domingo, 14 de febrero de 2010



La santidad, nueva dimensión del hombre


Pavel Evdokimov







Nueva criatura, hombre nuevo: dichos términos son sinónimos de santidad. Vosotros todos, llamados santos (Rm. 1, 7), dice san Pablo. Sal de la tierra y luz del mundo (Mt. 5, 13-14), los santos son constituidos como faros o guías de la humanidad. Estos testigos, unas veces resplandecientes, otras oscuros y ocultos, asumen plenamente la historia. “Amigos heridos del Esposo”, los mártires son “las espigas de trigo que los reyes han segado y el Señor ha colocado en los graneros de su Reino”. Los santos toman el relevo de manos de los mártires e iluminan el mundo. Más el llamado del Evangelio se dirige a todo hombre, y es por ello que san Pablo llama a todo fiel “santo”.

Si, después de la Encarnación, la Iglesia, según Orígenes, está “llena de la Trinidad”, después de Pentecostés está llena de santos. El oficio de Todos los Santos suprime todo límite: “Canto a los amigos de mi Señor, quien lo desee, que se una a todos”. La invitación es lanzada a cada uno, “la multitud de testigos viene a nuestro encuentro”, dice san Juan Crisóstomo, para proclamar la invitación urbi et orbi.

La santidad se erige en nota característica de la Iglesia: Unam Sanctam. Y la comunión de los santos traduce la santidad de Dios: “Tu luz, oh Cristo, brilla sobre los rostros de los santos”. Pero, ¿qué significa la santidad? Si todas las palabras pretenden designar las cosas de este mundo, la santidad no tiene referencia en lo humano. La santidad es propia de Dios. Santo es su Nombre, dice Isaías (57, 15). La sabiduría, el poder, el amor incluso tienen analogías en la vida humana. Ahora bien, la santidad es por excelencia lo “totalmente otro”. Tu solus Sanctus, sólo el Señor es santo (Ap. 15, 4). Al mismo tiempo, la orden de Dios es bien precisa: Sed santos como Yo soy santo (Lv. 19, 2). Porque es el Santo absoluto, Dios nos vuelve santos haciéndonos participar en su santidad (Hb. 12, 10)

Es la última acción del amor de Dios: No os llamo más mis servidores, sino mis amigos (Jn. 15, 14-15). Es el corazón mismo de la novedad; atraído por el imán divino, el hombre es colocado en la órbita del Infinito divino. Dios se lleva al hombre de este mundo y lo entrega como santo, receptáculo de las teofanías y fuente de la santificación cósmica.

La etimología del término “santidad” en hebreo, por su misma raíz, sugiere una separación, una puesta a parte, una pertenencia total a Dios, una reserva que Dios guarda y destina a una vocación muy precisa en el mundo. El Sanctus de Isaías suscita el terror sagrado y hace resaltar la distancia infinita entre el Santo trascendente de Dios y el polvo y ceniza de lo humano (Gn. 18, 27). En el misterio de su Encarnación, Dios trasciende su propia trascendencia y su humanidad deificada se vuelve “consubstancial”, inmanente, accesible al hombre, la coloca en su “proximidad abrasadora”.

En el Antiguo Testamento, las teofanías mostraban algunas zonas privilegiadas donde Dios ha manifestado su aparición fulgurante; eran “sitios santos”, como la “zarza ardiente” (Ex. 3, 2). Pero después de Pentecostés, es el mundo en su totalidad el que es confiado a los santos a fin de extender la “zarza ardiente” a las dimensiones del universo: Porque toda la tierra es mi dominio (Ex. 19, 5), dice Dios. En otro tiempo, el hombre oía: Quita las sandalias de tus pies, porque el lugar que pisas es tierra santa (Ex. 3, 5); una parcela de este mundo está santificado porque la santidad divina la ha tocado. Una antiquísima composición iconográfica de san Juan Bautista marca el pasaje a un orden nuevo: el icono muestra al Precursor pisando la tierra manchada por el pecado, maraña extrema, pero allí donde pasa la tierra bajo sus pasos vueleve a ser paraíso. El icono quiere decir: “Tierra, volved a ser pura, porque los pies que te pisan son santos”.

Un santo, hombre nuevo, resalta sobre lo habitual, sobre lo viejo, y su novedad es escándalo y locura Para la praxis marxista, un santo es un hombre inútil, ¿para qué podría servir? Es dicha “inutilidad”, más precisamente dicha disponibilidad total hacia el Trascendente, lo que plantea justamente cuestiones de vida o muerte al mundo ingrato. Un santo, incluso el más aislado y oculto, “vestido de espacio y desnudez”, lleva sobre sus frágiles hombros el peso del mundo, la noche del pecado; protege el mundo de la justicia divina. Cuando el mundo rie, el santo llorando atrae sobre los hombres la misericordia divina. Semejante ermitaño, antes de morir, pronunciando su última oración como un definitico amén de todo su ministerio dice: “Que todos sean salvados, que toda la tierra sea salvada…”. Entrando en la “comunión del pecado”, los santos arrastran a todos los pecadores hacia la “comunión de los santos”.

Lo que escandaliza seguramente a los no creyentes no son los santos, sino el hecho tan temible de que todos los cristianos no sean santos. Léon Bloy bien decía: “No hay más que una sola tristeza : no ser santos”. Y Péguy: “Se ha necesitado santos y santas de toda clase, y ahora sería necesaria una clase más”. Simone Weil acentuaba más fuertemente aún esta necesidad de una calidad particular: “el mundo actual tiene necesidad de santos, de santos nuevos, de santos que tengan talento…”

El testigo.

Para comprender dicha exigencia, es necesario volver a escuchar las palabras de Cristo que relata el Evangelio de san Juan (13, 20). Cristo deja este mundo, pero deja la Iglesia, deja al “Enviado” que prosigue y continúa su misión de salvación. Pronuncia estas palabras tan cargadas de un temible sentido: Quienquiera que recibe a aquel a quien he enviado me recibe; y quien me recibe, recibe a Aquel que me ha enviado. Se ve bien que el destino del mundo, su salvación o su perdición, depende de la actitud de la Iglesia, lo que quiere decir: de la actitud de todo cristiano. Si el mundo recibe a uno de nosotros, entra en comunión con Aquel que nos envía. Estas palabras hacen temblar. ¿A qué grandeza, a qué presencia atenta a todo hombre apelamos para ser recibidos por el mundo? ¿Comprendemos lo que Pablo ha hecho rechazando su propia salvación con tal que su pueblo sea salvado? Nuestro testimonio, nuestra santidad, ¿consisten en este amor que salva?

Cristo pide a sus discípulos, a sus amigos, estar gosozos de una gran alegría cuyas razones están más allá del hombre, en el solo hecho conmovedor de que Dios existe (Jn. 14, 28). Es en dicha límpida alegría del amor desinteresado, ofrecido enteramente y sin reservas, que reside la salvación del mundo, y donde el llamado toma su nueva resonancia. No el pragmatismo y el utilitario “te amo para salvarte”, sino el gesto purificado: “te salvo porque te amo”. Así, nuestro talento está invitado a descubrir la manera o el arte de ser aceptado, escuchado, recibido por el mundo. San Pablo lo ha encontrado diciendo: No soy yo quien vivo, sino que es Cristo que vive en mí (Ga. 2, 20). Los sermones ya no bastan, el reloj de la historia marca la hora en que no se trata más de hablar solamente de Cristo, se trata de volverse Cristo, el lugar de su presencia y su palabra.

Un santo hoy

La multitud busca siempre “los signos y los milagros”, pero el Señor declara: no tendrán ninguno (Mt. 12, 39). Un santo hoy, es un hombre como todo el mundo, pero todo su ser es una pregunta de vida o muerte dirigida al mundo. Según las bellas palabras de Tauler: “Algunos sufren el martirio de una buena vez por la espada, otros conocen el martirio que los corona desde el interior”, invisiblemente. Otros, aún a riesgo de su propia vida, testimonian hoy, y su testimonio es ese silencio que habla. Existen también aquellos que están llamados a testimoniar frente a la opinión pública, la moda, la temible indiferencia de la multitud. Kierkegaard decía que la primer predicación de un sacerdote debería ser también la última, un escándalo tal que sea marginado inmediatamente de la sociedad de los “conformistas”. Hacen falta santos que sepan escandalizar, que encarnen la locura de Dios, a fin de hacer evidente, por ejemplo, la necedad de los cosmonautas marxistas, que les hacía buscar a Dios y los ángeles entre las galaxias.

Un hombre nuevo no es ni un superhombre ni un taumaturgo. Está despojado de toda “leyenda”, pero es mucho más que una leyenda; es actual porque es testigo del Reino que brilla ya en él. Sin embargo, la advertencia del Evangelio permanece: El que tenga oídos, que oiga (Mt. 11,15 etc.). Al contrario de las imágenes de las estrellas y los retratos gigantescos de los jefes de estado inciensados en todas partes, un santo es humilde, semejante a todos, pero su mirada, su palabra y sus actos “traducen al cielo” las preocupaciones de los hombres y, sobre la tierra, la sonrisa del Padre.

El santo y la naturaleza del mundo.

Los cristianos glorifican a Dios en sus cuerpos (1 Co. 6, 11-20), dice san Pablo: Sea que comáis, sea que bebáis, y cualquier cosa que hagáis, hacedlo todo para gloria de Dios (1 Co. 10, 31). Existe, pues, una forma novedosa, se puede decir un “estilo evangélico” de hacer las cosasmás cotidianas y habituales. Un campesino en su campo, un científico que estudia la estructura del átomo: sus gestos y sus miradas están purificados por la oración. La materia que tocan es también una “nueva criatura”, vuelta tal por la actitud nueva del hombre, ya que toda la naturaleza gime, en espera de su liberación en el hombre nuevo (Rm 8,18-23). Espera ansiosa de la naturaleza, tendida como la mirada de abajo hacia arriba, o como los ojos de un siervo hacia las manos de su amo (Sal. 123, 2). Su sufrimiento no es el dolor de la agonía, sino el del parto.

Cristo ha destruído tres barreras: la antigua naturaleza, el pecado y la muerte; ha convertido el obstáculo en pasaje, en Pascua. “Ha transformado la muerte en sueño de espera y ha despertado a los vivos”. Los elementos de la naturaleza guardan su apariencia, pero el santo detiene sus retornos estériles y los dirige hacia el término designado por Dios acada una de sus criaturas. La parábola bíblica, el mashal, introduce admirablemente en es este mundo nuevo de Dios: un sembrador porta el olor de la buena tierra abierta, una mujer pone la levadura en la masa, en otra lugar está el grano de trigo, la viña, la higuera. Lo sensible enseña los misterios más profundos de la creación divina. La liturgia usa cosas de este mundo y muestra su término, opera una desprofanación, una desvulgarización en el ser mismo de este mundo. “Agujerea” su cerrada opacidad por medio de la irrupción de los poderes del más allá y enseña que todo está destinado a su término litúrgico.

La tierra recibirá el cuerpo del Señor y la piedra cerrará el misterio de su tumba antes de ser removida por los ángeles ante las mujeres miróforas; la madera de la cruz se une al árbol de la vida, la luz recuerda siempre a la del Señor transfigurado, el trigo y la viña confluyen hacia la santificación eucarística “para la curación del alma y el cuerpo”, el olivo ofrecerá el aceite de la unción y el agua surgirá de los baptisterios por el lavacrum, el baño regenerador de la vida eterna. Todo se refiere a la Encarnación y todo desemboca en el Señor. La liturgia integra las acciones más elementales de la vida: beber, comer, lavarse, hablar, obrar, comulgar, vivir, morir, finalmente, en la resurrección. Les restituye su sentido y su verdadero destino: ser piezas del templo cósmico de la gloria de Dios. Los Salmos describen una especie de danza sagrada donde las montañas brincan como carneros, y las colinas como corderos (Sal. 113, 4), aspiración secreta de todo viviente, para cantar a su Creador.

San Ambrosio advierte a sus catecúmenos del peligro de despreciar los sacramentos bajo el pretexto de la materia común empleada. Es que las acciones divinas no son visibles, sino “visiblemente significadas”. Para los Padres, la Iglesia es ese nuevo paraíso donde el Espíritu Santo resucita los “árboles de vida”, los sacramentos, y donde la realeza de los santos sobre el cosmos es misteriosamente restaurada. En ellos, la antigua naturaleza alcanza el umbral de su liberación y, fecundada por el Espíritu, se prepara a su secreta germinación, al engendramiento de la “nueva tierra” del Reino, como había engendrado ya en la Virgen-Madre la naturaleza del segundo Adán.

El santo y los hombres.

Los Padres enseñan que los monjes son simplemente aquellos que toman en serio la salvación del mundo, que van hasta el límite en su fe y saben que ella es capaz de mover montañas, como dice el Evangelio. Pero, a su modo, todo creyente puede hacerse “monje interiorizado” y encontrar el equivalente de los votos monásticos, exactamente del mismo modo, en las circunstancias personales de su vida, sea tanto soltero o casado. Entonces su simple existencia, su sola mas plena presencia es ya un escándalo para el conformismo de un mundo acomodado, un testimonio que salva de la mediocridad e insipidez de la vida corriente. En la Rusia soviética, un verdadero creyente era una sonrisa de Dios, una bocanada de aire fresco en el ambiente de sofocación instalado por los doctrinarios fanáticos.

Un hombre nuevo es, ante todo, un hombre de oración, un ser litúrgico: el hombre del Sanctus, aquel que resume su vida en estas palabras del salmista: Cantaré al Señor mientras viva (Sal. 103, 33). En el marco del ateísmo de Estado en la Unión Soviética, el episcopado ruso había exhortado a los fieles, a falta de una vida litúrgica regular, a volverse templos, a prolongar la liturgia en sus existencias cotidiana, a hacer de sus vidas una liturgia, a presentar a los hombres sin fe un rostro, una sonrisa litúrgica, a escuchar el silencio del Verbo a fin de volverlo más poderoso que toda palabra comprometida.

