sábado, 13 de agosto de 2011




El ángel del bautismo en Tertuliano




Émile Amann








En su tratado De baptismo, que suscita tantas cuestiones interesantes, Tertuliano hace mención en varias ocasiones, sea cuando habla del acto mismo del bautismo, sea cuando explica las ceremonias preparatorias, de un ángel que interviene y que podremos, para simplificar, llamar simplemente el ángel de bautismo (De baptismo, cap. 4 ad finem; cap. 5 toda la segunda mitad; cap. 6) (1).

El rol que corresponde al ángel del bautismo está precisado al comienzo del capítulo 6. “No es más que en las aguas (del bautismo) que recibimos el Espíritu Santo, mas purificados en el agua bajo el ángel, somos preparados (para recibir) el Espíritu Santo. Non quod in aquis spiritum sanctum consequamur, sed m aqua emundati sub angelo spiritui sancto praeparamur. Aquí una figura ha precedido (la realidad), la de Juan, precursor del Señor y quien le preparó los caminos. Del mismo modo también, el ángel dispensador del bautismo prepara los caminos al Espíritu Santo que debe venir, por la purificación de las faltas que obtienen la fe sellada (con el sello), del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Ita et angelus baptismi arbiter superventuro Spiritui Sancto vias dirigit ablutione delictorum quam fides impetrat, obsignata in Patre et Filio et Spiritu Sancto”.

Según este texto, que es capital para juzgar las ideas de Tertuliano sobre los efectos del bautismo, la acción sobrenatural del sacramento es, ante todo, remitir los pecados. Dicha remisión de los pecados es netamente distinguida de la infusión del Espíritu Santo en el alma del bautizado. Es en un segundo momento de la iniciación cristiana, decimos, para hablar como los modernos, en el sacramento de la confirmación, que el Espíritu Santo será conferido. Luego que ha recibido la unción del óleo santo (cap. 7) al neófito se le imponen las manos, y dicha bendición invoca sobre él el Espíritu Santo “dehinc manus imponitur, per benedictionem advocans et invitans Spiritum Sanctum” (cap. 8). Para decirlo al pasar, se remarcará cuán favorable es el conjunto de la demostración de Tertuliano a la tesis eclesiástica que distingue netamente los dos sacramentos del bautismo y la confirmación.

Por el momento retenemos solamente que, según Tertuliano, el efecto propio del bautismo, es purificar al catecúmeno de sus pecados. Y dicho efecto es producido por la intervención del ángel del bautismo. ¿Quién es este ángel del bautismo? A primera vista, parece que debe tratarse de un agente de orden sobrenatural. Encargado de producir un efecto invisible, la purificación de los pecados, pertenece al mismo dominio suprasensible que el Espíritu Santo, del cual su función es justamente preparar los caminos. Nos movemos aquí en plena región inmaterial. Y desde entones la explicación más simple, más clara es hacer del ángel del bautismo, un ángel en el sentido más ordinario de este término en el lenguaje cristiano, uno de esos espíritus inferiores a Dios, superiores al hombre, ministros de Dios para la ejecución de sus designios misericordiosos en relación al hombre.

Sin duda dicha intervención directa de un ángel en un caso tan notable perturba un tanto nuestras categorías de teólogos modernos. Se ha hecho, pues, el esfuerzo, por reducir el texto de Tertuliano al esquematismo de nuestros tratados de los sacramentos y la gracia. El ángel del bautismo se vuelve entonces el hombre ministro del bautismo, el obispo, si se quiere, que confiere el sacramento. Se ve aparecer esta idea, en el comentario, por otra parte notable, que en el siglo XVIII Dom Thomas Corbinien escribió sobre el De baptismo (P. L., t. II, col. 1160) “Innuere videtur ministrum baptismi”. Pasa de ahí al estudio del P. d’Alès La Théologie de Tertullien (p. 325, nota 4). El P. d’Alès, es verdad, no hace más que indicar dicha opinión de Dom Thomas Corbinien, sin decir si se suma a ella; y el modo en que remite a continuación al ángel de la penitencia en Hermas, indicaría quizás que no se adhiere personalmente a la exégesis del docto benedictino. Porque, con toda la buena voluntad del mundo, es imposible transformar en obispo al personaje misterioso que aparece muchas veces en el Pastor. Me he sorprendido mucho, estudiando con toda la atención que merece el libro reciente de M. de Backer, Sacramentum, le mot et l'idée représentée par lui dans les œuvres de Tertullien, de encontrar en él un ensayo de demostración de la hipótesis enunciada por Dom Corbinien. “Pensamos, dice el autor, que este ángel designa al ministro del bautismo, que bendice el agua destinada al sacramento, es decir, que por una invocación a Dios, hace descender el Espíritu divino, que le dará la virtud santificadora. Es él, pues, quien cumple la ceremonia ritual (in aqua emundati sub angelo) y pronuncia la fórmula sacramental” (p. 163).

