ha creado; en el nombre de Jesucristo, Hijo del Dios vivo, que ha sufrido por ti; en el nombre de la gloriosa y santa Madre de Dios, la Virgen María; en el nombre del bienaventurado José, su esposo predestinado, en el nombre de los ángeles y arcángeles, en el nombre de los Patriarcas, de los Profetas, de los Apóstoles, de los Mártires, en el nombre de todos los Santos y todas las santas de Dios. Que hoy vuestra casa esté en la paz y vuestra morada en la Jerusalén celestial. Por Jesucristo Nuestro Señor”.
Para concluir, repetimos a menudo, para darle todo su valor, el acto recomendado por S.S. Pío X y pedimos a María la gracia de hacer de nuestra muerte un sacrificio de adoración, de reparación, de súplica y de acción de gracias. Cuando asistimos a los moribundos, los exhortamos al sacrificio, uniéndose a las Misas que se celebran entonces. Y desde ahora, de antemano, hagámoslo nosotros mismos, renovémoslo a menudo, cada día, como si fuera a ser el último. Nos dispondremos así a hacerlo muy bien en el momento supremo: entonces sabremos que “si Dios conduce a todo extremo y hace volver de él”, nuestra muerte será como transfigurada. Llamaremos al Salvador y su santa Madre para que vengan a tomarnos y nos otorguen la última de las gracias que asegurará definitivamente nuestra salvación por un último acto de fe, confianza y amor.
(1) Hemos hablado ya de la Unión Eucarística, erigida en la Sainte-Baume con el objetico de establecer un culto perpetuo de misas por la pacificación del mundo. Estamos felices de notar que dicha unión piadosa se ha extendido recientemente en Piamonte y también en las islas Filipinas. Para ser inscripto en ella, dirigirse al Secretariado de la Unión Eucarística, parroquia de Plan d'Aups, Saint-Zacharie (Var).
Aparecido en La vie spirituelle n° 194, 1935. Traducción del francés del Dr. Martín E. Peñalva.
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