Semejante presencia “litúrgica” santifica toda parcela de este mundo, contribuye a la verdadera paz de la que habla el Evangelio. La oración de este hombre nuevo se apoya en el día venidero, sobre la tierra y sus frutos, sobre el esfuerzo del sabio y el trabajo de cada hombre. En la inmensa catedral que es el universo de Dios, el hombre, sacerdote de su vida, obrero o científico, hace de todo lo humano ofrenda, canto, doxología. En la Rusia soviética, cuando las persecuciones se intensificaban, y en dicho clima de silencio y martirio, una oración sorprendente, una espléndida doxología circulaba entre los creyentes y los llamaba a “consolar al Consolador” por su abandono y su amor: “Perdonemos a todos, bendigamos a todos, a los ladrones y samaritanos, a aquellos que caen en el camino y a los sacerdotes que pasan sin detenerse, a todos nuestros prójimos, a los verdugos y las víctimas, a aquellos que maldicen y a los que son maldecidos, a quienes se revelan contra la fe y a quienes se prosternan ante tu amor. Llévanos a todos contigo, Padre Santo y Justo”.

Los Padres de la Iglesia dicen que todo fiel es un “hombre apostólico” a su modo. Es aquel cuya fe responde al final del Evangelio según san Marcos: el que camine sobre serpientes, domine toda enfermedad, mueve montañas y resucita a los muertos si tal es la voluntad de Dios (Mc. 16,17-18). Quien vive simplemente, pero plenamente su fe, quien se sitúa a su término inquebrantablemente. ¡Sí! Es necesario decirlo y repetirlo sin cesar : esta vocación no es la expresión de un romanticismo místico, sino la obediencia en el sentido más directo y más realista del Evangelio. Y no se trata de grandes santos ni de elegidos particulares. Todas estas cosas, tan grandes como los milagros, están al alcance de nuestra fe, y el llamado de Dios, cuya fuerza se cumple en nuestra debilidad, se dirige a cada uno de nosotros. Covertirse en el hombre nuevo depende de la desición inmediata y firme de nuestro espíritu, de nuestra fe que dice simplemente “sí”, humildemente, y sigue en el júbilo a Cristo: entonces todo es posible, y los milagros se hacen.

Una actitud de recogido silencio, de humildad, pero también de una ternura apasionada. También ascetas severos como san Isaac el Sirio o san Juan Clímaco decían que es necesario amar a Dios como se ama a la novia; para Kierkegaard, “hace falta leer la Biblia como un joven lee la carta de su amada: está escrita para mí”. Es natural, entonces, estar enamorado de toda la creación de Dios y descifrar en el absurdo aparente de la historia el sentido de Dios. Es natural volverse luz, revelación, profecía.

Maravillado de la existencia de Dios, el hombre nuevo está también un poco loco de la locura de Dios, de la cual habla san Pablo, y es el humor tan impresionante de los “locos en Cristo”, el único capaz de vencer la pesada seriedad de los doctrinarios. Como lo notaba Dostoievsky, le mundo corre el riesgo de perecer no por las guerras, sino de tedio, y de un bostezo grande como el mundo saldrá el diablo…

El hombre nuevo es también un hombre al que su fe libera del “gran temor del siglo XX”: temor de la bomba, temor del cáncer, temor de la muerte. Es un hombre cuya fe es siempre un cierto modo de amar el mundo siguiendo al Señor hasta el descenso a los infiernos. Dios tiene en reserva su propia lógica que, sin contradecir la justicia, le añade una nueva dimensión y es necesaria para dejar intacto el secreto último de su misercordia. Ser un hombre nuevo, es ser aquel que, en toda su vida, en todo lo que ya está presente en él, anuncia a Aquel que viene. Es ser también aquel que, según san Gregorio de Nisa, lleno de “sorbia embriaguez”, suelta a todo el que pasa: “ven y bebe”. Aquel que canta con san Juan Clímaco: “Tu amor ha herido mi alma, y mi corazón no soporta tus llamas, avanzo cantándote…”


Extracto de L’Amour fou de Dieu, Seuil, 2002. Traducción del francés del Dr. Martín E. Peñalva.


La teología litúrgica del movimiento hesicasta



Archimandrita Job (Getcha)





Archimandrita Job (Getcha)



El autor de este ensayo es docente del Instituto de Teología Ortodoxa San Sergio (París), del Instituto Superior de Liturgia y del Instituto Superior de Estudios Ecuménicos (Instituto Católico de París). Es además miembro del Consejo del Arzobispado de Iglesias Ortodoxas Rusas en Europa Occidental (Exarcado del Patriarcado Ecuménico), del Comité Central del Consejo Ecuménico de Iglesias, de la Comisión “Educación teológica y formación ecuménica” del Consejo Ecuménico de Iglesias, del Comité Mixto de Diálogo Católico-Ortodoxo en Francia, del Grupo de Trabajo Católico-Ortodoxo San Ireneo y de la Sociedad de Liturgia Oriental.



El siglo XIV fue para el Oriente cristiano un siglo de grandes paradojas. Después del renacimiento del imperio bizantino por los Paleólogos en 1261, que dio una luz de esperanza tras las conquistas musulmanas y la ocupación latina de las Cruzadas, Bizancio vivió en una incertidumbre política que deja presagiar la conquista otomana de 1453. Sitiada por los mercaderes venecianos y genoveses que controlaban el comercio marítimo, Constantinopla debióse volver hacia Roma en búsqueda de sostén militar para retardar la amenaza otomana constantemente creciente. Más al norte, entre los eslavos, seguido a la destrucción de Kiev, madre de las ciudades rusas, en 1240 por los tátaros, y que se encuentra después bajo la dominación lituana, se desarrolla el principado de Moscú, mas permanece siempre amenazado por la Horda de Oro.

A pesar de la oscuridad que se desprende de esta incertidumbre política, el siglo XIV fue un momento luminoso de la historia del mundo bizantino-eslavo. Fueron la teología y la liturgia de la Iglesia las que aportaron la luz espiritual iluminando la negrura cotidiana. El monte Athos, la Santa Montaña del mundo ortodoxo, juega aquí un rol de primer orden.

Dicha península aislada y alejada de los grandes centros urbanos había atraído desde el siglo VII a algunos ermitaños que hallaron un sitio propicio para la oración y la hesiquia, la quietud del corazón, como los que habían estado en otro tiempo en los desiertos de Egipto, Palestina, Siria y Capadocia, ocupados después por los musulmanes. Luego de la fundación de la Gran Laura en 963 por San Atanasio el Athonita, monjes griegos, rusos, serbios, búlgaros, georgianos, lo mismo que benedictinos italianos se instalaron allí, creando así una federación monástica multiétnica y panortodoxa. Los grandes personajes que han marcado este periodo de la historia bizantino-eslava, tales como Gregorio el Sinaíta, Gregorio Palamás, el patriarca de Constantinopla Filoteo Coquino, el arzobispo Saba de Serbia, los patriarcas Teodosio y Eutimio de Trnovo y el metropolita Cipriano de Kiev allí han vivido y han recibido su formación espiritual. Además, la mayoría de los patriarcas ecuménicos de esta época fueron elegidos de entre estos monjes athonitas e influenciaron no solamente la vida de la Iglesia, sino también la política y la cultura de dicha Bizancio restaurada.

La Santa Montaña había sido propicia a una renovación ascética y mística en los siglos XIII y XIV. Dicha renovación que se la calificó de hesicasta toma sus raíces en el modo de vida de los primeros anacoretas cristianos deseoso de vivir el Evangelio en el desierto. Consiste en una búsqueda de la quietud (hesiquia) del corazón, aplicándose a vencer las pasiones para que el hombre esté en perfecta comunión con Dios. Dicha búsqueda se hace en la oración continua, centrada en vencer las pasiones del cuerpo y en purificar los pensamientos del espíritu para hacer volver el hombre a Dios. Esta renovación es, por otra parte, a menudo identificada con la práctica de la oración de Jesús: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí”. Dicha oración estaba a veces acompañada de una técnica psicosomática. Fijando los ojos sobre el ombligo o el corazón y regulando la respiración, ésta ayuda a la concentración, como lo atestigua Evagrio el Póntico en el siglo IV. Ampliamente difundida en el siglo XIV, este método fue origen de malentendidos.

Un monje de Italia del Sur que había residido en el Athos, Barlaam el Calabrés, convencido que el Dios trascendente era totalmente inconocible, consideraba desafortunadamente que los monjes hesicastas no hacían más que mirarse el ombligo. Escribe: “He sido iniciado por ellos en monstruosidades y en doctrinas absurdas que un hombre no puede dignamente enunciar si goza del espíritu o de la razón [...] Me han dado sus enseñanzas... sobre entradas y salidas inteligibles que se producen por las fosas nasales simultáneamente en la respiración, sobre escudos que se agrupan en torno al ombligo, y por último, sobre la unión de Nuestro Señor con el alma que se produce en el interior del ombligo de una manera sensible con plena certeza del corazón” (1).

Contra este enfoque impregnado de espiritualismo platónico, Gregorio Palamás, que había sido monje en la Gran Laura e higúmeno del monasterio de Esphigmenou antes de llegar a ser arzobispo de Tesalónica, tomó la defensa de los monjes hesicastas. La controversia hesicasta que ocupó el mundo bizantino del siglo XIV giraba alrededor de tres puntos: la posibilidad de conocer a Dios directamente, el método de la oración hesicasta y la naturaleza de la luz tabórica en tanto que energía increada. San Gregorio Palamas no hace aquí más que sistematizar la teología de los Padres, aportando presiciones, clarificaciones, mas no ha inventado nada nuevo. La teología del movimiento hesicasta es una teología de la comunión con la vida divina, de la deificación.

Dicha polémica y dicha teología ha sido bien estudiada en el siglo veinte, gracias a los trabajos del arzobispo Basilio Krevochin, del archimandrita Cipriano Kern, de la obra magistral del Padre John Meyendorff, y del trabajo de edición llevado a cabo por Panagiotis Christou. Sin embargo, se reduce a veces la tradición hesicasta a la práctica de la oración de Jesús, olvidando la importancia acordada por los hesicastas a la tradición litúrgica. Nos quedamos a veces con la impresión que los monjes hesicastas practicaban una oración solitaria y dejaban de lado la oración litúrgica, comunitaria.

Ahora bien, está comprobado que los monjes hesicastas fueron el origen de una verdadera reforma litúrgica que fue determinante en el mundo bizantino-eslavo de fines del siglo XIV. Debido a la decadencia de Studion y la ocupación latina de 1204, la Iglesia bizantina adoptó el Typikon (Ordo) de la Laura de San Sabas por intermedio del Athos.

Es, en efecto, en el Athos que el futuro patriarca de Constantinopla y biógrafo de San Gregorio Palamás, Filoteo Kokkinos, entonces higúmeno de la Gran Laura, redactó su Diataxis, codificando las rúbricas de Vísperas, Maitines y de la Divina Liturgia según los usos sabaítas en uso entonces en el Athos. Elaboró así la sistematización de la práctica litúrgica del mundo bizantino-eslavo sobre el modelo athonita. Su reforma fue difundida por los hesicastas, que tomaron el control del patriarcado ecuménico y de las grandes metropolías eslavas. Es así que el metropolita Cipriano de Kiev, hesicasta y discípulo de Filoteo, trabajó por la difusión del Typikon sabaíta en su metropolía. Vemos pues que el movimiento hesicasta no está solamente en el origen de una síntesis doctrinal, sino también de una síntesis litúrgica que marcó, por así decir, el fin del desarrollo del rito bizantino. Y dicha síntesis litúrgica se fundó sobre una teología de la que nos proponemos esbozar ahora los fundamentos.

Sabemos que la teología hesicasta hizo suyo el antiguo adagio patrístico que san Ireneo formula de esta manera: “El Verbo de Dios se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del Hombre: para que el hombre, uniéndose al Verbo y recibiendo así la filiación adoptiva, llegue a ser hijo de Dios” (2). San Atanasio de Alejandría se hace, a su vez, el portavoz de esta teología de la divinización, resumiendo así todo su tratado de la Encarnación: “[Dios] se hizo hombre para que nosotros lleguemos a ser Dios” (3).

El tema patrístico de la deificación o de la divinización (θέωσις) ha tenido particularmente un puesto de honor a partir del siglo VI en la tradición dionisiana. En efecto, para el escritor bajo el seudónimo de Dionisio el Areopagita, la salvación (σωτηρία) “no es posible más que por la deificación de aquellos que son salvados (θεουμένων τών σωζομένων). Y la divinización (θέωσις), es asemejarse a Dios y unirnos a Él tanto como podemos” (4). Reflexionando sobre la jerarquía eclesiástica como modo de transmisión de las energías divinas, Dionisio estima que la edificación es realiza por los sacramentos de la Iglesia, de los cuales hace un comentario en uno de sus tratados: “es por medio de los símbolos sensibles (αισσθητών συμβòλων) que nos elevamos tanto como podemos hasta las contemplaciones divinas” (5).

Es sobre este mismo plano de la deificación o divinización (θέωσις) que los hesicastas, heredando dicha tradición dionisiana, colocarán, en el siglo XIV, el misterio de la salvación del hombre. San Gregorio Palamás se hace eco de San Ireneo y San Atanasio cuando afirma: “Habiendo devenido hijo del hombre y asumido la mortalidad, transformó a los hombres en hijos de Dios, habiéndolos hecho comulgar con la divina inmortalidad (κοινωνοùς ποιήσας της θείας θανασίας)” (6). Así, la salvación se hace en la perspectiva dinámica de la unión del hombre con Dios, unión que no llega a ser posible más que a partir del momento en que Dios se encarnó.