Esta hipótesis me parece absolutamente insostenible. M. de Backer “basa, dice, su opinión, sobre la comparación de dos textos, De bapt. 6: in aqua emundati sub angelo spiritui sancto praeparamur y De Corona militis, 4: sub antistitis manu, contestamur nos renuntiare diabolo”. Es suficiente poner el signo de igualdad entre las dos expresiones sub antistitis manu, y sub angelo, para tener angelus = antistes. Como, por lo demás, en la continuación del capítulo el ángel del bautismo es llamado arbiter baptismi, y como no es difícil encontrar en Tertuliano textos que hacen del arbiter el sinónimo de sacerdote (p. 164, nota 1) se llega a la misma conclusión: el ángel de bautismo es quien preside la ceremonia del bautismo, el obispo.

No insistiría sobre la fragilidad de dicha construcción si semejante hipótesis no tuviera el fallo de esconder un punto curioso de la teología de Tertuliano. Sería lamentable que un vano amor por la simetría nos hiciera destruir uno de esos detalles arcaicos que confieren precisamente todo su interés al estudio de la antigua literatura cristiana.

Desestimo, en primer lugar, la prueba que se quiere extraer de la comparación entre los dos textos: De bapt., 6 y De corona, 3. En la ecuación sub angelo emundati = sub antistitis manu contestamur, no hay más que un término en común, la preposición sub; es demasiado poco para extraer la identidad angelus = antistes. Remitámonos, en efecto, al contexto. Ambos pasajes nos describen dos momentos diferentes de la iniciación bautismal. Se sabe que el De corona quiere mostrar que un buen número de ritos y prácticas eclesiásticas no pueden reclamarse de un texto escriturario, y que su autoridad reposa solamente sobre la tradición. Lo que es fácil de ver, dice Tertuliano, en la administración del bautismo; por ejemplo, el rito de la renuncia a Satán no tiene testimonio en la Escritura, ¿es una razón para omitirlo? “Antes, pues, de descender en el agua, y en la iglesia (por oposición quizás con el baptisterio) (inclinados) bajo la mano del obispo afirmamos por juramento renunciar al diablo, a sus pompas y a sus ángeles. Después somos sumergidos tres veces”. Se trata aquí de una ceremonia anterior al bautismo mismo. En De baptismo, al contrario, se trata del instante preciso de la inmersión bautismal. En ese momento, el bautizado está en el agua, o más exactamente, si no acordamos del rito de bautismo por inmersión, está bajo el agua y, por consiguiente, también bajo el ángel, sub angelo, ya que, como quiero demostrarlo, el ángel está íntimamente ligado al agua del bautismo, o por lo menos está extendido sobre el baptisterio.

Remitámonos, en efecto, al capítulo que precede inmediatamente (De bapt., 5). Los paganos, dice nuestro autor, conocen también contramodos del bautismo. En diversos ritos de misterios, el demonio pretende purificar a los iniciados. ¡Cosa extraña en verdad, que el espíritu inmundo pueda purificar y destruir su obra lavando las faltas que él mismo ha inspirado! Más dicha pretensión Tertuliano quiere señalarla, sin embargo, como un argumento ad hominem contra aquellos que se niegan a creer a creer en los milagros divinos, aunque aceptan los contramodos imaginados por el rival de Dios. Vamos más lejos, continúa: no es solamente en estos falsos sacramentos que los espíritus inmundos van a incubar las aguas, aquas incubant, para hacerlas servir a sus maleficios. ¿No están en todas partes, en las fuentes oscuras, los arroyos que se pierden, los baños, las piscinas, los canales? Están sin duda en sus imágenes, es decir, en las estatuas de los dioses, las diosas, las ninfas, pero estas imágenes no son más que el signo exterior de una presencia más íntima. Los demonios están allí, en esas mismas aguas; y la prueba es que a veces matan, o al menos hacen perder la razón. ¿Y por qué, continúa Tertuliano, por qué contar todo esto? Para que no sea demasiado difícil creer que el ángel santo de Dios se introduce en las aguas para la salvación de los hombres, aunque el ángel malo multiplica los comercios impuros con el mismo elemento para perder al hombre”. Señalemos la fuerza de las expresiones latinas: el ángel santo aquis temperandis adest; el ángel malo profanum commercium frequentat ejusdem elementi.