Los hesicastas, de los cuales San Gregorio Palamás se presenta como el gran doctor, insisten sobre el hecho que la oración y los sacramentos de la Iglesia son los dos medios de los cuales el hombre dispone para realizar su unión con Dios. “Ahora bien, uno se une a Él, nos dice San Gregorio Palamás, tanto como es posible, compartiendo con Él virtudes semejantes, y la súplica y la unión en la oración a Dios” (7). Con respecto a los sacramentos, San Gregorio Palamás escribe: “Concede una redención perfecta, no solamente en la naturaleza que nos tomó prestada en una unión indefectible, sino en cada uno de aquellos que creen en Él... Con este propósito instituyó el divino bautismo, determinó las leyes conducentes a la salvación, predicó a todos la penitencia y comunicó su propio Cuerpo y su propia Sangre; no es simplemente la naturaleza, sino la hypostasis de cada creyente la que recibe el bautismo, vive siguiendo los mandamientos y comulga el Pan deificante y el Cáliz” (8). De ahí, parece ser que para caracterizar la teología litúrgica de los hesicastas, es conveniente enfocarse sobre la oración, las vísperas, el ayuno y la eucaristía, que para la antigua tradición monástica, eran los medios aptos para el encuentro del hombre con Dios.


Oración y deificación.

La oración, nos dice Evagrio, “es la conversación del espíritu con Dios” (9). Para san Juan Clímaco, “la oración es, en cuanto a su naturaleza, la conversación y la unión del hombre con Dios, y en cuanto a su eficacia, la conversión del mundo y su reconciliación con Dios, la madre lo mismo que la hija de las lágrimas, la propiciación por los pecados, un puente elevado por encima de las tentaciones, una muralla contra las tribulaciones, la extinción de las guerras, la obra de los ángeles, el alimento de todos los seres incorporales, la alegría futura, la actividad que no cesa jamás, la fuente de las gracias, la proveedora de carismas, un progreso invisible, el alimento del alma, la iluminación del espíritu...” (10).

En este sentido, para los hesicastas, la oración permite al espíritu (nous) humano unirse al Espíritu Santo y así, ella se vuelve un vehículo para la deificación. San Gregorio Palamás escribe: “Ahora bien, uno se une a Él, tanto como es posible, compartiendo con Él virtudes semejantes, y la súplica y la unión en la oración a Dios” (11).

A la pregunta ¿qué es la oración?, san Gregorio el Sinaíta responde de diversas maneras. “¿Y por qué hablar de la duración?, dice. La oración es Dios que obra todo en todos los hombres” (12). “Nadie puede dominar su intelecto salvo si es dominado por el Espíritu Santo” (13). “La oración es la manifestación del bautismo” (βαπτίσματος φανέρωσις) (14). Como comenta el obispo Kallistos de Diokleia, “rezar es pasar del estado de gracia bautismal presente en nuestros corazones secreta e inconscientemente, a un punto de plena percepción y consciencia lúcida cuando experimentamos la acción de la gracia directa e inmediatamente” (15).


La universalidad de la oración.

La oración es, por consiguiente, el aspecto fundamental de la vida cristiana, de la cual la vida monástica no es más que un paradigma. Para San Gregorio Palamás, la exhortación de San Pablo —“Orad sin cesar” (1 Th 5, 17)— debe ser aplicada a todos los cristianos sin ninguna excepción. Por consiguiente, la oración se dirige a los monjes y a los que viven en el mundo a la vez. El patriarca Filoteo (Kokkinos) cuenta en la Vida de San Gregorio Palamás la conversación que este último tuvo con uno de sus amigos llamado Job:

“Un día que el santo estaba en conversación con él, le habló de la oración, diciéndole que todo cristiano debía simplemente esforzarse en orar siempre, y orar continuamente, como lo ordena el Apóstol Pablo a todos: ‘Orad continuamente’, y como lo dice David, aunque fuera rey y tuviera todas las preocupaciones de su reino: ‘Tengo siempre al Señor delante de mí’, es decir, por la oración, en mi inteligencia, veo siempre al Señor ante mí. Lo mismo, Gregorio el Teólogo enseña a todos los cristianos que necesitamos, en la oración, recordar el nombre de Jesús con más frecuencia que con la que respiramos. El santo decía, pues, estas cosas, y otras aún, a su amigo Job. Y añadía que teníamos que obedecer las recomendaciones de los santos, y que no solamente debemos orar nosotros mismos continuamente, sino también enseñar a otros, monjes y laicos, sabios e ignorantes, a los hombres como a las mujeres y los niños, y exhortarlos a orar siempre. La cosa pareció nueva al anciano Job, y se puso a contestarle. Dijo al santo que la oración continua concierne solamente a los ascetas y los monjes que viven fuera del mundo y sus distracciones, mas que es imposible que oren siempre aquellos que están en el mundo y tienen tanto preocupaciones y trabajos. El santo le dio aún otros testimonios, otras pruebas irrefutables [...] ¿Mas qué dicen los hombres que viven en el mundo? ‘Estamos en medio de tantos negocios y preocupaciones. ¿Cómo es posible orar continuamente?' Yo les respondo: ‘Dios no nos pide lo imposible. Él no nos ha ordenado más que aquello que estaba en nuestro poder hacer. Todo hombre que, tomándose la molestia, busca la salvación de su alma, es capaz de llegar a la oración continua. Pues si la cosa fuera imposible, lo sería para todos los laicos, y no se encontraría tantos hombres en el mundo para lograr ello'” (16).

Afirmando el principio de la universalidad de la oración, los hesicastas no concebían dos cánones o reglas de oración, dos typika litúrgicos —uno secular y el otro monástico, sino uno solo, pues la oración es universal: ella forma parte de la vida de todos los cristianos, laicos o monjes.


Oración y salmodia.

La tradición dionisiana, retomada por San Máximo el Confesor y la tradición monástica, distingue tres grados de la vida espiritual (purificación, iluminación y perfección), que reflejan los tres grados de la oración en Evagrio: la praktike, que refleja el comienzo del combate espiritual, combate que se focaliza sobre las pasiones, lleva a la physike, un grado más espiritual donde el hombre combate sus pensamientos. El tercer grado es la theologia —un grado de conocimiento verdadero de Dios que se conjuga con la oración pura. Marcos el Monje, cuyos escritos eran apreciados por los hesicastas athonitas, heredó también esta subdivisión cuando clasifica a los cristianos en tres grupos: los principiantes, los progresantes y los perfectos (17).

Ahora bien, encontramos este enfoque en el maestro de hesicasmo athonita. En los capítulos 99 y 101 de sus sentencias recogidas en la Filocalia, san Gregorio el Sinaía describe el programa de la jornada de un keliota: “Aquel que busca la hesiquia debe tener por fundamento, ante todo, estas cinco virtudes sobre las cuales la obra se edifica: el silencio, la templanza, la vigilia, la humildad y la paciencia; después las tres obras que agradan a Dios: la salmodia, la oración, la lectura, y también el trabajo manual si se es débil” (18).

Aparece en este pasaje una distinción entre la oración y la salmodia que puede ser identificada con el oficio de las horas. Tal distinción no es nueva, ya que la encontramos en la tradición patrística. San Juan Clímaco las distingue, en efecto, cuando escribe: “Consagra la mayor parte de la noche a la oración, y menor parte a la salmodia. Y durante el día, arréglate nuevamente según tu fuerza” (19). Comentando este pasaje de la Escala, san Gregorio el Sinaíta explica que la salmodia es una primera etapa que nos lleva hacia la oración pura: “Salmodiar mucho es propio de monjes activos, que hacen así para comprender lo que cantan y para mortificarse. Mas los hesicastas se placen en orar a Dios con su corazón, deshaciéndose de los pensamientos” (20). No hay que concluir, sin embargo, como lo sugiere el Padre John Meyendorff, que Gregorio el Sinaíta haya pertenecido a una tendencia individualista del movimiento hesicasta, negando la oración comunitaria (21). San Gregorio el Sinaíta se hace eco aquí de San Juan Clímaco, considerando la oración como superior a la salmodia: “Aquel que vive en comunidad no puede sacar tanto provecho de la salmodia como de la oración; pues el rumor confuso de la voz distrae la atención de los salmos” (22).

San Juan Clímaco, sin embargo, no niega de ningún modo la importancia de la salmodia que él considera como un medio para llegar a un grado superior de oración que va a la par con la impasibilidad. Escribe: “Un excelente caballo, a medida que avanza, se acalora y se anima cada vez más en su carrera. Por su carrera, entiendo la salmodia; y por el caballo, un intelecto audaz. Él huele de lejos la batalla (Job 39, 25), se mantiene listo y permanece enteramente invencible” (23). Parece así que la salmodia no es más que un aspecto exterior de la oración, un medio que permite llegar a la oración pura. Es en este sentido que la salmodia conviene, pues, a todos: “Es posible rezar en medio de un gran número (de hermanos). Muchos se adaptan bien en hacerlo con un solo compañero animado del mismo espíritu. La oración solitaria no conviene más que a un pequeño número” (24).

De ahí es interesante recordar la regla de la Laura de san Sabas que exigía a los novicios aprender el Salterio y conocer el famoso “canon de salmodia” de memoria antes de abandonar el cenobio para vivir como anacoreta. Cirilo de Scythopolis, en la Vida de San Sabas nos informa que los novicios aprendían tal regla de memoria, lo mismo que el Salterio, durante su entrada al monasterio: “Cuando recibía seglares deseosos de hacer su renuncia, no les dejaba habitar en el Castellion ni en una celda de la laura, sino había establecido un pequeño cenobio al norte de la laura y allí había instalado hombres endurecidos por la ascesis y vigilantes; allí él hacía habitar a los renunciantes hasta que hayan aprendido el Salterio y el oficio canónico y hayan sido formados en la disciplina monástica” (25). Dicha tradición del monaquismo palestinense ha sido luego transplantada al Athos con la emigración de monjes de Palestina a la Santa Montaña y es reencontrada así en los medios hesicastas.

San Gregorio el Sinaíta habla claramente de la organización de la jornada del monje hesicasta: “En la primera hora, desde la aurora, consagrarse a recordar a Dios por la oración y la hesiquia del corazón, y orar continuamente; en la segunda hora; leer; a la tercera, salmodiar; a la cuarta, rezar; a la quinta, leer; a la sexta, salmodiar; a la séptima, rezar; a la octava, leer; a la novena, salmodiar; a la décima, comer; a la undécima, dormir si es necesario; a la duodécima, salmodiar las vísperas. Pasar bien así el estadio del día agrada a Dios [...] Es fácil, si se quiere, pasar también el tiempo de la noche. Escucha. La vigilia nocturna tiene tres modos: la de los novicios, la de los intermedios y la de los perfectos. El primer modo es este: dormir la mitad de la noche y velar la otra mitad; o bien después de la tarde hasta la medianoche, o de medianoche hasta el alba. El segundo modo es: velar desde la tarde una hora o dos, después dormir cuatro horas, y levantarse para los maitines, salmodiar y rezar seis horas hasta el alba. Salmodiar entonces la primera hora y entregarse a la hesiquia como se ha dicho. Y, o bien observar durante las horas la regla del trabajo, o bien vigilar firmemente la continuidad de la oración, que concede su condición a quien lleva esta vida. El tercer modo consiste en estar de pie y velar toda la noche” (26).

Podemos hacer aquí varias observaciones.

1) Ante todo, es notable que el programa que ha definido san Gregorio el Sinaíta nos recuerda los orígenes del Horologion palestinense. En efecto, sabemos que los diferentes oficios de las horas de la jornada, que constituyen nuestro Horologion, correspondían, de hecho, al canon de oración de las diferentes horas del día y de la noche. Los hesicastas del siglo XIV dependían de la antigua tradición monástica de Palestina, donde el famoso “canon de salmodia” estaba en el origen del Horologion palestinense. Así, el oficio divino daba ritmo a la oración continua de los monjes en las diferentes horas del día y de la noche, y en la percepción de los hesicastas, debía también dar ritmo, en la medida de lo posible, a la oración de todos los cristianos. No es pues sorprendente que el metropolita Cipriano emprendiera su reforma editando un Salterio estructurado, compuesto de un Salterio y un Horologion, reflejando los usos neo-sabaítas y pudiendo servir a la vez a los keliotas, a los monjes cenobitas y a las iglesias parroquiales.

2) En segundo lugar, aparece aquí claramente que los hesicastas no estaban dispensados de recitar el oficio divino (27). Por otra parte, es interesante cotejar esta enseñanza de san Gregorio el Sinaíta con un pasaje de una carta del patriarca Eutimio de Trnovo al monje Cipriano: “No descuides de ningún modo el canto matinal y las horas, las vísperas lo mismo que las completas, y con estas últimas, el oficio de medianoche, ya que son las armas poderosas del alma contra los enemigos” (28).

Otros hesicastas, como los patriarcas Calixto e Ignacio Janthopulos, testimonian una tradición común a aquella de San Gregorio el Sinaíta. Insisten igualmente, al igual que el patriarca Eutimio, sobre la recitación, en la celda, del oficio de medianoche, del hexasalmo, del salmo 50, del canon del Orthros, de la himnografía, de la doxología, de la hora prima y de otros oficios de las horas, además de la oración de Jesús.

“Desde la puesta del sol, luego de haber invocado la ayuda del Señor infinitamente bueno y todopoderoso, siéntate sobre tu cama en tu celda tranquila y oscura. Recoge tu inteligencia fuera de su remolino y vagabundeo habituales en el exterior. Exhala dulcemente dentro del corazón por la inspiración. Y mantén en él la oración: ‘Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí’ [...] Luego levántate, canta con atención las pequeñas completas. Nuevamente siéntate, mantén la oración tanto como puedas en la pureza, en la calma [...] Duerme cinco o seis horas. O mejor dicho, durante el tiempo de la noche, ten el sueño que te plazca. Cuando te despiertes, glorifica a Dios, invoca en seguido a tu auxilio, y comienza por la primera obra: reza con el corazón tranquilamente, con total pureza, durante una hora. Es este el momento donde la inteligencia está naturalmente más serena, más apacible [...] Después de esto, canta el oficio de medianoche. Si a la sazón no puedes ofrecer las primicias porque no estás bastante firme para alcanzar una hesiquia más perfecta, o por cualquier otra causa, como esta llega a menudo habitualmente a aquellos que hacen sus primeros pasos en una obra semejante, e incluso también, más raramente, a aquellos que están ya más avanzados mas no han aún alcanzado la perfección (ya que los perfectos pueden todo en Cristo que les da la fuerza), en tal caso, pues, levántate, salte del sueño, desvélate tanto como puedas, y comienza a cantar el oficio de medianoche con toda atención y toda conciencia. Luego siéntate, reza con tu corazón, puro, recogido, como ya se ha enseñado, durante una hora, y más si el Dispensador de bienes te lo concede [...] Después levántate, canta con toda conciencia el hexasalmo, el salmo cincuenta y el canon según tu agrado. Levántate nuevamente, permanece despierto, reza con total pureza durante una media hora. Y levántate para cantar los himnos, la doxología habitual, la primera hora, y luego de esto la despedida [...] Después del alba hasta la comida, tanto como puedas, conságrate totalmente a Dios. En tu corazón vencido rézale que venga en ayuda de tu debilidad, de tu negligencia, de tu irresolución. Pasa tu tiempo en la oración del corazón, en la oración pura, recogido, y en la lectura, leyendo de pie los pasajes del Salterio, de las Epístolas y del santo Evangelio que te son prescriptos, consagrándote lo mismo a las oraciones de Nuestro Señor Jesucristo y de la Purísima Madre de Dios; luego sentado, a otras lecturas de las Escrituras Santas. Luego de esto, canta con toda inteligencia las horas habituales, que han muy sabiamente ordenado aquellos que alimentaron a la Iglesia. Después de haber cenado, como debe hacer aquel que combate, así como lo ordena el glorioso Pablo cuando dice que aquel que lleva la lucha debe atemperarse en todo (1 Cor. 9, 25), siéntate y haz una lectura, consecuentemente, sobre todo de los Padres consagrados a la sobriedad y la vigilancia. Duerme a continuación una hora, si los días son largos. Luego levántate, trabaja un poco con las manos, guardando la oración. Después de esto, reza, como se ha enseñado, lee, medita, vela para humillarte, hasta considerarte por debajo de todos los hombres [...] Siéntate, reza en la pureza y el recogimiento, hasta que llegue la tarde. Canta igualmente entonces las vísperas ordinarias, y retírate” (29).

Esta enseñanza de san Gregorio el Sinaíta, de los patriarcas Calixto e Ignacio Janthopulos y de la carta de Eutimio a Cipriano, nos muestra que los hesicastas no se concentraban únicamente sobre la oración de Jesús, sino que tenían en muy alta estima el oficio divino de las horas. La oración personal está íntimamente ligada a la oración de la Iglesia. Es así que los diferentes oficios de las horas, cuando no pueden ser celebradas en la iglesia, entran en la regla de la oración personal.


Vigilia y oración nocturna.

La regla de san Gregorio el Sinaíta demuestra igualmente que los hesicastas amaban la oración durante la noche. En efecto, para Gregorio el Sinaíta, el monje perfecto es aquel que no duerme en la noche sino que la pasa enteramente de pie en oración. La oración nocturna es una constante en toda la antigua tradición monástica, de la cual tenemos varios ejemplos. Los monjes, en efecto, consideraban la noche como un momento propicio a la oración, donde el hombre puede conversar a solas con Dios.

Por ejemplo, leemos en la Historia de los monjes de Egipto que San Antonio despertaba a su discípulo Pablo el sencillo en medio de la noche para pasar el resto de ella en oración, hasta la novena hora del día (30). Juan Casiano testimonia dicha antigua práctica en el monaquismo egipcio, que él vincula a la famosa regla de los doce salmos que fue revelada por un ángel a Pacomio (31).

Abba Isaías, que ha inspirado a san Juan Clímaco y a quien san Gregorio el Sinaíta tiene en alta estima, amaba la oración nocturna y es por ello que alienta a sus monjes de esta manera: “Haz tu vigilia con dignidad, y no prives tu cuerpo de aquello que tiene necesidad, sino cumple tus oficios con mesura y ciencia, por temor que, por el exceso de vigilia el alma se oscurezca y abandone el estado; mas la mitad de la noche basta para los oficios y la otra para el reposo del cuerpo; pasa dos horas antes de acostarte en orar y salmodiar, después acuéstate, y cuando el Señor te despierte, haz tu oficio con fervor” (32). El programa de san Gregorio el Sinaíta se inspira en el de san Juan Clímaco que escribía: “Consagra la mayor parte de la noche en la oración y una menor parte en la salmodia. Y durante el día, arréglate nuevamente según tu fuerza” (33).

Entendemos ahora el apego que tenían los hesicastas por la oración nocturna y más particularmente por el oficio de agripnia, de vigilia nocturna, propio del typicon sabaíta, y porqué la difusión de dicho oficio puramente monástico a toda la Iglesia fue un punto fundamental de su reforma litúrgica. Así, el oficio que en su origen había nacido, como sabemos, por razones prácticas —la imposibilidad de los monjes ermitaños de ir y volver de la iglesia del monasterio a su kelia— fue impuesto a los monasterios cenobíticos y a las iglesias parroquiales por una razón de teología litúrgica: el apego a la oración nocturna. Es así que tal oficio nocturno comunitario tenía, en la escuela de la oración, una función pedagógica de primer rango: la preparación en una oración nocturna personal. Sabemos, en efecto, que, lo mismo que hoy, los monjes athonitas consagran a la oración hesicasta en la celda una gran parte de la noche, que ellos consideran como su “agripnia personal”.


La práctica del ayuno.

Además de la importancia concedida a la oración y al canon de la salmodia, los hesicastas estimaban particularmente la práctica del ayuno. Para san Gregorio el Sinaíta, el ayuno era considerado como uno de los pilares, junto a la oración y la vigilia, de la vida del monje, y por consiguiente, de todo cristiano: “Hay que hablar igualmente del alimento. Una libra de pan basta a cualquiera que lleva el combate por la hesiquia. Beber dos copas de vino puro y tres de agua, comer los alimentos que se tienen, no aquellos que la naturaleza busca en su deseo, mas usar sobriamente de todo aquello que da la Providencia. Es una ciencia excelente y concisa para aquellos que quieren conducir rigurosamente su vida: observar las tres obras que contienen las virtudes —quiero decir el ayuno, la vigilia y la oración— y que aseguran a todos el sostén más sólido” (34).

En esta perspectiva, el ayuno es el sostén de la oración. San Juan Clímaco había ya destacado que no es más que por el ayuno que el cristiano puede progresar hacia la oración pura: “El intelecto de aquel que ayuna reza con sobriedad; mas el espíritu del intemperante es lleno de imágenes impuras” (35). Para este último, “el ayuno es una violencia hecha a la naturaleza, la amputación de lo que halaga al gusto, la extinción del fuego de la lujuria, la supresión de los malos pensamientos, la liberación de los sueños, la pureza de la oración, la luz del lama, la custodia del intelecto, la emancipación del endurecimiento, la puerta de la compunción, el humilde gemido, la contrición alegre, el adormecimiento de la locuacidad, la fuente de la hesyquia, el guardián de la obediencia, el alivio del sueño, la salud del cuerpo, el protector de la impasibilidad, la remisión de los pecados, la puerta del Paraíso y de sus delicias” (36).

Para los hesicastas, el ayuno es también considerado en la perspectiva existencial de la divinización. Marcos el Monje, un autor muy apreciado por los hesicastas, dejaba ya entrever esta vía: “Gracias a él [el verdadero conocimiento de Dios] debemos ayunar, velar y mortificarnos a fin que nuestro corazón y nuestras entrañas estén abiertas para acogerlo y no lo rechacen” (37). En cuanto a Diadoco de Fótice, evocaba también, mucho antes que los hesicastas, el ayuno como instrumento que nos lleva hacia el objetico de nuestra vida que es la divinización: “El ayuno conlleva una vanagloria en consideración de sí mismo, más no ante Dios; pues es una suerte de instrumento que eleva a la templanza a aquellos que lo desean. Los atletas de la devoción no deben, por consiguiente, envanecerse; que esperen solamente, con la fe en Dios, de haber alcanzado el objetivo que nos proponemos” (38).

Es así que notamos que la práctica del ayuno, en la antigua tradición monástica, daba ritmo a la espera del encuentro del hombre con Dios. El patriarca Eutimio de Trnovo, en su carta al monje Cipriano, escribe: “la hesiquia y el ayuno son dos cónyuges espirituales, una escalera dirigiéndose a los cielos, el camino que conduce sin extravío hacia Dios; dos cadenas bien unidas; la hesiquia y el ayuno son dos intercesores de la pureza, los maestros de la castidad; un arma invencible contra los enemigos, una columna inquebrantable frente al enemigo; aquellos que de todo corazón permanecen en ellos fluyen por buenos torrentes: marchan por el camino real, aplastan las pasiones, elevan el alma hacia las alturas, son admirables frente a todos, accesibles a todos, bellos a los ojos de todos, pues habiendo amado al Señor y Rey de todos con toda su alma, son bien amados por Él” (39).

Los patriarcas hesicastas Calixto e Ignacio Janthopulos, en su centuria espiritual recogida en la Filocalia, describen así la regla del ayuno de los monjes hesicastas: “Tres días de la semana —lunes, miércoles y viernes— come a la novena hora; no comas más que una vez por día. Aliméntate de seis onzas de pan, de alimentos secos, con templanza. Toma aquello que te baste. Y bebe tres o cuatro copas de agua, a tu gusto. [...] Los otros dos días —martes y jueves— come dos veces [...] Mas si, durante estos dos días, prefieres conformarte con una sola comida, harás muy bien. Pues las primicias, la madre, la fuente, la raíz, la fuente, el fundamento de todos los bienes son el ayuno y la templanza” (40).

Nuestros dos autores llegan a citar un pasaje de san Isaac el Sirio donde este último no hace más que señalar los beneficios del ayuno en cuanto a la templanza, mas insiste también sobre el vínculo entre la oración, la vigilia y el ayuno, tres acciones que, según san Gregorio el Sinaíta, sostienen todas las virtudes: “San Isaac dice así: ‘El esfuerzo de la vigilia y del ayuno es el comienzo de todo combate contra el pecado y la codicia, sobre todo para aquel que enfrenta al pecado que está en el interior de nosotros. Aquellos que se esfuerzan en llevar dicho combate invisible ven aquí el signo de que odian el pecado y su codicia. Casi todos los ataques de las pasiones comienzan a disminuir en cuanto se ayuna. Y luego del ayuno, la vigilia de la noche contribuye a la ascesis. El que, durante toda su vida, gusta de unir en él el ayuno y la vigilia, ese es amigo de la castidad. Lo mismo que la saciedad de vientre y la suavidad del sueño, que encienden el deseo de la prostitución, son el comienzo de todos los males, lo mismo la santa vía divina, fundamento de toda virtud, es el ayuno unido a la vigilia y a la vigilancia en la liturgia de Dios’” (41).

Ignacio y Calixto concluyen así sus capítulos sobre el ayuno: “Del mismo modo, todos los domingos, como los sábados, come dos veces en el día [...] Sobre la comida que debes tomar, como sobre la vida que debes llevar durante la santa cuaresma, pensamos que es superficial darte una explicación detallada y particular. Ya que debes hacer durante la santa cuaresma, salvo los sábados y los domingos, lo que te es ordenado los días donde comes en la novena hora. Si puedes, sé aún más riguroso y más sobrio durante la santa y gran cuaresma, pues ella ofrece el diezmo completo del año y da, en el día del Señor, día divino y luminoso de la Resurrección, las recompensas de los combates a aquellos que logran vencer en Jesucristo” (42).

Como constatamos, el ayuno entra, por una parte, en la teología litúrgica de los hesicastas, en a perspectiva salvífica de la divinización. En nuestro avance hacia Dios, el ayuno nos permite, en efecto, vencer las pasiones, y nos sirve de apoyo en la oración. Mas por otra parte, los hesicastas heredan, en cuanto a la práctica del ayuno, toda la tradición de los Padres ascetas.


Ayuno y eucaristía.

El ayuno, en la teología litúrgica de los hesicastas, no es un puro ejercicio ascético. Es por la eucaristía que es roto el ayuno, y no es sino después de la Eucaristía que los monjes se vuelven al refectorio. Es por tal razón que los días de ayuno estricto, como los miércoles y viernes de la Santa Cuaresma, la Eucaristía es aplazada hasta luego de la hora novena, después de vísperas, para justamente prolongar el tiempo de ayuno durante la jornada. No es hasta después de la celebración vespertina de la Eucaristía que es tomada la única comida del día. Como lo dice muy bien el Padre Alexander Schmemann, “si intentamos descifrar dichas prescripciones prosaicas del Typicon, que a primera vista no son más que vestigios anacrónicos de una regla monástica anticuada, encontramos toda una teología del ayuno y de su relación con la Eucaristía. Tras estas reglamentaciones, que parecen a menudo completamente exteriores, fútiles, casi absurdas, —y ellas lo son verdaderamente, desvinculadas de su sentido espiritual—, aparece una comprensión profunda de la vida humana en relación con Cristo y la Iglesia” (43).