Más para hacer admitir a los cristianos dicha acción natural del ángel en el agua del bautismo, Tertuliano dispone de un argumento mucho más sólido. Recuérdese aquella piscina de Betsaida (Jn. V, 4-5), (2) que el ángel iba a hacer borbotear cada año, y que devolvía la salud al primero que descendía allí por la intervención del ángel: nueva figura del tratamiento espiritual que ha aportado la fe cristiana “ya que por los progresos del favor divino en la humanidad, las aguas y el ángel toman (en adelante) una mayor importancia, plus aquis et angelo accessit. Ellas que curaban (nótese en latín la expresión qui remediabant: las dos realidades mezcladas, el agua y el ángel, y el pronombre en masculino plural) las enfermedades del cuerpo, curan ahora el alma. Ellas que proporcionaban la salud temporal, dan la salud eterna. Ellas que liberaban por año a un solo hombre, salvan ahora todos los días a pueblos enteros, encontrándose la muerte destruida por la purificación de las faltas”.

En otros términos, sucede en el baptisterio cristiano, en el momento de los misterios de iniciación, el mismo milagro que se producía en la piscina de Betsaida. El ángel de Dios viene a introducirse en las aguas y esta mezcla de agua y espíritu, si puedo así decirlo, es el remedio de las enfermedades del alma: In aquae mundati sub angelo spiritui sancto praeparamur. Es lo que indica no menos claramente la frase que termina el capítulo 4: Igitur medicatis quodammodo aquis per angeli interventum et spiritus in aquis corporaliter diluitur et caro in eisdem spiritaliter mundatur. “Del hecho que las aguas han recibido en cierto modo por la intervención del ángel el poder de curar, el alma es lavada corporalmente en el agua y, del mismo modo, la carne es purificada espirtualmente por ella”. Mi traducción refleja muy imperfectamente las dos palabras medicatis aquis. Medicata vina, son los vinos a los que se ha infundido sustancia medicinales, y Tertuliano tiene tanta conciencia que su expresión es ligeramente chocante, que añade un quodammodo de corrección. Medicatae aquae son las aguas son de ha infundido, si puedo decirlo, la sustancia angélica. Se forma una suerte de sustancia mixta donde de unen sustancia corporal y sustancia espiritual.

Por otra parte, Tertuliano mismo de ha cuidado de precisar dicha compenetración del agua con la naturaleza angélica. No es cosa nueva: no es más que ela renovación de lo que pasó en los orígenes del mundo. Entonces el espíritu del Señor se encontraba sobre las aguas (De bapt., 3). Y la Escritura ha señalado con cuidado, en vista del bautismo futuro, estas relaciones recíprocas entre el agua y el espíritu de Dios. “Lo que es santo era llevado sobre lo que es santo, o (más exactamente) el elemento que llevaba extraía la santidad de lo que era llevado sobre él. Porque toda materia puesta sobre algo que la domina debe necesariamente tomar las cualidades de ella, muy especialmente una materia corporal debe tomar así una cualidad espiritual, porque esta penetra y se introduce más fácilmente por la sutileza misma de su sustancia” (De baptismo, I). Es difícil ser más claro. Si se recuerda que para Tertuliano todo lo que existe es materia, materia corporal y materia espiritual, no cuesta representarse su visión sobre el origen de las cosas. Sobre las aguas primordiales se extiende el espíritu de Dios (que no hay que precipitarse de traducir por Espíritu Santo). Es una especie de vapor, de gas, que flota sobre la superficie del abismo, y este gas, si se me permite esta expresión pedida prestada a la física, posee una tensión tal que se disolverá forzosamente en el agua. No creo añadir mucho al pensamiento de Tertuliano suministrando dicha imagen, aunque conviene no olvidar que dicho ser gaseiforme es un agente del mundo sobrenatural, si no es el Espíritu Santo mismo. Sobre esta última cuestión volveré luego, pero no carece de interés observar cómo el autor del De baptismo pasa de las aguas primordiales a las aguas del baptisterio. De este primer contacto con el espíritu del Señor, todas las aguas, en virtud de su unidad genérica, han guardado el poder de santificar: Omnes aquae de pristina originis praerogativa sacramentum sanctificationis consequuntur invocato deo. Es necesario para actualizar este poder santificador una invocación a Dios, una epíclesis semejante a la de la liturgia eucarística. Terminada la epíclesis, “sobreviene enseguida de los cielos el espíritu, se extiende sobre las guas, las santifica por sus propias virtudes, y así santificadas las aguas se penetran de fuerza santificadora: Vim sanctificandi combibunt”. Se observará una vez más la materialidad de la expresión, y se la cotejará con las palabras medicatae quodammodo aquae que se encuentran algunas líneas más abajo. Del mismo modo, valdría la pena estudiar el modo de acción de esta mixtura de agua y espíritu sobre el compuesto humano, carne y espíritu. Se verá allí oscilar el pensamiento de Tertuliano entre dos teorías de la eficacia (o, como dicen los teólogos, de la causalidad) sacramental. Por lo demás, el autor termina por atenerse a una especie de operación física (yo diría material, tomando el término materia en el sentido en que lo entiende) que se traduce por la fórmula paradójica: spiritus (el alma) in aquis corporaliter diluitur et caro in eisdem spiritaliter mundatur.