Es este mismo autor, que puede ser quien más ha reflexionado sobre el sentido de la liturgia bizantina en el siglo XX y defendido en la Iglesia Ortodoxa el principio de la teología litúrgica, ha aportado una distinción importante entre el “ayuno-ascesis” y el “ayuno eucarístico” (44). Como escribe y explica mejor que cualquier otro autor: “El ayuno adquiere un sentido ‘cristocéntrico’: no tiene sentido más que por relación al Mesías; el ayuno es el signo de la ausencia del esposo: es imposible en su presencia [Mc 2,18 ; Lc 5,33-35 ; Mt 9,14-16]. [...] Ahora bien, en la tipología bíblica, este Reino se presenta siempre como un banquete, como una ruptura del ayuno (Is. 26, 6) [...] Por un lado, la misma Iglesia es el comienzo, la anticipación ‘esjatológica’ del Reino; el Esposo está allí presente y su presencia es manifestada en la fracción del pan — κλάσις τοϋ άρτου— en el banquete eucarístico, que es la anticipación sacramental del banquete mesiánico. [...] Dicha idea esencial nos da la clave de las indicaciones ‘técnicas’ del Typicon, las llena de una signifcación espiritual. Ellas fluyen del principio de que la Eucaristía no es compatible con el ayuno, no puede y no debe jamás ser celebrada un día de ayuno. Siendo el sacramento de la presencia del Esposo, la Eucaristía es la fiesta por excelencia del Esposo, la Eucaristía es la fiesta por excelencia de la Iglesia, la Iglesia en tanto que fiesta, y por consecuencia medida y contenido de todas las fiestas” (45).


La comunión frecuente.

Sería erróneo considerar que es gracias a la renovación hesicasta del siglo XVIII que los ortodoxos tomaron poco a poco conciencia de la importancia de la comunión frecuente (46). Tomando la defensa de dicha práctica en su tratado (47), san Nicodemo el Hagiorita no hace más que recordar una antigua práctica que era cara a los monjes hesicastas de la Santa Montaña.

El obispo Kallistos de Diokleia se preguntó en qué frecuencia los hesicastas recibían la Eucaristía, habida cuenta del hecho que san Gregorio el Sinaíta hace raramente referencia en sus escritos. Mas eso no quiere decir necesariamente que éstos comulgaran raramente. Hay que recordar que, viviendo en reclusión, el hesicasta no volvía al monasterio más cercano más que para los domingos y las fiestas, y reservaba para dicha ocasión la comunión. Los hesicastas que vivían muy lejos de un monasterio debían esperar el paso de un sacerdote (48).

Es interesante de notar que la famosa carta de Eutimio al monje Cipriano, evoca el problema de la comunión eucarística en ausencia de sacerdote, entre los monjes keliotas. Una de las cuestiones planteadas en dicha carta concierne a la antigua práctica palestinense de guardar una reserva eucarística en las kelia de los monjes no ordenados y la posibilidad de administrarse la comunión. Tal práctica antigua estuvo en el origen del oficio de Típicos del Horologio palestinense. Eutimio escribe sobre este tema que el monje con buena salud se supone que se dirige al catholicon para la Divina Liturgia y en ella comulgar. “Es por ello que no conviene a nadie descuidar las santas synaxis, estando sano y fuerte de espíritu, ni al mismo sacerdote de Dios, sino llegar con humildad y deleitarse con los temibles e inmortales misterios” (49). Si alguno, habiendo pecado, se encuentra bajo una epitimia, no puede administrarse a sí mismo la comunión más que en caso de grave enfermedad: “si tiene alguna necesidad, estando en el desierto y bajo una interdicción, a causa de algún pecado, y se ve afligido de una enfermedad muy grave, hallándose cercano a las puertas de la muerte, y no se encuentra un sacerdote o diácono, conviene que se administre a sí mismo la comunión” (50). Los monjes que no están bajo epitimia y que se encuentran alejados de un monasterio, pueden, por lo tanto, administrarse a sí mismos la comunión. El patriarca Eutimio les prescribe la siguiente regla que nos recuerda un poco al oficio de típicos en su origen: “Aquellos que no están bajo una interdicción, teniendo la libertad de su padre espiritual y habitando los desiertos alejados, tienen el poder de administrarse a sí mismos la comunión cuando lo deseen. Es conveniente observar, en la comunión, el siguiente modelo con exactitud: uno debe abstenerse, luego de la vigilia, de todo mal pensamiento y pasar así la noche con toda vigilancia y muchas genuflexiones; llegando el día, habiendo pasado la tercera o la sexta o la novena hora, cambiarse las propias vestimentas, y así, encender el incensario y la lámpara delante del iconostasio, e incensar con piedad. Y entonces comenzar el versículo habitual, es decir: ‘Por las oraciones de nuestros santos Padres, Señor Jesucristo, Dios nuestro, ten piedad de nosotros’, después el Trisagion, Trinidad santísima, el Padre Nuestro, luego el salmo 50, ‘Creo en un solo Dios’ hasta el final, después ‘A tu mística Cena’, —todas las oraciones de la santa comunión, si se llega, son leídas antes de todas las otras— y entonces uno se administra la comunión de los divinos y temibles misterios, pero con una fe tal, como si se comiera el mismo Cuerpo del Señor y la Sangre y el agua que había brotado del costado del mismo Cristo, como si se bebiera brotando entonces del costado mismo del Salvador” (51).

Vemos pues a partir de esta carta de Eutimio de Trnovo que los hesicastas consideraban que los keliotas aislados podían, por lo tanto, administrarse a sí mismos la comunión, como lo hacían antiguamente los keliotas sabaítas, habiendo forjado nuestro oficio actual de típicos (52). La Eucaristía era, pues, a sus ojos, el punto culminante de toda su vida ascética, de su oración, de su vigilia, de su ayuno.

Los patriarcas hesicastas Calixto e Ignacio Janthopulos manifiestan igualmente una espirtualidad y una teología que otorga una grandísima importancia a la Eucaristía como fundamento de la divinización del cristiano: “Nada coadyuva y contribuye en nosotros a la purificación del alma, a la iluminación de la inteligencia, a la santificación del cuerpo, a la transfiguración de lo uno y de lo otro en lo divino, a la inmortalidad y, por supuesto, al rechazo de las pasiones y los demonios, o más exactamente a la unión, al encuentro divino y sobrenatural que nos obra con Dios, como recibir con un corazón puro y dispuesto la continua comunión de los Santos Misterios Inmortales, que nada mancha y que da la vida, queremos decir, del precioso Cuerpo y la preciosa Sangre de Nuestro Señor, de nuestro Dios, de nuestro salvador Jesús” (53).

Por este hecho, incitan a sus monjes a comulgar frecuentemente, refiriéndose a la enseñanza de San Basilio el Grande (54) y a la tradición de los monjes de Egipto (55): “Lo mismo el gran Basilio escribe en su carta a Cesaría, la patricia: ‘Es bueno y útil comulgar cada día y participar del Santo Cuerpo y la Santa Sangre de Cristo, puesto que Él mismo ha dicho claramente: ‘El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna’ (Jn 6, 54). ¿Quién duda, en efecto, que participar continuamente en la vida no sea otra cosa más que vivir plenamente? Nosotros, sin embargo, comulgamos cuatro veces por semana: el domingo, el miércoles, el viernes y el sábado, y también los otros días, si hay memoria de algún santo’. Son estos días, pienso, donde celebraba al santo. Pues no podía celebrar todos los días, acaparado como estaba por tantos otros cuidados. San Apolo (Apolonio) dice igualmente que el monje, si puede, debe comulgar cada día los sacramentos de Cristo. El que se aleja de ellos, se aleja de Dios. Más aquel que no cesa de comulgar, recibe siempre la carne de Cristo. Pues la voz saludable dice: ‘El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él’ (Jn 6, 56). Es allí, pues, que encuentran su bien los monjes que hacen continuamente memoria de la Pasión del Salvador. Cada día el monje debe estar preparado, y volverse tal que sea siempre digno de recibir el Santo Sacramento. Es así como nos es dada la absolución de los pecados” (56).


Conclusión.

Para terminar, querríamos insistir sobre el hecho de que las reformas litúrgicas emprendidas bajo la acción directa de los hesicastas en la segunda mitad del siglo XIV en el mundo bizantino-eslavo, y que han terminado la formación del rito bizantino, en vigor hasta nuestros días en la Iglesia Ortodoxa, reflejan toda una teología litúrgica, habiendo determinado la elección del typicon difuso.

El aspecto práctico del Horologion palestinense, pudiendo ser utilizado como regla de la salmodia en la celda, el oficio de la agripnia, propio del typikon sabaíta, las reglas del ayuno más rigurosas y en pleno acuerdo con la antigua tradición monástica, han hecho que el typicon sabaíta correspondiera más a la teología litúrgica del movimiento hesicasta. Es en este sentido que dicho typicon reflejaba a sus ojos la universalidad de la oración, puesto que responde a la vez a las exigencias de los monjes que viven en las comunidades del cenobio y de los monjes que viven en ermitas en los kelia, y puede ser igualmente ejecutado mas fácilmente en las iglesias parroquiales que los oficios complejos del Typicon de la Gran Iglesia.

Así, la síntesis litúrgica operada por los hesicastas bizantinos ha hecho del Typicon sabaita un paradigma de la vida cristiana, regularizando la oración, la vigilia y el ayuno no solamente de los monjes sino también de los cristianos que viven en el mundo, recordando así su vocación común a comulgar en la vida divina (2 P., 1, 4)



(1) BARLAAM EL CALABRÉS, Carta V a Ignacio. (Ed. G. SHIRO, Barlaam Calabro, Epistole Greche, Palerme, 1954, p. 323-324).

(2) IRENEO DE LYON, Contra las herejías, libro III, 19, 1 (SC 211, París, 1974, p. 374).

(3) ATANASIO DE ALEJANDRÍA, De la Encarnación del Verbo, 53 (SC 18, París, 1946 p. 312).

(4) PSEUDO-DIONISIO EL AREOPAGITA, De la jerarquía eclesiástica, PG 3, 376 A. Cf. Trad. francesa de M. de GANDILLAC, Œuvres completes du Pseudo-Denys l'Aréopagite, París, 1943, p. 248; texto griego y trad. rusa de G. M. PROJOROV: DIONISIJ AREOPAGIT, O cerkovnoj ierarxii. Poslaniå. San Petersburgo, 2001, págs. 18-21.

(5) PSEUDO-DIONISIO EL AREOPAGITA, De la jerarquía eclesiástica, PG 3, 373 B. Cf. Trad. francesa de M. de GANDILLAC, Œuvres complètes du Pseudo-Denys l'Aréopagite, París, 1943, p. 247; texto griego y trad. rusa de G. M. PROJOROV: DIONISIJ ARÉOPAGIT, O cerkovnoj ierarxii. Poslaniå. San Petersburgo, 2001, págs. 16-17.

(6) GREGORIO PALAMÁS, Homilía 16, Sobre la economía de Cristo, PG 151, 204 A. Citado según J. MEYENDORFF, Introduction à l'étude de Grégoire Palamas, París, 1959, p. 225.

(7) GREGORIO PALAMÁS, “Sobre la oración y la pureza del corazón”, 1, Filocalia, (trad. J. TOURAILLE), tomo 2, París, 1995, p. 480.

(8) GREGORIO PALAMÁS, Homilía 5, PG 151, 64 D. Citado según J. MEYENDORFF, Introduction à l'étude de Grégoire Palamas, París, 1959, p. 226.

(9) EVAGRIO (PSEUDO-NILO), De la oración, 3. PG 79, 1168 C-D.

(10) JUAN CLÍMACO, La Santa Escala, 28º peldaño, 1. PG 88, 1129 A-B (Trad. P. DESEILLE, SO 24, Bellefontaine, 1987, p. 290).

(11) GREGORIO PALAMÁS, “Sobre la oración y la pureza del corazón”, 1, Filocalia, (trad. J. TOURAILLE), tomo 2, París, 1995, p. 480.

(12) GREGORIO EL SINAÍTA, Capítulo 113 (PG 150, 1280 A).

(13) GREGORIO EL SINAÍTA, Quomodo oporteat sedere hesychastam, 3 (PG 150, 1332 A).

(14) GREGORIO EL SINAÍTA, Capítulo 113 (PG 150, 1277 D).

(15) KALLISTOS (Ware), “The Jesus Prayer in Saint Gregory of Sinai”, Eastern Churches Review 4:1 (1972), p. 9. Este aspecto de la enseñanza de San Gregorio el Sinaíta, que resume un punto esencial de la teología hesicasta proviene, de hecho, de la enseñanza de Marcos el Monje: “Pues la gracia ha sido dada secretamente a aquellos que han sido bautizados en Cristo; ella se muestra eficaz en proporción a la práctica de los mandamientos y no cesa de socorrernos en secreto [...] ella obra durante la lectura de la Escritura, asistiendo al pensamiento y enseñando al intelecto la verdad sobre sí misma a través de su actividad natural” MARCOS EL MONJE, Tratados espirituales y teológicos, II, 56. (Trad. C.-A. ZIRNHELD, SO 41, Bellefontaine, 1985, p. 47). Sobre este tema, cf. : KALLISTOS WARE, “The Sacrament of Baptism and the Ascetic Life in the Teaching of Mark the Monk”, Studia Patristica X (Texte und Untersuchungen 107, Berlín, 1970), págs. 445-447.

(16) De la vida de san Gregorio, arzobispo de Tesalónica. Filocalia, (trad. J. TOURAILLE), tomo 2, París, 1995, p. 831-832. Cf. FILOTEO DE CONSTANTINOPLA, Encomium S. Gregorii Thessalonicensis, PG 151, 573B-574B.

(17) MARCOS EL MONJE, Tratados espirituales y teológicos, III, 11. PG 65, 981 B. (Trad. C.-A. ZIRNHELD, SO 41, Bellefontaine, 1985, p. 83).

(18) Capítulos 99 y 101 (PG 150, 1272C-1273A). Traducción inglesa de E. KADLOUBOVSKY y G. E. H. PALMER, Writings from the Philokalia on Prayer of the Heart, Londres, 1951, p. 57-58. Traducción francesa de J. TOURAILLE en: Filocalia, vol. 2, París, 1995, p. 394-395.

(19) JUAN CLÍMACO, La Santa Escala, 27º peldaño, 92. PG 88, 1116 C (Trad. P. DESEILLE, SO 24, Bellefontaine, 1987, p. 287).

(20) GREGORIO EL SINAITA, “Como debe rezar cada uno”. Filocalia, (trad. J. TOURAILLE), tomo 2, París, 1995, p. 821.

(21) J. MEYENDORFF, Saint Grégoire Palamas et la mystique orthodoxe, París, 2002, p. 51.

(22) JUAN CLÍMACO, La Santa Escala, 4º peldaño, 100. PG 88, 713 D (Trad. P. DESEILLE, SO 24, Bellefontaine, 1987, p. 82).

(23) JUAN CLÍMACO, La Santa Escala, 28º peldaño, 50. PG 88, 1137 A-B (Trad. P. DESEILLE, SO 24, Bellefontaine, 1987, p. 297).

(24) JUAN CLÍMACO, La Santa Escala, 18º peldaño, 5. PG 88, 937 D (Trad. P. DESEILLE, SO 24, Bellefontaine, 1987, p. 186).

(25) CIRILO DE SCYTHOPOLIS, Vida de san Sabas, 28 [113,9] (Trad. A.-J. FESTUGIÈRE, Les moines d'Orient, III/2, París, 1962, p. 39).

(26) Capítulos 99 y 101 (PG 150, 1272 C-1273 A). Traducción inglesa de E. KADLOUBOVSKY y G. E. H. PALMER, Writings from the Philokalia on Prayer of the Heart, Londres, 1951, págs. 57-58. Traducción francesa de J. TOURAILLE en: Filocalia, vol. 2, París, 1995, p. 394-395.

(27) Archimandrita KALLISTOS (Ware), “Separated from all and united to all: The Hermit Life in the Christian East”, Solitude and Communion. Ponencias sobre la vida eremítica dadas en St. David (Gales), en otoño de 1975 (Ed. de A. M. Allchin). Oxford, s.a., p. 43.

(28) Arximandrit LEONID (Kavelin), “Kipriån do vosšestviå na moskovskuœ mitropoliœ”, HIOIDR, 1867, kn. II, h. 1, p. 15-16; = “Евфимия париарха търновьского послание к Киприаноу мнихоу, живоущему в свтеи горе афоньсцеи”, Priloženie k statæe V. KAHANOVSKOGO, “K voprosu o literaturnoj deåtelænosti bolgarskago patriarxa Evfimiå”, XH, 1882, h. II, p. 246.

(29) CALIXTO E IGNACIO JANTHOPULOS, “Centuria espiritual” 25-27, 37, Filocalia, (trad. J. TOURAILLE), tomo 2, París, 1995, p. 572-575, 584-585.

(30) Historia monachorum in Aegypto, 24. (Ed. A.-J. FESTUGIÈRE, Subsidia Hagiographica 34, Bruselas, 1961, p. 131-133).

(31) JUAN CASIANO, Instituciones cenobíticas 2, 4 (Trad. de J.-C. GUY, SC 109, París, 1965, p. 64-65).

(32) ABBA ISAÍAS, Textos ascéticos, logos 4 (= XI, 45-47). Trad. de Solesmes. SO 7, Bellefontaine, 1970, p. 61.

(33) JUAN CLÍMACO, La Santa Escala, 27º peldaño, 92. PG 88, 1116 C (Trad. P. DESEILLE, 24, Bellefontaine, 1987, p. 287).

(34) GREGORIO EL SINAÍTA, “Sentencias diversas”, capítulo 102 (PG 150, 1273 A),Filocalia, (trad. J. TOURAILLE), tomo 2, París, 1995, p. 395.

(35) JUAN CLÍMACO, La Santa Escala, 14º peldaño, 21. PG 88, 868 A (Trad. P. DESEILLE, SO 24, Bellefontaine, 1987, p. 154).

(36) JUAN CLÍMACO, La Santa Escala, 14º peldaño, 37. PG 88, 869 A-B (Trad. P. DESEILLE, SO 24, Bellefontaine, 1987, p. 156).

(37) MARCOS EL MONJE, Tratados espirituales y teológicos, VIII, 4. PG 65, 1108 D. (Trad. C.-A. ZIRNHELD, SO 41, Bellefontaine, 1985, p. 184).

(38) DIADOCO DE FÓTICE, Obras espirituales, “Cien capítulos gnósticos”, 47. (Trad. E. DES PLACES, SC 5ter, París, 1966, p. 112-113).

(39) “Евфимия париарха търновьского послание к Киприаноу мнихоу, живоущему в свтеи горе афоньсцеи”, XH, 1882, h. II, p. 240.

(40) CALIXTO E IGNACIO JANTHOPULOS, “Centuria espiritual” 32-33, Filocalia, (trad. J. TOURAILLE), tomo 2, París, 1995, p. 580-581.

(41) Cita de: ISAAC EL SIRIO, Obras espirituales, Discurso 85. (Trad. J. TOURAILLE, París, 1981, p. 423-424) en: CALIXTO E IGNACIO JANTHOPULOS, “Centuria espiritual” 33, Filocalia, (trad. J. TOURAILLE), tomo 2, París, 1995, p. 581.

(42) CALIXTO E IGNACIO JANTHOPULOS, “Centuria espiritual” 34-35, Filocalia, (trad. J. TOURAILLE), tomo 2, París, 1995, p. 583.

(43) A. SCHMEMANN, “Jeûne et Liturgie”, Irénikon 27 (1954), p. 293.

(44) Ibid., p. 298.

(45) Ibid., p. 294-295.

(46) Cf. J. VAN ROSSUM, “L’Eucharistie chez saint Grégoire Palamas: l'homélie sur les saints et redoutables mystères du Christ”, Contacts 202 (2003), p. 181.

(47) NICODEMO EL HAGIORITA, Libro muy útil sobre la comunión frecuente de los santos misterios del Señor. ***

(48) KALLISTOS (Ware), “The Jesus Prayer in Saint Gregory of Sinai”, Eastern Churches Review 4:1 (1972), p. 11.

(49) “Евфимия париарха търновьского послание к Киприаноу мнихоу, живоущему в свтеи горе афоньсцеи”, XH, 1882, h. II, p. 244.

(50) Ibid., p. 240.

(51) Ibid., p. 240.

(52) Cf. J. MATEOS, “Un horologion inédit de Saint-Sabas”, Studi e testi 233, Ciudad del Vaticano, 1964, págs. 54-55.

(53) CALIXTO E IGNACIO JANTHOPULOS, “Centuria espiritual” 91, Filocalia, tomo 2, París, 1995, p. 632.

(54) BASILIO EL GRANDE, Carta XCIII. (Ed. Y. COURTONNE, Cartas, I, París, 1957, p. 203-204).

(55) Historia monachorum in Aegypto VIII, 50, 56-57. (Ed. A.-J. FESTUGIÈRE, Subsidia Hagiographica 34, Bruselas, 1961, p. 66-69.

(56) CALIXTO E IGNACIO JANTHOPULOS, “Centuria espiritual” 92, Filocalia, tomo 2, París, 1995, p. 636.

Aparecido en “Христианская мысль”, Nº 3, 2006, págs. 18-27. Traducción del francés del Dr. Martín E. Peñalva.


La oración,
prenda de salud espiritual


Pavel Evdokimov







“Orad sin cesar” insiste san Pablo, ya que la oración es la fuente y la forma más íntima de nuestra vida espiritual. La vida de oración, su densidad, su profundidad, su ritmo, miden nuestra salud espiritual y nos revelan a nosotros mismos. Es a nivel de un espíritu recogido y silencioso que se coloca la verdadera oración y que el ser es misteriosamente visitado. “El amigo del Esposo permanece allí y lo oye”; lo esencial del estado de oración es justamente “permanecer allí”, percibir la presencia de Cristo.

En sus comienzos, la oración es agitada; el hombre vierte todo el contenido psíquico de su ser; pero en la oración, el parloteo disipa. Ahora bien, “basta con tener las manos elevada”, dice san Marcos [el Monje]. La oración dominical es breve. Un ermitaño comenzaba a la puesta del sol, y la terminaba diciendo “amén” a los primeros rayos del sol naciente. No se trata de discursos: los espirituales se contentaban con pronunciar el nombre de Jesús pero, en dicho nombre, contemplaban el Reino.

Una grave deformación hace de la oración la repetición mecánica de fórmulas. Ahora bien, según los maestros, no es suficiente poseer la oración, las reglas, el hábito; es necesario volverse oración, ser oración encarnada: hacer de la vida una liturgia, orar con las cosas más cotidianas, vivir la comunión incesante. Los espirituales citan la historia de un obrero curtidor que habla de las tres formas de oración: la petición, la ofrenda y la alabanza, y muestra cómo se vuelven el estado de oración y pueden santificar todos los instantes del tiempo, incluso para aquel que no dispone de él. A la mañana, urgido, este hombre muy simple presentaba a todos los habitantes de Alejandría ante el rostro de Dios diciendo: “Ten piedad de nosotros, pecadores”. En la jornada, durante su trabajo, su alma no cesaba de sentir que toda su obra era como una ofrenda: “A Tí, Señor”; y a la noche, con toda la alegría de encontrarse aún vivo, su alma no podía más que decir: “Gloria a Tí”. Es la concepción orante de la vida misma, donde el trabajo más modesto de un obrero o una ama de casa y la creación de un genio son realizados al mismo título de ofrenda ante el rostro de Dios, como una labor confiada por el Padre.

Según la Biblia, el nombre de Dios es una forma y un lugar de su presencia. La “oración de Jesús” o la “oración del corazón” libera sus espacios y atrae allí a Jesús por la invocación incesante: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador”. Esta oración evangélica del publicano contiene todo el mensaje bíblico: el Señorío de Jesús, su filiación divina, por consiguiente la confesión de la Trinidad, el abismo de la caída que invoca el abismo de la misericordia divina. Esta oración resuena sin cesar en el fondo del alma, toma el ritmo de la respiración, se adecua a ella, incluso durante el sueño: “Duermo, pero mi espíritu vela” (Ct 5, 2). Jesús atraído al corazón, es la liturgia interiorizada y el Reino en el alma apaciguada. El nombre colma al hombre como su templo, lo transmuta en lugar de la presencia divina.

La invocación del nombre de Jesús está al alcance de todo hombre y en todas las circunstancias de la vida. Ella pone el nombre como un sello divino sobre todo. San Juan Crisóstomo dice: “Que tu casa sea una iglesia; admira a tu Maestro; que los hijos se unan a ti en una oración común”. Dicha oración llevará ante el Padre las preocupaciones y los sufrimientos de todos los hombres, sus tristezas y alegrías. Cada instante de nuestro tiempo se refresca al contacto del fuego de los espíritus en oración.

En los hogares de los fieles, se ve siempre el icono situado en lo alto, y en el punto dominante de la oración, guía la mirada hacua el Altísimo y el único necesario. La contemplación orante atraviesa, por así decir, al icono, y no se detiene más que en el contenido vivo y presente que ella traduce. De una habitación neutra, hace una “iglesia doméstica”, de la vida de un fiel, una liturgia interiorizada y contínua. El visitante, entrando, se inclina ante del icono, recoge la mirada de Dios y a continuación saluda al señor de la casa. Se comienza por rendir honor a Dios y y los honores rendidos a los hombres vienen después. Lugar donde confluyen las miradas, no siendo jamás una decoración, el icono centra todo el interior sobre el resplandor del más allá que reina sin límites. La pequeña lámpara ante el icono traduce el movimiento del espíritu; ser un fuego siempre en oración y en presencia de lo invisible. Es la dimensión litúrgica de la vida espiritual.

La oración litúrgica.

La oración litúrgica introduce de entrada en la conciencia colegial, según el sentido del término liturgia, que significa obra común. Ella enseña la verdadera relación entre el yo y los demás, ayuda a desprendernos de nosotros mismos y a hacer nuestra la oración de la humanidad. Por ella, el destino de cada uno se nos hace presente. El pronombre litúrgico no está jamás en singular.

La liturgia filtra toda tendencia demasiado subjetiva, emocional y pasajera; plena de una emoción sana y de una vida afectiva potente, ofrece su forma acabada, vuelta perfecta a lo largo de los siglos y de generaciones que han rezado de la misma manera. Oigo la voz de san Juan Crisóstomo, de Basilio, de Simeón y de tantos otros; ellos han dejado la huella de su espíritu adorante y me asocian a su oración. Esta pone la medida y la regla, pero solicita también la oración espontánea, personal, donde el alma canta el habla libremente a su Señor.

¿Es necesario esperar el momento de inspiración, a riesgo de no encontrarlo jamás? La oración comporta siempre un aspecto de esfuerzo. “Cuando el hombre de pone a rezar, los obstáculos procuran impedírselo…; la oración exige una lucha, un combate”, dicen los maestros. Orígenes nota, a propósito de la oración, que la ascensión a una montaña elevada es fatigante. Los maestros aconsejan hacer “como si” la inspiración no hiciera falta, y el milagro de la gracia se opera.

Pero aún, “¿por qué rezar? ¿No sabe Dios lo que nos hace falta?”. Dios escucha nuestra oración, la rectifica y hace de ella un elemento que se añade a su decisión. La insistencia de la viuda del Evangelio arranca una respuesta y espresa el poder de la fe [cf. Lc. 18, 1-8]. Quizás el infierno depende también de la violencia de los santos, de la llama de su oración y que la salvación de todos, Dios también la espere de nuestra oración…

¿Tenemos tiempo suficiente para rezar? Mucho más del que nosotros pensamos. ¿Cuántos momentos de holgazanería y distracción pueden convertirse instantes de oración? Se puede ofrecer incluso la preocupación, si ella abre un diálogo con Dios, Se puede ofrecer incluso el agotamiento que impide rezar, y la misma imposibilidad de rezar. “La memoria de Dios, un suspiro, sin incluso haber formulado una sola palabra, es ya oración”, dice san Barsanufio. El staretz Ambrosio aconseja: “Todos los días, leed un capítulo de los Evangelios, y cuando os agarre la angustia, leed de nuevo hasta que pase; si ella vuelve, leed de nuevo el Evangelio”. Es el pasaje de “la palabra escrita a la palabra sustancial” (Nicodemo el Hagiorita) y dicho pasaje es decisivo para la vida espiritual. Se consuma eucarísticamente la palabra misteriosamente partida, dicen los Padres.