La comparación atenta entre ambas frases de esta misma exposición no puede dejar duda sobre la personalidad del espíritu que se introduce en las aguas bautismales. Invocato deo supervenit spiritus de caelis et aquis superest, leemos en la página 623, línea 9, y 1, 18. Igitur medicatis quodammodo aquis per angeli interventum. Es necesario absolutamente concluir que en esta exposición spiritus Dei y angelus son exactamente sinónimos. Diremos pues también que el angelus Dei sanctus aquis temperandis del cap. 5, p. 625, línea 1, y el ángel bajo el cual somos preparados para la recepción del Espíritu Santo, cap. 6, p. 625, línea 21, representan un solo y único personaje, de la misma familia, por otra parte, que el ángel de la piscina de Betsaida.

Este angelus Dei, este spiritus Dei no puede ser el Espíritu Santo, ya que su rol es precisamente preparar el alma del neofito para la recepción de dicha persona divina. Este ángel, que es el señor del bautismo, baptismi arbiter, es pues una criatura encargada por Dios para la ejecución de las grandes cosas que suceden en la piscina bautismal. Que este sea el sentido a dar aquí al la palabra arbiter, antes que el sentido de testigo, es algo de lo cual M. de Backer no disentirá, él que ha estudiado tan bien los diversoso sentidos de la palabra. Y es por ello que he traducido más arriba como “dispensador del bautismo”. Es conveniente cotejar su rol con el del ángel de la oración (De oratione, 16, Oehler I, p. 568) cuya función es transmitir a Dios nuestras súplicas; el ángel del bautismo es también el hermano de aquél que anuncia al Padre celestial el matrimonio de los esposos cristianos: felicitas matrimonii quod ecclesia conciliat, et confirmat oblatio, et obsignat benedictio, angeli renuntiant, pater rato habet (Ad uxorem, II, 8; Oehler, I, p. 696).

Los personajes celestiales que son tratados aquí juegan un rol que llamaremos sobrenatural en el sentido más estricto del término. Tertuliano conoce otros cuya actividad se ejerce de una manera más concreta. Y puesto que el bautismo es para él un nuevo nacimiento, una regeneración en el sentido etimológico del término, convendrá sin duda cotejar al ángel del bautismo, autor del nacimiento espitirual, con los ángeles que presiden el nacimiento corporal. El texto es curioso y vale la pena ser citado: De anima, 37, Oehler, II, p. 617. “Todo este trabajo, que en el seno materno prepara, ordena, forma al hombre futuro, es alguna potencia, ministro de la voluntad divina, quien lo lleva a cabo aliqua utique potestas divinas voluntatis ministra modulatur”. No se trata aquí de un poder, de un a fuerza impersonal; la continuación lo muestra bien, ya que Tertuliano declara que la superstición romana se aprovecha de esta idea verdadera para confiar a toda una serie de divinidades los cuidados que correspondían a dicha potencia, delegada por el Creador. “Nosotros, dice, creemos que estos funcionarios divinos son ángeles. Nos officia divina angelos credimus”.