Extracto de La nouveauté de l’Esprit: Études de spiritualité. Bellefontaine, 1977. Traducción del francés del Dr. Martín E. Peñalva.

sábado, 13 de febrero de 2010



Breve vistazo
sobre la querella de las imágenes




Boris Bobrinskoy






Icono del Séptimo Concilio Ecuménico



1. El culto a las imágenes antes de la querella.

Desde los primeros siglos, los cristianos representaban gráficamente diversos temas del misterio de nuestra salvación. El arte de las catacumbas tiene un carácter simbólico o “significativo” (Weidlé), que describe la experiencia sacramental de la Iniciación cristiana y la Redención como, por ejemplo, el Buen Pastor, la paloma, el pez, la vid, la lira, el áncora, el arca, el barco y, sobre todo, la cruz. Los cristianos son llamados los “adoradores de la cruz” (Tertuliano).

En vísperas del periodo constantiniano, el Concilio de Elvira (300), en su canon 36, condena enérgicamente el empleo de imágenes en las iglesias, probablemente para no provocar las burlas y los ultrajes de los paganos, allí donde los lugares de culto no estaban a salvo durante las persecuciones.

Desde el triunfo del cristianismo bajo Constantino, se desarrolla la costumbre de representar a Cristo y los santos, y colocar estas imágenes en las iglesias. Ya san Basilio de Cesarea, en su panegírico del mártir Barlaam, exhortaba a los pintores cristianos a glorificar por sus obras a este gran santo: “Venid en mi ayuda, pintores célebres de heroicas hazañas. Realzad por vuestro arte la imagen imperfecta de este estratega; haced brillar con los colores de la pintura al atleta victorioso que he representado con muy poco brillo; desearía ser vencido por vosotros en el cuadro de la valentía del mártir: me alegraría ser hoy superado por vuestro talento. Mostradnos brillantemente al luchador en vuestra imagen; mostradnos a los demonios dando alaridos, ya que son hoy, gracias a vosotros, abatidos por las victorias de los mártires; enseñadles aún esta mano ardiente y victoriosa. Y representad también en vuestra obra a Aquel que preside los combates y da la victoria: Cristo” (Oratio in S. Barlaam P.G. XXXI, col. 488-489).

Otra frase de san Basilio tuvo una fortuna particular y se convirtió uno de los argumentos tradicionales más decisivos para los defensores de las imágenes sagradas: “El honor rendido a la imagen pasa a aquel al que la imagen representa” (De Spiritu Sancto, XVIII 45, P.G. 32, col. 149 C).

Del mismo modo, san Gregorio el Grande invitaba a Sereno, obispo de Marsella, a restablecer en las iglesias los iconos que había hecho quitar: “No es sin razón que la antigüedad ha permitido pintar en las iglesias la vida de los santos. Prohibiendo adorar dichas imágenes, merecéis elogio; destruyéndolas, sois dignos de censura. Una cosa es adorar una imagen, otra aprender por medio de la imagen a quien debe dirigirse nuestra adoración. Ahora bien, los que la Escritura es para aquellos que saben leer, la imagen lo es para los iletrados…” (San Gregorio, Epist. 1, 9. Epist. IX. P.L. LXXVII col. 949).

Vemos, pues, que la desconfianza para con las imágenes y el temor a la idolatría es aún frecuente. Eusebio de Cesarea tacha de costumbre pagana el hecho de tener imágenes portátiles de Cristo o los Apóstoles (Eusebio, Hist. eccl., 1, VII, c. XVIII, P.G. col. 680).

En el siglo VI, el culto a las imágenes es atestiguado por numerosos monumentos y testimonios de escritores eclesiásticos. Así Leoncio, obispo de Neápolis, en Chipre, escribía: “Represento a Cristo y su Pasión en las iglesias, las casas y los lugares públicos, y en imágenes, tela, en las cuevas, en las vestimentas, en todo lugar, para que viéndolas, nos acordemos… Porque nosotros, los cristianos, al poseer imágenes de Cristo, es a Cristo al que besamos interiormente, y a sus mártires… Aquel que teme a Dios honra, por consiguiente, venera y adora como Hijo de Dios a Cristo nuestro Dios, y a la representación de su cruz y las imágenes de sus santos” (citado por el Segundo Concilio de Nicea, P.G. XCVIII, col. 1600).

El Concilio Quinisexto in Trullo (692) declara a las imágenes venerables, pero prescribe no representar más a Jesucristo bajo la forma de un cordero: “… Decretamos representar en adelante en las imágenes a Cristo nuestro Dios en su forma humana (y no más bajo la forma de un cordero) a fin de considerar por dicha representación el nivel de la humillación del Verbo de Dios y recordar su vida en la carne, su pasión, su muerte salvadora y la Redención de todo el universo que ha resultado de ello” (Canon 82).

Desgraciadamente a menudo, el culto a las imágenes se mezcla con supersticiones y abusos que explicarán en parte la reacción iconoclasta: “Muchos piensan, dice Anastasio el Sinaíta, que el bautismo es suficientemente honrado por aquellos que entran en una iglesia, besando todos los iconos, sin prestar atención a la liturgia y al servicio divino”.

Una carta dirigida en 824 por el emperador Miguel el Tartamudo a Luis el Piadoso da cuenta de numerosos abusos en la piedad popular, remontándose a una época más antigua: “… Escogen las imágenes de los santos para servir de padrinos a sus hijos... Algunos sacerdotes han tomado el hábito de rascar el color de las imágenes, mezclando dicho polvo con las hostias y el vino, y distribuyen la mezcla a los fieles después de la Misa. Otros colocan el Cuerpo del Señor en las manos de las imágenes, donde aquellos que comulgan van a recibirlo” (Mansi, Conc. Ampliss. coll., t. XIV, pág. 240).


2. El primer período iconoclasta (723-780).

Las corrientes de opinión hostiles a las imágenes, a las cuales el carácter puramente espiritual del cristianismo parecía incompatible con su culto, eran sobre todo perceptibles en las regiones orientales del imperio donde se habían mantenido restos importantes de monofisitas… Pero fue necesario el contacto con el mundo árabe para encender el incendio iconoclasta… Los árabes, que surcaban Asia Menor, luego de decenas de años no habían solamente llevado la espada a Bizancio, sino también su cultura y, con ella, el horror propio del Islam a la representación del rostro humano. He aquí como la querella de las imágenes nació en las provincias orientales del Imperio de un cruce singular entre una fe cristiana ávida de pura espiritualidad y las doctrinas sectarias iconófobas, las concepciones de las viejas herejías cristológicas y, finalmente, las influencias de las religiones no cristianas: el judaísmo y, en particular el Islam. Luego de la victoria sobre la avalancha guerrera del Oriente, es un vinculación con las infiltraciones de la cultura oriental que comienza bajo la forma de la querella de las imágenes” (G. Ostrogorsky, Histoire de l’Etat byzantin, París, 1956, págs. 189-190).

El movimiento iconoclasta parte de Asia Menor, donde el califa Yezid publica en 723 un edicto ordenando destruir todas las imágenes “sea en los templos, las iglesias, o en las casas”. La campaña salvaje de destrucción se propaga rápidamente entre los obispados de las provincias orientales y alcanza la corte imperial de Bizancio.

Ante la resistencia al iconoclasmo del patriarca Germán (de 726 a 730), el emperador León III el Isáurico interviene personalmente y publica en 730 un edicto prohibiendo el culto de las imágenes y declarando que éstas son ídolos formalmente reprobados por la Escritura: “no se debe venerar, Dios lo prohíbe, lo que es hecho por mano del hombre, así como toda representación de lo que está en el cielo o sobre la tierra” (Hefele-Leclerc, Histoire des Conciles, París, 1910, t. III, pág. 664).

San Germán es depuesto y relegado al exilio. Despojándose de su palio, declara: “Sin la autoridad de un concilio no puedes, Basileus, cambiar en nada la fe” (citado por Evokimov: L'Orthodoxie, Neuchâtel - París, 1959, pág. 217).

La primera sangre se vierte durante un disturbio popular provocado por la destrucción del icono de Cristo en Calcopratia, sobre una de las puertas del palacio imperial. Resulta de ello una persecución violenta durante la cual numerosos partidarios del culto a las imágenes son torturados, desterrados o ejecutados, mientras se destruía sistemáticamente los iconos en las iglesias y casas.

En Roma, el Papa Gregorio II, así como su sucesor Gregorio III, se niega a someterse al edicto imperial: “Los dogmas de la Iglesia no son tu asunto, escribe el Papa a León III, deja tus locuras” (citado por Evdokimov: L’Orthodoxie, Neuchâtel - París, 1959, pág. 217).

Una decisión de un concilio romano reunido en 731, especifica que: “en el futuro, quienquiera que quite, destruya, deshonre o insulte a las imágenes del Señor o de su santa Madre o los Apóstoles, etc… no podrá recibir el Cuerpo y la Sangre del Señor, y será excluido de la Iglesia” (Hefele-Leclerc, Op. cit., pág. 677).

Es en dicha época que san Juan Damasceno, monje de san Sabas en Palestina, escribe sus Tratados para la defensa de las santas imágenes, en los cuales proporcionó a los defensores de la fe una base teológica que será recogida por los teólogos ortodoxos después de él. Se declara que no incumbe al emperador zanjar la cuestión de la legitimidad de las imágenes: “es asunto de los concilios y no de los emperadores” (San Juan Damasceno, Tratado I en defensa de las santas imágenes. P.G. XCIV, col 1281).

No corresponde a los emperadores legislar en la Iglesia; la tarea de los reyes es el bienestar político, mientras que la organización de la Iglesia es la obra de los pastores y doctores” (Tratado II en defensa… 12, P.G. XCIV, col. 1296).

El fundamento del culto a las imágenes es, según san Juan Damasceno, el dogma cristológico. La salvación está vinculada a la Encarnación del Verbo divino y, por consiguiente, a la materia, porque la salvación es realizada por la unión en Cristo de la divinidad y la carne humana: “antiguamente Dios, el Incorporal e Invisible, no era jamás representado. Pero, ahora que Dios se ha manifestado en la carne y ha habitado entre los hombres, yo represento lo visible de Dios. No adoro la materia, sino adoro al Creador de la materia, Aquel que se ha hecho materia por causa mía, Aquel que ha querido habitar la materia y, por la materia, me ha salvado” (Op. cit. 1, 6, P.G. XCIV, col.1245).

Cuando lo Invisible se hace visible según la carne, entonces puedes representar la semejanza de lo que has visto. Cuando Aquel que no tiene cantidad ni tamaño, que es incomparable en razón de la superioridad de su naturaleza, siendo la imagen de Dios, cuando Él asume la forma de un esclavo y se humilla grandemente, adoptando una forma corporal; entonces grávalo en una tabla y asciende a la contemplación de Aquel que se ha dignado ser visto. Representa su condescendencia inefable, su nacimiento de la Virgen, su bautismo en el Jordán, su transfiguración en el Tabor, su pasión que comunica la impasibilidad, sus milagros, símbolos de su naturaleza divina, realizados por intermedio de su carne, el sepulcro salvífico de nuestro Liberador, su ascensión a los cielos; describe todo esto, por la palabra y los colores, en los libros y sobre las tablas” (Op. cit. III, 8. P.G. XCIV, col. 1328-1329).

La persecución iconoclasta alcanza su paroxismo bajo el reinado de Constantino V Coprónimo (741-775), hijo de León III. Se lo ha considerado como el enemigo más peligroso y más acérrimo de culto a las imágenes, pero no es más que después del concilio iconoclasta de Hieria (754), que la persecución se intensifica a pesar de una resistencia encarnizada, en particular de parte de los monjes exhortados por san Esteban el Joven, higúmeno del monasterio del monte San Auxencio. Ante la resistencia ortodoxa, el mismo emperador compone un tratado teológico contra las imágenes en el cual todas las tendencias iconoclastas son llevadas al extremo y del cual lo esencial ha sido repetido en las actas del concilio iconoclasta. Del mismo modo que los ortodoxos, los iconoclastas quieren depender en su argumentación del dogma de Calcedonia, pero en la suya falta la nítida distinción en Jesucristo entre la naturaleza y la persona. Es imposible e impío, dicen, representar la naturaleza divina; en las imágenes, los pintores no representan más que la carne de Cristo, y la separan de su divinidad. No existe tercera posibilidad: “estamos convencidos, concluyen los obispos reunidos en Hieria, que el censurable arte de la pintura constituía una blasfemia para el dogma fundamental de nuestra salvación, es decir, para la encarnación de Cristo... Quienquiera que haga una imagen de Cristo representa la divinidad, que no debe ser representada, y la mezcla con la humanidad (como hacen los monofisitas), o aún representa el cuerpo de Cristo como no estando deificado, como separado, y como una persona distinta, tal como lo hacen los nestorianos. La única representación autorizada de la humanidad de Cristo es el pan y el vino de la Santa Cena. Él ha escogido esta forma y no otra, este tipo y no otro, para representar su humanidad… El cristianismo ha derribado al paganismo entero; por consiguiente, no solamente a los sacrificios paganos, sino también a las imágenes paganas. Los mismos santos, después de su muerte, han iniciado junto a Dios una vida que no tendrá fin; por consiguiente, quienquiera que pretenda luego de su muerte recordarlos en la vida por un arte muerto en sí mismo e imitado de los paganos, será culpable de blasfemia… Apoyándonos, pues, en la Sagrada Escritura y en los Padres, declaramos unánimemente, en nombre de la Santísima Trinidad, que condenamos, rechazamos de la Iglesia cristiana, con todas nuestras fuerzas, toda imagen, de cualquier manera que sea, hecha con el censurable artificio de la pintura. En el futro, quienquiera que osara hacer pintura semejante, o venerarla, o colocarla en una iglesia, o en una casa particular, o incluso poseer a escondidas una de dichas imágenes, deberá, si es obispo, sacerdote o diácono, ser depuesto, y, si es monje o laico, ser anatematizado; caerá, además, bajo el poder de las leyes civiles, como adversario de Dios y enemigo de los dogmas que los Padres nos han enseñado” (Hefele-Leclerc, Op. cit., págs. 698-701).