Así, pues, el ángel del bautismo es el ministro divino (officium divinum) encargado de la gran obra del renacimiento espiritual. Extendido sobre las aguas bautismales, disolviéndose en ellas, por así decir, les comunica el poder de santificación, sacramentum sanctificationis, y se comprende desde entonces la frase que nos ha servido de punto de partida: in aqua emundati sub angelo spiritui sancto praeparamur.

Queda una última cuestión: el ángel del bautismo, el espíritu de Dios que, en la oración de la Iglesia, se extendía sobre y en las aguas del baptisterio, ¿es idéntico al espíritu del Señor que en los orígenes del mundo incubaba las aguas primordiales? ¿O bien hay que asimilar al Espíritu Santo a ese espíritu fecundante, que en los orígenes del mundo secundaba la acción creadora de Dios? Se sabe que los Padres están lejos de ser unánimes en su respuesta a esta última cuestión, y se encontrará, en el comentario ya citado de Dom Corbinien un repaso suficiente, aunque sumario, de las diversas interpretaciones del pasaje genesíaco (P. L., t. II, col. 1145, sq.). No habría duda que en la segunda parte de su vida Tertuliano no haya considerado este espíritu de Dios como una criatura, distinta del Espíritu Santo. Dos textos de este periodo son característicos: leemos en el tratado Adversus Marcionem IV, 26, Oehler, II, p. 223: “En la hipótesis marcionita, ¿a quien dirigiré mi oración? ¿A quien diré: Padre nuestro? ¿A alguien que no me ha hecho, del cual no saco mi origen, o bien a aquel que me ha engendrado haciéndome y organizándome? ¿A quien pediré el Espíritu Santo? ¿A aquel que no tiene incluso a su disposición el espíritu cósmico, o bien a aquel que ha creado los ángeles espíritus, y cuyo espíritu al comienzo se encontraba sobre las aguas? A quo Spiritum Sanctum postulem? a quo nec mundialis spiritus praestatur, an a quo fiunt etiam angeli spiritus, cujus et in primordio spiritus super aquas ferebatur?” Me parece bastante claro que los angeli spiritus (alusión a quien facit angelos suos spiritus, Sal. CIII, 4, Vulg.) son puestos sobre el mismo plano que el spiritus super aquas latus, que bien podría ser, por otra parte, el mismo que el mundialis spiritus de la frase precedente.

Pero aquí están, para sacar todas las dudas, los capítulos 30 y siguientes del tratado Adversus Hermogenem (Oehler, II, p. 366) que dan la exégesis completa de los primeros versículos del Génesis, trata de demostrar en contra de los herejes que la materia no coexiste desde toda la eternidad con Dios, sino que ha sido creada por Él al comienzo de los tiempos. La prueba que administra de ello Tertuliano quiere decir que la materia primera se encuentra implicada en las palabras cœlum y terram del versículo 1, cuya creación es explícitamente atribuida a Dios. Ahora bien, las diversas entidades, enumeradas en los versículos siguientes: las tinieblas, el abismo, el espíritu, las aguas, todo esto debe ser considerado como criatura de Dios, estando encerrado en las palabras caelum y terram, como las partes en el todo. Nada más claro, continúa Tertuliano, Dios, que es llamado creador del conjunto, es llamado también creador de los miembros: proinde membra erant caeli et terrae, abyssus et tenebrae, spiritus et aquae. Sin embargo, para uso de los imbéciles y discutidores, la Escritura no ha dejado de insistir en otros sitios sobre el carácter creado de cada uno de estos elementos. Siguen los textos que vienen en apoyo de la afirmación, y puesto que no hablamos más que del espíritu, muestran que dicho espíritu, dicho soplo, que se encontraba sobre las aguas es una criatura eum spiritum conditum ostendens qui in terras conditas deputabatur, qui super agitas ferebatur, librator et adflator et animator universitatis non, ut quidam putant, ipsum deum significans spiritum, quia deus spiritus; neque enim aquae dominum sustinere sufficerent. Inútil insistir más sobre el carácter creado del espíritu que se encontraba sobre las aguas.