Al final de dicho concilio, fue pronunciado el anatema contra aquellos que veneraban los iconos y contra los defensores de su culto, san Germán de Constantinopla, san Juan Damasceno y san Jorge de Chipre.

Fuerte por la sanción de un concilio denominado “ecuménico”, Constantino pone en aplicación sus decisiones por medio del fuego y la espada. Es sobre todo entre los monjes que se organiza una oposición encarnizada y que encontramos la mayoría de los mártires por la fe. Particularmente, el santo higúmeno y ermitaño del monte Auxencio, Esteban el Joven, relegado en primer lugar a la isla de Proconeso, es llevado a Constantinopla donde finalmente es despedazado por la multitud el 28 de Noviembre de 764.

La persecución de los iconoclastas tomó con el tiempo, cada vez más, el carácter de una campaña contra el monaquismo… Los monjes ya no fueron solamente perseguidos en razón del culto que rendían a las imágenes, sino por el simple hecho de su condición monástica; se les exigió renunciar a su género de vida. Se cerró los monasterios, cuando no se los convertía en cuarteles, baños u otros edificios públicos; sus inmensas propiedades pasaron a la Corona. En resumen, el iconoclasmo, en su apogeo, entabló la lucha contra el poder del monaquismo y de los monasterios bizantinos” (G. Ostrogorsky, Essai sur la théologie des icônes dans l'Eglise orthodoxe, vol. 1, París, 1960, pág. 138, nota 1).

La ofensiva iconoclasta no se limita a las santas imágenes, sino que ataca a las reliquias de los santos; el emperador va hasta prohibir el culto de los santos y la Madre de Dios.

En esta época que un gran número de monjes emigran a Occidente y, sobre todo, a Italia, donde son calurosamente acogidos por los Papas posteriores al período iconoclasta. Éstos se muestran fervientes defensores del culto a las imágenes. Es entonces, en particular, que es decorada Sancta Maria Antiqua, reconstruida la catedral de San Marcos, construidas y adornadas las iglesias de Sancta Maria in Dominica, Santa Práxedes y Santa Cecilia (cf. L. Uspensky. Essai sur la théologie des icônes dans l'Eglise Orthodoxe, vol. 1, París, 1960, pág. 138, nota 1). Diversos concilios occidentales se pronunciaron en dicha época a favor del culto a las imágenes (Gentilly en 767 y Letrán en 769).

La persecución se interrumpe bruscamente en 775, a la muerte de Constantino V. Bajo su hijo y sucesor, León IV el Khazar (775-780), aunque es un iconoclasta convencido, la persecución disminuye en violencia y cesa totalmente cuando, luego de su muerte, la regencia es asegurada por su viuda, Irene (780-802).


3. El VII Concilio Ecuménico (787) y el restablecimiento de las santas imágenes (780-813).

Irene estaba enteramente consagrada a la causa de las imágenes sagradas. Pero, a pesar de la lentitud y todas las medidas de circunspección de las que el gobierno se había rodeado, el primer ensayo de reunir un concilio en Santa Sofía de Constantinopla resultó en un fracaso debido a la insurrección de tropas fieles al iconoclasmo “tradicional”. No es más que en otoño de 787 que el VII Concilio Ecuménico pudo reunirse en Nicea, en la misma ciudad donde había tenido lugar el Primer Concilio Ecuménico bajo Constantino el Grande. Bajo la presidencia del nuevo patriarca Tarasio, numerosos obispos y monjes llegados de toda la cristiandad tomaron parte en las sesiones del Concilio. Éste restableció el culto de las imágenes y lo proclamó dogma.

Desde la segunda sesión, los Padres del Concilio se declararon a favor del culto a las imágenes señalando con fuerza, no obstante, la distinción fundamental entre el “culto relativo”, por el cual son veneradas las imágenes sagradas, y la adoración, en el sentido propio que conviene sólo a Dios.

La cuarta sesión estuvo destinada a restablecer no solamente el culto de las imágenes, sino también a la legitimidad de la intercesión de los santos y la Madre de Dios: “Acogemos las palabras del Señor, de los Apóstoles, de los profetas, que nos enseñan a honrar y ensalzar, en primer lugar, a quien es en verdad la Madre de Dios, superior a todas las potencias celestiales; después a estas mismas potencias celestiales, a los Apóstoles, mártires, doctores y todos los santos, a pedirles su intercesión, capaces como son de conseguirnos el favor de Dios si, no obstante, guardamos los mandamientos y vivimos de manera virtuosa” (Mansi, t. XII, col. 1.086).

Aquí están, por último, los principales pasajes del decreto dogmático sobre le culto de las imágenes, tal como fue promulgado por los Padres del Concilio:

Así pues, marchando sobre el camino real y siguiendo la enseñanza divinamente inspirada de nuestros santos Padres y la Tradición de la Iglesia Católica… Decidimos, con toda exactitud y luego de un examen completo que, al igual que la santa y vivificante cruz, los santos y preciosos iconos pintados con colores, hechos de pequeñas piedras o de cualquier otra materia correspondiendo a este fin, deben ser colocados en las santas iglesias de Dios, en los vasos y vestimentas sagradas, en los muros y tablas, en las casas y caminos, se trate de los iconos de Nuestro Señor Dios y Salvador Jesucristo, o de nuestra soberana sin mancha, la santa Madre de Dios, o de los santos ángeles y hombres santos y venerables. Porque, cada vez que se ve su representación por medio de la imagen, cada vez que se es incitado por ello, contemplándolos, a recordar los prototipos, se adquiere más amor por ellos y se es más incitado a rendirles homenaje, besándolos y testimoniando su veneración, no la verdadera adoración que, según nuestra fe, conviene a la única naturaleza divina, sino de la misma manera que rendimos homenaje a la imagen de la preciosa y vivificante cruz, al Santo Evangelio y a otros objetos sagrados a los cuales se rinde homenaje por la incensación y los cirios, según la piadosa costumbre de los antiguos. Porque el honor rendido a la imagen va a su prototipo, y aquel que venera los iconos, venera la persona que está representada…” (Ibid., col. 377-380, trad. franc. de Uspensky, Op. cit., págs. 157-159).

Si, en lo más fuerte de la persecución contra el culto a los iconos, la Ortodoxia había encontrado en la persona de los pontífices romanos partidarios valientes y determinados de las imágenes, muy paradójicamente, no ocurrió más lo mismo durante el triunfo de la Ortodoxia en Bizancio.

Las actas del Concilio de Nicea llegaron a Occidente en una traducción tan grosera e inexacta (en particular, veneración de los iconos fue traducido por adoración), que provocaron la violenta reacción e incluso la hostilidad de parte de Carlomagno y sus teólogos francos. A pesar de todas sus exhortaciones, es finalmente el Papa Adriano I quien debió ceder ante la obstinación de Carlomagno. El Concilio de Frankfurt en 794 quiso ponerse en árbitro entre el concilio iconoclasta de 754 y el Séptimo Concilio Ecuménico, y prescribió por eso no destruir los iconos mas, sin embargo, no venerarlos. El rol de las imágenes fue limitado a una pedagogía de enseñanza y edificación moral, desprovisto de todo fundamento soteriológico: “ni uno ni otro concilio no merece seguramente el título de Séptimo: unidos a la doctrina ortodoxa que quiere que las imágenes no sirvan más que para la ornamentación de las iglesias y memoria de las acciones pasadas… no queremos prohibir las imágenes con uno de los concilios ni adorarlas con el otro, y rechazamos los escritos de este concilio ridículo” (Hefele-Leclerc, Op. cit., p. 1068).

En 825, el Concilio de París ratificó las decisiones del concilio de Frankfurt y se puede decir que Occidente ha prácticamente ignorado (al menos hasta época reciente) la teología ortodoxa de los iconos, fundada en el misterio de la Encarnación y el dogma cristológico.


4. La reacción iconoclasta (813-842).

A pesar de la victoria de la Ortodoxia en el terreno dogmático, el iconoclasmo estaba lejos de estar definitivamente eliminada del seno de la administración y del ejército y se recuperó con nuevo vigor bajo el reinado del emperador León V el Armenio (813-820). Juan el Gramático estuvo encargado de componer una selección de textos utilizando las decisiones del concilio iconoclasta de 754.

La resistencia se organizó de nuevo bajo el impulso del patriarca de Constantinopla Nicéforo y de los monjes de Studion dirigidos por su higúmeno san Teodoro. Durante una entrevista con el emperador y sus partidarios, no solamente Nicéforo y Teodoro defendieron las decisiones del Séptimo Concilio Ecuménico, sino que impugnaron nuevamente la competencia del emperador en materia religiosa:

Más claramente aún que en siglo VII, el segundo periodo de la querella de las imágenes recalca el fondo político del movimiento iconoclasta: los esfuerzos del poder imperial por someter la vida de la Iglesia, y la resistencia persistente de la Iglesia, sobre todo de su ala intransigente, a dichos esfuerzos” (G. Ostrogorsky, Op. cit., pág. 231).

En 815, Nicéforo fue depuesto y exiliado a la rivera asiática del Bósforo, y es san Teodoro quien aseguró desde entonces la defensa de los santos iconos. El Domingo de Ramos del mismo año, los mil monjes de Studion descendieron a las calles de la capital en una inmensa procesión, llevando estandartes y santos iconos. El desafío al emperador era lanzado y éste reaccionó con rigor extremo. Poco después de Pascua, un concilio se reunía en Santa Sofía, rechazaba el concilio de Nicea y se adhería a las decisiones del concilio iconoclasta de 754.

Este sínodo subrayaba, es cierto, que no consideraba a las imágenes como ídolos, pero no ordenaba menos por ello la destrucción. Si sobre el plano doctrinal, este concilio dio prueba de una impotencia total, por el contrario, las persecuciones no fueron por ello menos violentas. Es, en primer lugar, el Studion el que fue objeto de la venganza imperial. El mismo san Teodoro fue llevado a prisión, flagelado cruelmente repetidas veces, y luego deportado a Esmirna donde fue víctima de los maltratos del obispo iconoclasta. Un extracto de su carta al Papa Pascual I da cuenta de la persecución: “el patriarca está prisionero, los metropolitas y los obispos son desterrados, los monjes y las religiosas están encarcelados, bajo la amenaza de la tortura y la muerte; la imagen del Salvador, ante la cual los mismos demonios tiemblan, se ha vuelto un objeto de burla; los altares y las iglesias están devastadas y mucha sangre ha sido ya derramada” (San Teodoro Estudita, Carta al Papa Pascual I, Epist. II, 12. P.G. XCIX, col. 1152-1153).

La sangrienta persecución tuvo más víctimas que la de Coprónimo: decenas de obispos fueron deportados, monjes fueron ahogados cosidos en sacos o torturados hasta la muerte en los calabozos. Las persecuciones continuaron, con menos violencia, bajo los sucesores de de León V, Miguel II (820-829) y sobre todo Teófilo (829-842). Entre las víctimas del furor iconoclasta, mencionamos al cronista Teofano y su hermano Teodoro: ellos fueron no solamente fustigados sino que se les grabó sobre la frente versos injuriosos; así recibieron posteriormente el sobrenombre de “marcados”.


5. El Triunfo de la Ortodoxia.

La victoria definitiva de la Ortodoxia no fue efectiva más que después de la muerte de Teófilo, cuando su viuda, Teodora, asumió la regencia. Bajo el patriarca Metodio, uno de los confesores de la fe, un concilio restableció definitivamente en 842 en Constantinopla el culto de las imágenes, reafirmando las decisiones promulgadas por el Concilio de Nicea; lanzó igualmente el anatema contra los iconoclastas. El primer Domingo de Cuaresma, el 11 de Marzo de 843, fue proclamado en Santa Sofía e restablecimiento del culto a las imágenes. Desde entonces, la Iglesia conmemora cada año en este día el “Triunfo de la Ortodoxia” sobre los iconoclastas, al mismo tiempo que sobre las herejías anteriores.

He aquí, extraído del Oficio del Domingo de la Ortodoxia, un canto debido a la pluma de Teofano el Marcado, confesor de la fe bajo León V: “guardando las leyes de la Iglesia observadas por nuestros padres, pintamos las imágenes de Cristo y todos los santos, las veneramos con nuestra boca, con nuestro corazón, con nuestra voluntad. El honor y la veneración dirigidos a la imagen se remontan al prototipo: es la doctrina de los Padres inspirados por Dios, que nosotros seguimos…” (Canto 6 del Canon de Matutinos).

El kontakio de este Domingo, escrito sin duda por un contemporáneo, es aún más característico y más rico en sustancia dogmática: “el Verbo indescriptible del Padre se ha hecho descriptible, encarnándose en Ti, oh Madre de Dios; y, habiendo restablecido la imagen manchada a su antigua dignidad, la unió a la belleza divina. Y confesando la salvación, representamos esto por la acción y la palabra” (la traducción francesa de este kontakio está tomado de la obra de L. Uspensky, pag. 180).

Este kontakio dirigido a la Madre de Dios es más explícito en la lectura del siguiente razonamiento de san Teodoro el Estudita, que funda precisamente la representación del Dios-Hombre sobre la humanidad de su Madre: “puesto que Cristo ha nacido del Padre Indescriptible, no puede tener imagen… Pero desde el momento en que Cristo ha nacido de una Madre descriptible, tiene naturalmente una imagen que corresponde a la de su Madre. Y si Él no podía ser representado por el arte, eso querría decir que ha nacido solamente del Padre y no se ha encarnado. Pero esto es contrario a toda la economía divina de nuestra salvación” (San Teodoro el Estudita, 3º Refutación, cap. II, .G. XCIX, col. 417 C).


Aparecido en Contacts. T. XII, N° 32, 1960. Traducción del francés del Dr. Martín E. Peñalva.