De todo esto, ¿tenemos el derecho de concluir que durante la composición del De baptismo Tertuliano ya interpretaba del mismo modo el texto genesíaco? Con un autor como este, siempre dominado por la preocupación del momento, por el deseo de asestar un buen golpe al adversario, es bueno tenerlo en cuenta dos veces. Releemos, pues, el capítulo 3 de nuestro tratado. “¿Qué le ha valido al agua, dice el autor, dicha dignidad soberana de servir hoy a la regeneración espiritual? Es que el agua es uno de los elementos primitivos que, antes de toda la organización del mundo, ante omnem mundi suggestum, cuando éste era aún informe, estaban ahí a la disposición de Dios”. Sigue el texto del Génesis I, 1-2. “¡Oh hombre!, continúa Tertuliano, encuentras aquí una primera razón para respetar las aguas: la antigüedad de dicha sustancia. La segunda es el honor que ha tenido de ser la sede del espíritu divino, con preferencia a los demás elementos que existían entonces. En el momento en que las tinieblas eran completas, sin estrellas para embellecerlas, el abismo triste, la tierra sin ornato, el cielo sin ornamento, el agua sola, materia siempre perfecta, agradable, simple, pura, servía a Dios de digno vehículo”. A la primera lectura de este pasaje parece evidente que el espíritu del Señor del cual se trata en el Génesis, el espíritu divino que domina las aguas no es otro que el Espíritu Santo. Y es por ello que se puede decir de las aguas que proporcionaban a Dios mismo un digno vehículo, dignum vectabulum Deo subjiciebant. Subsisten, sin embargo, algunas dificultades en esta forma de traducir. Me parece haber remarcado bastante que Tertuliano, cuando habla de la tercera persona de la Trinidad, emplea de ordinario el término Spiritus Sanctus y no spiritus Dei, spiritus Domini. No puedo proponer que haya allí una regla absoluta. Sería necesario para establecerlo un léxico completo de las obras de Tertuliano del que carecemos. Por otra parte, hemos visto que en el capítulo 4, el spiritus de caelis está bien identificado con el angelus baptismi. Finalmente, las últimas líneas del capítulo 5 nos ofrecen de la expresión Dei spiritus una nueva traducción. “En el bautismo el hombre recibe este espíritu de Dios, que en otro tiempo había recibido del aliento divino, pero que había perdido después por el pecado. Recipit illum dei spiritum, quem tunc de adflatu ejus acceperat, sed post amiserat per delictum”. Y es luego de haber enunciado dicha afirmación que Tertuliano continúa: no es que recibamos en las aguas bautismales el Espíritu Santo. Todo esto muestra al menos que es necesario dudar antes de traducir divinus spiritus por Espíritu Santo.

Es verdad que Tertuliano habla de las aguas que proporcionan a Dios un digno vehículo dignum vectabulum Deo subjiciebant. Si estuviéramos seguros de dicha enseñanza no habría que vacilar sobre el pensamiento de Tertuliano en el pasaje que nos ocupa. Pero precisamente esta enseñanza no presenta todas las garantías. En la primera edición del De baptismo, Gagny había puesto entre corchetes la palabra subjiciebat, y la línea que sigue; prueba que el manuscrito del que disponía no le parecía proporcionar un texto seguro. Dada la desaparición compelta de los manuscritos del De baptismo, es imposible verificar el valor de la enseñanza que, de Gagny, ha pasado a todas las demás ediciones. Quiero decir solamente que es imposible encontrar en este texto una desestimación para oponer a la hipótesis que propongo.

Por otra parte, la explicación del rol del ángel en el bautismo es finalmente independiente de dicha hipótesis particular sobre la naturaleza creada del espíritu que se encontraba sobre las aguas primordiales. Que se la acepte o se la rechace no quita que Tertuliano hace jugar en el bautismo un rol considerable a un personaje invisible, al que llama el ángel del bautismo (3). No es en el capítulo del “ministro de los sacramentos”, sino más bien en el de la “causalidad sacramental” que convendrá, me parece, estudiar este rol.



(1) Las referencias serán hechas regularmente de la edición Oehler, t. 1.

(2) Es, observémoslo, el primer testimonio de la enseñanza occidental.

(3) Esta concepción de Tertuliano ha perseverado mucho tiempo en África. Optato de Mileve replica a los donatistas la posesión del ángel del bautismo: unde vobis angelum (habetis), qui apud vos possit fontem movere aut inter ceteras dotes ecclesiae numerari? (Contra Parmenianum, II, 6; edición Ziwsa, p. 43.)



Publicado en Revue des sciences religieuses 1 (1921), págs. 208-221. Traducción del francés del Dr. Martín E. Peñalva.

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